miércoles, 23 de mayo de 2018

La pureza de nuestro corazón y nuestra buena intención nos hará tener una mirada buena para descubrir siempre los valores que hay en los demás


La pureza de nuestro corazón y nuestra buena intención nos hará tener una mirada buena para descubrir siempre los valores que hay en los demás

Santiago 4,13-17; Sal 48; Marcos 9,38-40

No termino de entender por qué nos cuesta tanto reconocer lo bueno que hacen los demás. Lo estamos viendo todos los días. Es en nuestras relaciones personales donde fácilmente nos fijamos en los errores de los otros, pero no tenemos ojos para darnos cuenta de las cosas buenas que tienen los demás. Y ya sabemos bien todo lo que somos capaces de hacer cuando la envidia nos corroe por dentro y con que facilidad echamos basura sobre lo bueno que hacen los otros.
Pero estas posturas y actitudes se ven magnificadas cuando entramos en los ámbitos de la vida social o política. Lo vemos en cualquier tipo de asociación o comunidad donde es natural que haya diferentes puntos de vista; lo vemos cada día en la vida política en que cada uno se encierra en sus ideas y no es capaz de ver algo bueno en los que piensan distinto. Tengo ganas de escuchar a alguien que diga que algo que ha hecho un oponente político o social es bueno, está bien hecho. Si es la gente de mi línea todo lo hacen bien; si son oponentes porque tienen otra opinión u otra manera de ver el desarrollo de la sociedad todo lo que hacen es malo. ¿Lo dijo o lo hizo tal persona? Como no es de los míos, o de los que piensan como yo, todo es malo, no es capaz de hacer nada bueno.
Parece que en lugar de querer construir una sociedad mejor en la colaboración de todos, aportando cada uno sus propios valores, lo que queremos es destruir porque no somos capaces de ver valores en los demás. Que distinta seria nuestra vida y que distinto haríamos nuestro mundo sin cambiáramos estas posturas que nos llegan a encerrarnos en nosotros mismos y solo en los nuestros y crean fácilmente intransigencias hacia los demás.
Pero es algo que también nos puede suceder dentro de nuestras comunidades cristianas con lo que estaríamos bien lejos de lo que Jesús quiere de nosotros, de ese Reino de Dios que entre todos hemos de construir. Enfrentamientos, desconfianzas, grupúsculos que pretenden influir o manipular de la forma que sea son cosas que nos encontramos en nuestras comunidades, parroquias, asociaciones cristianas, hermandades o tantos otros grupos que forman nuestras comunidades cristianas.
Tendríamos que leer con atención el evangelio que hoy se nos ofrece. Vienen diciendo algunos discípulos a Jesús que se han encontrado a uno que echaba demonios en el nombre de Jesús y se lo quisieron impedir ‘porque no es de los nuestros’. Y ya conocemos la reacción de Jesús. ‘No se lo impidáis… El que no está contra nosotros está a favor nuestro’.
Viene a enseñarnos Jesús a saber descubrir y valorar todo lo bueno de los demás. Siempre hay unos valores, siempre hay algo bueno en el corazón, siempre queremos buscar una rectitud y un bien hacer, siempre queremos tener buena voluntad. Siempre podemos encontrar una buena semilla. No vayamos con malicia al encuentro del otro, porque si nuestros ojos llevan ese cristal de la malicia claro que no seremos capaces de ver lo bueno que hay en el  otro. Por eso tenemos que limpiar las ventanas de nuestra alma, para que no haya filtros sucios en nuestros ojos que nos hagan ver todo malo. No seamos como aquella mujer que criticaba a la vecina porque decía que tendía la ropa a medio lavar y llena de suciedad, pero eran los cristales de su ventana los que estaban manchados y le hacían ver manchas donde no las había.
Seamos capaces de aprovechar todo lo bueno de los otros, porque a nosotros también nos construye, nos enriquece. Si vamos con la autosuficiencia de que somos los únicos, somos los que hacemos siempre las cosas bien poco podremos contar con los demás, como los demás también tomaran esas mismas posturas con nosotros. De ahí nacen tantos enfrentamientos con que nos vamos encontrando en la vida. La pureza de nuestro corazón nos hará tener buena mirada para ver siempre lo bueno que hay en los demás. Recuerdo a alguien que decía que se ponía por la mañana las lentes de ver las cosas bonitas y bellas y era eso lo que siempre veía en los demás. Pensemos si acaso ese mal que estamos siempre viendo en los otros no es otra cosa que el mal que llevamos dentro de nosotros mismos.


martes, 22 de mayo de 2018

Aunque aun seguimos discutiendo por nuestras ambiciones y sueños de poder abramos de una vez por todas los oídos de nuestro corazón a la Palabra de Jesús


Aunque aun seguimos discutiendo por nuestras ambiciones y sueños de poder abramos de una vez por todas los oídos de nuestro corazón a la Palabra de Jesús

Santiago 4,1-10; Sal 54; Marcos 9,30-37

Parece en ocasiones como si tuviéramos mecanismos en nuestro interior que nos hacen escuchar lo que nosotros queremos, pero en aquello en lo que no tenemos interés o que sabemos que pudiera tocarnos en alguna fibra sensible de nuestra vida se hiciera un vació en su entorno para no escucharlo ni enterarnos. Vamos por la vida con nuestra idea fija, nuestro pensamiento o nuestra manera de ver las cosas que hace que solo le prestemos atención a aquello que nos interesa y para lo demás somos como sordos.
Es nuestro amor propio o nuestro orgullo que nos encierra y solo vemos en aquello en que somos heridos; son los intereses materialistas que nos envuelven y ya solo pensamos en nuestras ganancias o en nuestro quererlo pasar bien; es nuestra sensualidad que se nos desboca y todo lo tamizamos por ese sentido placentero de la vida, de manera que lo que nos lleve a eso parece que de nada nos sirve y así en tantas cosas de las que no nos queremos enterar por muy claro que nos hablen.
Si nuestro interés es el poder, el orgullo de estar por encima de todo y de todos, lo que no nos ayude a conseguirlo o los que puedan ser un obstáculo para esas ambiciones lo vamos destruyendo a nuestro paso. No todos y no siempre actuamos así, pero son tentaciones, apetencias, visiones desorbitadas,  sorderas interesadas que se van creando en el camino de nuestra vida y en lo que podemos sucumbir.
‘¿De qué discutíais por el camino?’ les pregunta Jesús a los discípulos cuando llegan a Cafarnaún. Pero se quedan callados. Les da vergüenza responder. Habían salido a flote sus ambiciones. Estaban discutiendo quien seria el primero entre ellos.
Sucede en todo grupo, nos llevamos bien, todo parece que marcha normal pero algunas veces allá en el interior de los individuos se van incubando ambiciones, deseos de ser los primeros, pero primeros para estar por encima, para imponer sus ideas o sus criterios, para mandar, para sentir en el interior que luego también lo dejamos manifestar externamente el orgullo de que somos importantes, los más importantes. Cuantas veces se nos destruyen nuestros grupos; aquello que parecía que marchaba bien pronto aparecen divisiones que nos apartan a unos de otros, que crean recelos, que nos enfrentan, que destruyen lo bueno que quizá nos había costado tanto conseguir.
Jesús mientras iban de camino entre las distintas aldeas de Galilea les había estado anunciando cuanto un día sucedería con El. Pero no lo habían entendido. No les cabía en la cabeza. Y parece que aquello lo olvidaron pronto. Porque Jesús les había hablado de entrega y parece que ellos no estaban por esa labor. Las ambiciones iban rondando por sus corazones.
Pacientemente ahora de nuevo comienza a explicarles. En el Reino de Dios no podía suceder como en los reinados de este mundo donde todos andan como a codazos, porque todos quieren mandar, tener poder, influir sobre los demás, imponer su manera de hacer las cosas. Con que facilidad vemos eso en nuestro entorno; desde quienes no quieren bajarse nunca del poder, hasta quienes anuncian y prometen muchas cosas de un estilo nuevo, pero pronto caen en las mismas redes y aparecen las vanidades, los sueños de poder, y todas esas ambiciones que vemos todos los días y que enfangan cada vez más nuestra sociedad. Terminamos por no creer en nadie.
Pero lo que Jesús nos anuncia y nos promete tiene toda la certeza y la verosimilitud. Es el Señor y se pone a servir; es el Señor y se abaja para hacerse el ultimo y el servidor de todos; es el Señor pero en El no vemos vanidades ni cosas hechas a la fuerza por apariencia; es el Señor y se entrega a la muerte y se dejará clavar en una cruz. Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos’, nos dice, pero es lo que El hace.
Tenemos que aprender ese camino; tenemos que abrir los ojos y los oídos de nuestro corazón; tenemos que dejar que Jesús nos ponga en el dedo en la llaga, pero señalarnos bien en concreto donde están esas lagunas de nuestra vida. No podemos hacernos oídos sordos a su Palabra. El es la Luz que no podemos ocultar. Dejémonos iluminar por su luz y tendremos vida; dejémonos transformar por su amor y seremos en verdad hombres nuevos.

lunes, 21 de mayo de 2018

María, Madre de la Iglesia, estará siempre a nuestro lado, al lado del camino de la Iglesia para ser plenamente lo que las madres saben ser y hacer con sus hijos


María, Madre de la Iglesia, estará siempre a nuestro lado, al lado del camino de la Iglesia para ser plenamente lo que las madres saben ser y hacer con sus hijos

Hechos 1, 12-14; Sal. Jdt 13; Juan 19, 25-27
Fue en pleno concilio Vaticano II, en la clausura de la tercera sesión cuando el papa Pablo VI quiso dar a María el título de Madre de la Iglesia. Se había tratado en aquellas sesiones ampliamente el tema de la Iglesia y dentro de dicha constitución se había dedicado un amplio capítulo – el octavo capitulo – a la figura de María dentro de la misión de la Iglesia. En la propia realización del concilio habían surgido voces de muchos miembros del Episcopado, como ya antes en amplios sectores del pueblo de Dios, de esa proclamación de María, como Madre de la Iglesia.
Ya desde entonces, como celebración votiva en el lunes siguiente a Pentecostés se venia celebrando esta memoria de María, Madre de la Iglesia, y recientemente ha sido instituida esta celebración para toda la Iglesia universal en esta fecha del calendario litúrgico, en este día de hoy precisamente.
Si contemplábamos a María en el cenáculo con la Iglesia naciente en oración para la venida del Espíritu Santo como ya nos señala Lucas en los Hechos de los Apóstoles, aunque María ya estaba inundada del Espíritu Santo que había venido sobre ella para hacerla la Madre del Hijo de Dios, justo es que la contemplemos con los Apóstoles en el momento de Pentecostés. Hoy lo queremos festejar de manera especial.
María es la Madre de Jesús, la madre de Cristo, que es cabeza de la Iglesia; todos unidos formamos el cuerpo de Cristo y El es nuestra cabeza. Justo es que al contemplar y celebrar a María la Madre de Cristo, la invoquemos también como madre de todo el Cuerpo místico de Cristo, que somos nosotros, que es la Iglesia. A los cuidados maternales de María estamos confiados por Jesús desde el momento de su muerte en la Cruz, donde nos la dejó como Madre, ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo… ahí tienes a tu madre’, dice Jesús señalando a Juan en quien todos estábamos representados.
Así la Iglesia siempre la ha tenido como madre, aunque algunas veces parece que nos pasáramos en nuestros fervores adornándola incluso con cosas materiales; pero es justo que unos hijos enamorados de su madre quieran para ella las cosas mas hermosas que incluso humanamente pudieran imaginar además de contemplarla siempre como la mas hermosa – nadie es más hermoso para un hijo que su madre – y en ella contemplemos las mas hermosas virtudes y valores que quisiéramos imitar también en nuestra vida.
Sintamos, pues, esa presencia de María en nuestro caminar, como tantas veces hemos cantado; sienta la Iglesia en su misión evangelizadora esa presencia de María que sea un estimulo para esa hermosa tarea del anuncio del evangelio de la salvación; sientan los misioneros y predicadores ese aliento de María para incansablemente seguir en la tarea de la evangelización de nuestro mundo; sientan ese aliento de María todos los que quieren vivir en el espíritu de las bienaventuranzas – en las que María es el mejor modelo y ejemplo – y quieren hacer vida de su vida las obras de la misericordia; sientan el aliento de María Madre los niños y los jóvenes que se abren a la vida con ilusión y llenos de esperanza por hacer un mundo mejor y que nunca el desaliento o el cansancio corte las alas de su ilusión para entregarse a las cosas mas bellas y a los ideales más altos.
María, silenciosamente como saben hacerlo siempre las madres, estará a nuestro lado, al lado del camino de la Iglesia para ser ese aliento que necesitamos, ese estimulo que nos impulse, ese ejemplo que nos enamore, esa alegría que llene de sonrisas el alma, esa luz que nos ilumina para hacernos ver las cosas con mayor claridad, esa mano en quien apoyarnos, esa mirada que llena de ardor nuestro corazón, ese calor y aliento que nos hace luchar por ser cada día más buenos y mas santos, esa estrella que nos hace mirar a lo alto para que pongamos altura de miras en nuestros ideales. Es la Madre, es María, Madre de la Iglesia que camina siempre a nuestro lado.

domingo, 20 de mayo de 2018

Con la manifestación del Espíritu vamos a aprender todos que es posible esa nueva comunión porque todos podremos tener un solo corazón y un solo espíritu en el amor


Con la manifestación del Espíritu vamos a aprender todos que es posible esa nueva comunión porque todos podremos tener un solo corazón y un solo espíritu en el amor

Hechos 2, 1-11; Sal 103; 1Corintios 12, 3b-7. 12-13; Juan 20, 19-23

Pentecostés era una fiesta judía que se celebraba cincuenta días después de la Pascua, de ahí el significado de su nombre; era la fiesta de las ofrendas, de las primicias, cuando se comenzaban a recoger las cosechas lo primero y lo mejor era para el Señor. Pero también era una fiesta que recordaba la Ley que el Señor les había dado por medio de Moisés allá en el Sinaí cuando venían de camino hacia la tierra prometida y que de alguna manera les había constituido como pueblo. Era una fiesta principal y de gran importancia para el pueblo judío, de ahí que nos encontremos con tantos judíos venidos de la diáspora para participar en el templo en esa fiesta de Pentecostés con el significado que hemos mencionado.
En esa fecha y en ese entorno nos sitúa Lucas en los Hechos de los Apóstoles el cumplimiento de la promesa de Jesús, el Espíritu enviado desde el Padre. Viene a ser como la constitución del nuevo pueblo de Dios. Aquella primera comunidad de los discípulos se habían quedado reunidos en el Cenáculo en Jerusalén como Jesús les había dicho hasta que se cumpliera la promesa del Padre.
Aquel lugar donde había comenzado la verdadera y definitiva pascua, allí donde primero se habían refugiado los apóstoles en los acontecimientos de la pasión y donde se les había manifestado Jesús resucitado iba a ser el lugar donde se manifestase el Espíritu en medio de grandes signos como comienzo del nuevo Pueblo de Dios. Jesús había anunciado el Reino de Dios y con su entrega y su sangre redentora lo había iniciado. Llegaba el momento en que se hiciese visible y palpable ante los ojos del mundo lo que era ese Reinado de Dios.
Con la manifestación del Espíritu íbamos a aprender todos que era posible esa nueva comunión porque todos podríamos tener un solo corazón y un solo espíritu. Los hijos de Dios dispersos – e imagen de ello había sido la confusión y dispersión a partir de la torre de Babel – ahora se iban a congregar en una nueva unidad donde ya la lengua no sería un obstáculo porque habría un nuevo lenguaje, el lenguaje del Espíritu, por el que todos llegarían a entenderse. Es lo que vienen a expresarnos los signos que se manifiestan en este Pentecostés. ‘Todos los entendemos en nuestra propia lengua’, porque ahora el anuncio de Jesús se hacia con el lenguaje del Espíritu.
Cristo había venido con su sangre a derribar el muro que nos separaba – como nos dirá mas tarde san Pablo – y ahora Jesús les concede el Espíritu para el perdón de los pecados; un nueva vida y un nuevo corazón nacía con la fuerza del Espíritu donde todos nos sentiremos hermanos que nos amamos, porque nos hace por la fuerza del agua y del Espíritu hijos de Dios, como un día anunciara Jesús a Nicodemo.
Se manifiesta en toda su rotundidad el Reino de Dios porque van florecer los dones del Espíritu en aquellos que creen en Jesús y le siguen formando ese nuevo pueblo de Dios. La vida según el Espíritu es la vida en la que florecerá el amor, la alegría, la benevolencia y el equilibrio interior, la humildad, la generosidad y el desprendimiento, el amor por la justicia y el compromiso de la paz, que son los frutos del Espíritu en contrapartida a las obras del mal que ya sido derrotado para siempre.
Y es que será por la fuerza del Espíritu donde reconoceremos de verdad que Jesús es el Señor. Después que Cristo resucitado se les manifestara en el cenáculo con la fuerza del Espíritu ya los discípulos reconocerán a Jesús como el Señor; no es ya simplemente el Maestro que había hecho discípulos y ellos le habían seguido por los caminos de Galilea, sino que ahora ya sería para siempre el Señor.
Así lo anuncian los apóstoles a Tomás el ausente, ‘hemos visto al Señor’, así lo reconocerá el mismo Tomas cuando definitivamente se encuentra con Jesús ‘¡Señor mío y Dios mío!’, y así lo proclamará Pedro en la mañana de Pentecostés cuando anuncia a todos con valentía que ‘aquel a quien ellos habían crucificado, Dios lo ha constituido por la resurrección Señor y Mesías’. Ahora nos dirá san Pablo ‘nadie puede decir Jesús es el Señor sino por la acción del Espíritu’.
Ahora tendrán los apóstoles la energía y la fuerza del Espíritu para salir valientemente a cumplir el mandado de Jesús de anunciar la Buena Nueva a todas las gentes. Lo harían aquella mañana en Jerusalén ante toda aquella gente que se había aglomerado a sentir las señales con que se había manifestado el Espíritu pero será lo que la Iglesia ha continuado haciendo a través de los siglos por todos los rincones del mundo.
Hoy nosotros celebramos esta fiesta del Espíritu. Sentimos también su presencia y su fuerza que nos renueva y nos pone en camino y damos gracias por tanto don que Dios en su misericordia nos quiere conceder. Pero los dones del Espíritu no los podemos encerrar ni enterrar. Las puertas se han abierto porque tenemos que salir ya a todos los caminos a hacer el anuncio y la invitación del Señor a participar de su salvación. Las puertas de la Iglesia han de estar abiertas para que todos puedan entrar a participar de ese banquete de vida nueva que en el Espíritu podemos vivir.
Somos conscientes también que el mundo al que vamos a hacer ese anuncio es un mundo muy complejo; un mundo que también se puede hacer muchas preguntas ante nuestro anuncio y en el que tendrán también sus desconfianzas – de los apóstoles decían que estaban bebidos -.
No nos extrañe la dificultad para hacer ese anuncio a este mundo de la postmodernidad, que ya viene de vuelta de todo y de todo desconfía. Tenemos que presentarnos manifestando en nosotros, en nuestra vida y en la vida de nuestras comunidades esos frutos del Espíritu que harán mas creíble el mensaje que anunciamos que no puede ser otro que el evangelio de Jesús. Recordemos las señales que Jesús decía que podríamos realizar, porque con nosotros está la fuerza del Espíritu.
No lo olvidemos. El Espíritu habita en nosotros y nos llena de vida. Recemos con toda la Iglesia, Ven Espíritu Santo llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.


sábado, 19 de mayo de 2018

Mutuamente nos ayudamos pero también respetamos la respuesta de cada uno en su propio su camino de fidelidad en el seguimiento de Jesús con la fuerza del Espíritu


Mutuamente nos ayudamos pero también respetamos la respuesta de cada uno en su propio su camino de fidelidad en el seguimiento de Jesús con la fuerza del Espíritu

Hechos 28,16-20.30-31; Sal 10; Juan 21, 20-25

Interesarnos por los demás, mostrar preocupación por los otros, desear lo mejor y ofrecer nuestra mano, nuestro servicio, nuestra compañía son señales de una buena amistad y base de esa buena relación que siempre habríamos que tener con todos. Son caminos de buena convivencia, son señales de esa buena armonía y relación que tendríamos que tener con todos cuando además nos sentimos unidos caminando en un mismo mundo.
Pero eso no me da derecho a meterme en su intimidad, no puedo traspasar aquellos limites de intimidad que todos tenemos y que abriremos a quienes nos merezcan la mayor confianza; pero tampoco esa buena relación me da derecho a imponer mi idea o mi pensamiento, a querer manipular, y que los demás caminen a mi antojo. Y bien sabemos que mucho de esto nos podemos encontrar; hay gente a las que abrimos las puertas de la amistad, y ya se creen con derecho a todo y bien sabemos las desviaciones en las que podemos tropezar y caer. Algunas veces se crea confusión con la palabra amigo y con la relación de amistad.
Son unos pensamientos que me surgen y que alguno quizá pueda pensar que no vienen al caso, al hilo de la curiosidad que siente Pedro por lo que le pueda pasar a Juan después de lo que Jesús le ha anunciado a él. Podríamos decir que Jesús le da un corte, como solemos decir hoy, pero de alguna manera Jesús le está diciendo que cada uno ha de seguir su propio camino, y lo importante en la fidelidad en el seguimiento de Jesús que cada uno ha de mostrar. Así mutuamente nos ayudamos pero también respetamos la respuesta de cada uno siguiendo su propio camino.
Estamos en el final de la Pascua, ya mañana celebraremos Pentecostés, la fiesta del Espíritu Santo. La liturgia ha querido ofrecernos en las lecturas de en medio de semana el final del evangelio de Juan con este episodio por una parte de la ratificación de Pedro como pastor en nombre de Jesús para toda la Iglesia que nace precisamente en la fiesta del Espíritu; por otra parte con esta breve referencia al discípulo amado que viene a ser como una firma del evangelista al evangelio que ha querido trasmitirnos. Éste es el discípulo que da testimonio de todo esto y lo ha escrito; y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero’. 
Nos dice que mucho más podemos saber y aprender de Jesús. ‘Muchas otras cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que los libros no cabrían ni en todo el mundo’. Un lenguaje un tanto hiperbólico pero que nos habla de la magnitud del misterio de Jesús, de la magnitud del Evangelio. Pero que no podemos decir que no lo podamos aprender, conocer, vivir. Precisamente nos ha prometido al Espíritu de la Verdad que nos lo enseñará todo, que nos irá dando a conocer todo ese misterio de Jesús. Solo una cosa es necesaria, que pongamos toda nuestra fe en El y nos dejemos conducir por el Espíritu del Señor.
Bueno es que lo recordemos en esta víspera de Pentecostés, que ya comenzaremos a celebrar en la tarde y que con toda intensidad pidamos la asistencia del Espíritu. Como los apóstoles que con María estaban reunidos en el cenáculo nosotros oremos también pidiendo la presencia del Espíritu Santo en nuestra vida y dispongámonos a acogerlo en nuestro corazón.

viernes, 18 de mayo de 2018

Escuchemos en nuestro interior la pregunta que Jesús también nos hace por nuestro amor y la invitación a seguirle en la misión que nos confía



Escuchemos en nuestro interior la pregunta que Jesús también nos hace por nuestro amor y la invitación a seguirle en la misión que nos confía

Hechos de los apóstoles 25, 13-21; Sal 102; Juan 21, 15-19

Sígueme…’ le había dicho un día Jesús, casi al comienzo de su anuncio del Reino por los caminos y aldeas de Galilea cuando se lo  había encontrado en la orilla del lago recogiendo las redes de su barca. ‘Sígueme y serás pescador de hombres’, le dijo entonces después de una pesca milagrosa porque Pedro había puesto toda su confianza en Jesús y en su nombre había echado las redes al lago donde parecía que no había nada.
Ahora, al final del evangelio, después de todos los acontecimientos de la pascua, también en la orilla del lago donde les había salido al encuentro e igualmente se había producido una pesca milagrosa, también terminaría diciéndole a Pedro, ‘Sígueme’. Si entonces había sido una confianza incondicional, ahora ha sido una triple protesta de amor después de huidas, negaciones y encierros en los momentos duros de la pascua.
Si entonces le había dicho que seria pescador de hombre, ahora le decía que habría de pastorear sus ovejas. ‘¿Me amas, Pedro?’ había sido la pregunta repetida. ‘¿Me amas más que estos?’ Mira que tengo para ti una misión muy especial. Te he llamado Pedro, aunque sé que eres Simón, el hijo de Jonás. Pero ya te lo había dicho, ahora serás Pedro, porque quiero que seas piedra, la piedra sobre la cual y en torno a la cual se formará la Iglesia, la comunidad de los que creen en mí y me siguen. Y tú, tienes que mantener viva la fe de los hermanos; en torno a ti se han de reunir y serás signo de comunión. Has de estar firme, por eso te pregunto sobre tu amor.  ‘¿Me amas, Pedro?’
Y Pedro sintió la alegría del amor, claro que amaba a Jesús, si por El había estado dispuesto a dar su vida. Pero al mismo tiempo ante la repetición de la pregunta, sintió tristeza en su corazón, porque había comenzado a recordar; mucho impulso a las primeras palabras, pero a los primeros peligros también se había echado para atrás y había negado.
Pero Jesús seguía preguntando, ‘¿me amas, Pedro?’ Es que quiero seguir confiando en ti, has de pastorear al rebaño, has de pastorear a las ovejas, has de cuidar de los corderos, has de defenderlos de todo peligro, has de hacerlos caminar con seguridad, la seguridad de la fe que no se debilita ni se apaga. Por eso tienes que confirmar en la fe a los hermanos, has de mantener firme y vivo el rebaño, han de ser un solo rebaño, porque solo tienen un Pastor. Y Pedro siente que Jesús sigue confiando en El. Un día salieron lágrimas de sus ojos cuando se dio cuenta de su pecado, de lo triste de su cobardía que le llevó a la negación, pero ahora quizás vuelven a rodar las lagrimas por su rostro, porque siente la confianza de Jesús. ‘¡Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo!’
¿Nos estará Jesús preguntando también a nosotros por nuestro amor? Escucha esa pregunta en tu interior. Aunque muchas hayan sido las debilidades de nuestra vida porfiémosle a Jesús nuestro amor. Señor, tú sabes que te amor, haz que crezca mi fe, haz que crezca mi amor. Jesús sigue confiando en nosotros; Jesús sigue confiándonos una misión en medio de la comunidad y en medio del mundo. Tenemos que ser sus testigos y lo seremos con nuestro amor. Que sea verdadero y auténtico nuestro amor. También nosotros nos dice: ‘Sígueme’.

jueves, 17 de mayo de 2018

Verdaderos constructores de unidad y de comunión poniendo en común los valores de todos para que el mundo crea



Verdaderos constructores de unidad y de comunión poniendo en común los valores de todos para que el mundo crea

Hechos 22, 30; 23, 6-11; Sal 15; Juan 17, 20-26

Cuando queremos trasmitir un mensaje tenemos que ser verdaderamente congruentes entre lo que queremos trasmitir y lo que realmente es y refleja nuestra vida. Es un gran problema que nos encontramos hoy en la sociedad, en que no somos veraces, no somos auténticos porque una cosa es lo que queremos reflejar y bien distinto es lo que llevamos por dentro.
Es por una parte la hipocresía de la vida  con la que tan fácilmente quizás criticamos las cosas de los demás, pero en nuestro interior estamos haciendo igual o peor. Pudiera ser que a nivel de ideas tengamos las cosas claras, pero luego realmente eso no lo reflejamos en el actuar de nuestra vida. En muchas cosas podríamos fijarnos y ejemplos de un tipo y de otro tenemos muchos en la vida, de esa falta de autenticidad, de la no veracidad de nuestra vida, o de la hipocresía con que actuamos tantas veces quizá por dejarnos llevar por el ambiente que nos rodea.
En este aspecto los creyentes tenemos que ser más auténticos, más veraces con nuestra vida. Si nuestro anuncio es el Reino de Dios tiene que significar que nosotros esos valores del Reino los vivimos, aun con nuestras debilidades y flaquezas intentamos ponerlos por obra en nuestra vida.
Mal podemos hablar de misericordia si no tenemos un corazón misericordioso con los demás; mal podemos hablar de perdón si seguimos guardando en nuestro interior resentimientos, recelos, rencores, desconfianzas hacia los demás, deseos ocultos de revanchismo y de venganza; mal podemos hablar de humildad y cercanía a los demás, si nuestro corazón se sigue manifestando orgulloso y la soberbia nos domina para creernos siempre mejores y por encima de los demás; mal podemos hablar de amor si somos insolidarios con los que sufren y seguimos pensando en nosotros primero que en nadie. Y tenemos que reconocer que los cristianos no siempre somos ejemplo en estas cosas.
Hoy Jesús en su oración sacerdotal nos pone el dedo en la llaga. Pide al Padre que los que creemos en El seamos uno, mantengamos la unidad, porque será la manera en que de verdad el mundo crea. ‘Padre santo, no sólo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado’.
Es la gran herida de la Iglesia que se manifiesta y se presenta rota. No hay verdadera unidad entre todos los que creemos en Jesús; cuantas divisiones nos enfrentan y nos alejan; cuantas actitudes en los cristianos de diverso nombre que lo que hacen muchas veces es enfrentarnos y dividirnos. Y no es solo el cuadro doloroso de las diversas iglesias sino que es también en el seno de nuestras propias comunidades que no siempre nos manifestamos con esa unidad querida por Jesús.
Es la triste experiencia que podemos vivir muchas veces en nuestras propias parroquias o incluso en nuestras iglesias diocesanas. Cuantos distanciamientos también en quienes participamos en una misma eucaristía en el que ese abrazo de paz que nos damos no es verdaderamente sincero. También surgen esos resentimientos y esas desconfianzas, esas maneras de pensar distintas que en lugar de ser un medio de construcción en la unidad con el enriquecimiento mutuo son motivos de enfrentamientos y lejanías. ¿Y queremos anunciar el evangelio de Jesús?
Mucho tenemos que revisarnos; tenemos que aprender a aceptarnos para crear verdadera unidad y comunión; tenemos que buscar la forma de ser verdaderos constructores de la Iglesia porque aprovechemos los valores de todos para contribuir de verdad al bien común, a la unidad y a la comunión. Como nos dice Jesús, que seamos uno para que el mundo crea que Jesús es el enviado de Dios y el verdadero salvador de nuestra vida y nuestro mundo.

miércoles, 16 de mayo de 2018

No somos del mundo aunque vivimos en el mundo porque no nos queremos dejar influir por los intereses o por las ideas del mundo y tenemos que dar nuestro testimonio


No somos del mundo aunque vivimos en el mundo porque no nos queremos dejar influir por los intereses o por las ideas del mundo y tenemos que dar nuestro testimonio

 Hechos 20, 28-38; Sal 67; Juan 17, 11b-19

Qué ganas tengo de que se acabe esta vida es una frase que hayamos escuchado alguna vez o quizá hasta nosotros mismos hemos pensado o dicho. Puede ser por una parte en un deseo piadoso de querer vivir con Dios para siempre como expresaba tan maravillosamente santa Teresa en sus arrobos místicos pero puede sucedernos también quizás mas habitualmente desde el agobio con que vivimos la vida con sus problemas, sus luchas, sus oscuridades en lo que ya nos sentimos cansados y con el deseo de que todo termine.
Son cosas que surgen espontáneas del corazón desde uno u otro sentido y que de alguna manera quieren hacernos huir de la situación en la que vivimos en un deseo de algo mejor. Pero la realidad es la que es y tenemos que vivir el momento presente y vivirlo con toda intensidad, aunque sea con deseos de tener un día algo mejor. La lucha y el esfuerzo en ocasiones se nos hace doloroso porque estamos sometidos a la tentación, porque no llegamos a encontrar en este mundo y en esta vida lo que mejor deseamos en lo más hondo de nosotros mismos, porque lo adverso que encontramos en nuestro entorno nos hace dudar muchas veces, o porque quisiéramos una vida sin luchas deseando un cierto conformismo pero que al final tampoco nos satisface.
Estamos escuchando y meditando en estos días, como hemos dicho anteriormente, la oración sacerdotal de Jesús en la última cena. Oración de acción de gracias y glorificación al Padre en el momento cumbre de su entrega – es la ofrenda del sacerdote ante el sacrificio, de ahí el nombre de oración sacerdotal – pero es el momento en que Jesús pide por los suyos, por aquellos que han creído en su nombre.
Pero fijémonos bien en la parte de la oración que hoy estamos meditando. Jesús ruega por los suyos pero no pide al Padre que los saque de este mundo, sino que los libre del mal. Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Conságralos en la verdad; tu palabra es verdad’.
El mundo nos odiará porque no somos del mundo aunque vivimos en el mundo. No somos del mundo porque no nos queremos dejar influir por los intereses o por las ideas del mundo. Por eso el mundo es un peligro para nosotros y nuestro testimonio en medio de ese mundo de una vida distinta, nos hará sentir en nuestra carne ese odio y ese rechazo del mundo. Son las luchas, las dificultades, los problemas, la tensión y el esfuerzo que hemos de mantener, como veníamos reflexionando. Pero ahí en medio del mundo hemos de estar, porque es ahí donde es necesario ese testimonio que se convierte en anuncio.
Queríamos que todo se acabara, desearíamos una vida mejor, tenemos ansias de poder llegar al cielo, pero mientras hemos de seguir haciendo este camino aunque cueste esfuerzo, lucha, lagrimas, sangre. Pero tenemos el apoyo de la oración de Jesús que pide al Padre que nos dé la fuerza de su Espíritu para que no nos venza el mal. No olvidemos que somos los enviados de Jesús y vamos siempre con la fuerza y la asistencia de su Espíritu.

martes, 15 de mayo de 2018

Conocer a Dios para alcanzar la vida eterna es saborear a Dios para conocerle y dar sabor de El con nuestra vida porque así le llevamos también en nuestro corazón


Conocer a Dios para alcanzar la vida eterna es saborear a Dios para conocerle y dar sabor de El con nuestra vida porque así le llevamos también en nuestro corazón

Hechos 20, 17-27; Sal 67; Juan 17, 1-11a

El texto del evangelio que la liturgia nos propone a lo lago de esta semana sigue formando parte de las palabras de Jesús con sus discípulos – el sermón de la ultima cena se le ha llamado en ocasiones – en la noche en que iba a comenzar su pasión. Ahora escucharemos en lo que suele llamarse la oración sacerdotal de Jesús.
Es una oración que Jesús hace al Padre como una acción de gracias, un proclamar la gloria del Señor, pero al mismo tiempo es una oración que Jesús hace por sus discípulos, por quienes han puesto toda su fe en El. ‘Han conocido que todo lo que me diste procede de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos las han recibido, y han conocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me has enviado...’ dice Jesús. ‘Por ellos ruego’. Es la oración que Jesús hace por nosotros, por los que creemos en El.
Estamos en el corazón de Cristo. Nos ama y nosotros queremos amarle. Cuando amamos ponemos a aquel a quien amamos en el corazón. Así estamos, pues, en el corazón de Cristo, nos lleva en su corazón. Creemos en El, queremos reconocer en verdad que El es el enviado del Padre. Somos la corona de gloria de Jesús. ‘Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a los que le confiaste’. La gloria del Señor se manifiesta en que Jesús nos ha revelado el misterio de Dios y nosotros creemos en El. Por eso Jesús nos ama.
Continuamente a lo largo del evangelio Jesús quiere que tengamos vida y vida para siempre. Nos invita a seguirle para que tengamos vida. Nos alimenta con su cuerpo y con su sangre haciéndose eucaristía para que tengamos vida eterna y El nos resucitará en el último día. Nos señala que si creemos en El y cumplimos sus mandamientos seremos amados del Padre de manera que vendrá morar en nosotros. Nos dice que nos quiere tener junto a El y quiere llevarnos junto al Padre. Y ahora nos dice que la vida eterna consiste en que le conozcamos. ‘Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo’.
Conocer no es solo un acto intelectual de la mente. Conocer es vivir. No son solo unas ideas que tenemos sobre de Dios, sino que es llenarnos de la vida de Dios. Habrá gente que puede saber muchas cosas de Dios, muchas cosas de Jesús o del evangelio y sin embargo no creen. Adquieren conocimiento de Dios como quien estudia o aprende cosas igual que aprendemos cosas de otras materias. No es aprender cosas, es aprender a Dios, es conocer a Dios que es vivirle y es entonces como florecerá nuestra fe. No es saber muchas cosas de Dios sino saborear la vida de Dios. Por algo aquello de saber y de sabiduría tienen tanta concomitancia, tanta relación con el saborear.
Que vayamos creciendo en esa sabiduría de Dios, en ese saborear a Dios, en ese vivir a Dios. Nuestra vida será entonces distinta. Daremos entonces sabor de Dios con nuestras obras y con todo lo que vivimos. Pongamos también nosotros a Dios en nuestro corazón. Así sea nuestra respuesta de amor.


lunes, 14 de mayo de 2018

No podemos ser evangelio de verdad para los demás si nosotros no estamos verdaderamente impregnados del Señor desde nuestro espíritu de oración


No podemos ser evangelio de verdad para los demás si nosotros no estamos verdaderamente impregnados del Señor desde nuestro espíritu de oración

Hechos de los apóstoles 1, 15-17. 20-26; Sal 112; Juan 15, 9-17

Una manifestación de la madurez de una persona es en la toma de decisiones. La persona madura reflexiona, sopesa diferentes aspectos y posibilidades, ventajas y desventajas, trata de tener unos criterios o también un perfil de lo que queremos o deseamos, mira las consecuencias pero fundamentalmente lo que es más justo, examina la bondad de lo que va a hacer para actuar de una manera recta y ética, repasa también sus posibilidades cuando se trata de desempañar una función. No se lo toma a la ligera.
Muchas veces nos encontramos indecisos y buscamos también la opinión de quien nos pueda aconsejar rectamente y con quien tengamos confianza para hablarlo. Por pequeña que sea la cosa siempre es importante para uno y no se hace de cualquier manera.
Pero aun no falta algo más si nos consideramos personas creyentes; queremos contar también con la luz y la fuerza de lo alto, por eso es algo que llevamos a nuestra oración para reflexionarlo en la presencia del Señor. Es pedir esa fuerza y esa inspiración del Espíritu pero es también encontrar esa sabiduría para aceptar la responsabilidad de lo que se nos ofrece con sus consecuencias. Qué importante es para el creyente querer contar con la inspiración y la fuerza del Señor; que importante que una decisión seria la queramos tomar en la presencia del Señor. Ahí se nos manifiesta también nuestra madurez cristiana, la madurez de nuestra fe.
Este día 14 de mayo celebramos la fiesta de uno de los Apóstoles que llegaría a formar parte del grupo de los Doce. No pertenecía a aquel primer grupo que escogió Jesús. Entre ellos estaba el que traicionaría al Señor, Judas Iscariote. Por eso al faltar uno del grupo los discípulos reunidos en el cenáculo después de la Ascensión del Señor deciden elegir quien lo sustituya; ha de tener un perfil, el haber pertenecido a aquellos que desde el principio estuvieron con Jesús y que fuera testigo de la resurrección del Señor. Se puede elegir entra varios que reúnen esas características, pero los discípulos se encomiendan al Señor, oran al Señor antes de tomar la decisión. Es elegido Matías, a quien hoy estamos celebrando.
Esta elección del Apóstol tras esa toma de decisión hecha en oración ha sido lo que me ha motivado la primera parte de esta reflexión. Muchas veces en la vida nos encontramos en esas encrucijadas donde tener que tomar decisiones que hemos de sopesar bien porque son importantes para nuestra vida y pueden atañer también a la vida de los demás. Y es lo que hoy quiero resaltar. Son temas y momentos de reflexión, pero decisiones que hemos de saber hacer queriendo seguir también la inspiración del Espíritu del Señor. Por eso el creyente es algo que lleva a su oración, algo en lo que quiere contar con el Señor, algo que ha de saber reflexionar en su presencia, algo para lo que pide la fuerza y la inspiración del Espíritu del Señor.
Por otra parte celebrar la fiesta de un Apóstol siempre nos hace pensar en esa tarea misionera que hemos de realizar porque a nosotros también se nos confía ese encargo de llevar la buena nueva de Jesús a los demás. Ayer en la Ascensión decíamos que recibimos ese testigo que nos impulsa a ir hacia los demás. Es una responsabilidad desde nuestra fe y una tarea que hemos de realizar.
Pero al hilo de lo que venimos reflexionando, de nuestra oración al Señor en medio de nuestras tareas y decisiones, es algo en lo que también hemos de pensar, algo que tenemos que saber llevar a nuestra oración. No podemos ser evangelio de verdad para los demás si nosotros no estamos verdaderamente impregnados del Espíritu del Señor. Será en nuestra oración al Señor donde nos llenemos de Dios, será desde nuestra oración desde donde saldremos con fuerza al mundo que nos rodea para hacer ese anuncio de salvación, llevar esa buena nueva de la Salvación.

domingo, 13 de mayo de 2018

La Ascensión del Señor pone en nuestras manos el testigo de la Buena Nueva de la Salvación que hemos llevar a un mundo que nos parece que camina por otros derroteros



La Ascensión del Señor pone en nuestras manos el testigo de la Buena Nueva de la Salvación que hemos llevar a un mundo que nos parece que camina por otros derroteros

Hechos 1, 1-11; Sal. 46; Efesios 1, 17-23; Marcos 16, 15-20

Ascender es aspirar a llegar más alto. Creo que todos habríamos de tener ese deseo en la vida; no nos podemos quedar anquilosados siempre en lo mismo, en nuestro corazón tendríamos que tener ansias de más, de crecer, de vivir con mayor intensidad, de superarnos para llegar a algo mejor en la vida, en nosotros, en el desarrollo de nuestro yo.
Pero bien sabemos que hay personas que se contentan con lo que son, no aspiran a nada más, tienen de alguna manera miedo a lo nuevo y a lo que supere lo que ya son o ya tienen y su vida se vuelve monótona, aburrida, parece que no tienen vida. Muchas veces tenemos el peligro de ir dando tumbos por la vida dejándonos arrastrar por nuestras rutina porque no queremos esforzarnos, porque superarse exige esfuerzo como quien quiere subir a lo alto de una montaña tiene que hacer el esfuerzo de la ascensión y cuanto mas alto queremos llegar más grande será el esfuerzo, aunque cuando lleguemos a lo alto diremos que bien mereció la pena.
Es un primer pensamiento que me ha venido a la mente al observar la palabra que define la fiesta de este día, la Ascensión del Señor. Bien sabemos que estamos refiriéndonos al misterio de Cristo glorificado después de la resurrección a quien proclamamos como el Señor que está sentado a la derecha del Padre en el cielo. Hemos venido reflexionando en esta última semana de pascua sobre los anuncios que Jesús hace de su vuelta al Padre. El misterio de la Ascensión que hoy celebramos viene a expresarnos esa vuelta al Padre pero no es un final lo que estamos contemplando sino lo que podríamos decir la entrega de un testigo que Jesús nos entrega a los que creemos en El porque su Buena Nueva de Salvación está en nuestras manos para que lo anunciemos al mundo.
Pero no quiero dejar en el aire lo que veníamos diciendo de esa ascensión que nosotros también hemos de vivir en nuestra vida. Contemplar la Ascensión de Jesús nos está hablando también de nuestra Ascensión. El camino de ascensión de Jesús ha de ser también nuestro camino. La contemplación del misterio de Cristo no es para que nosotros nos quedemos extasiados y poco menos con los brazos cruzados.
Recordamos que cuando Jesús llevo a los tres discípulos preferidos al Tabor y se transfiguró delante de ellos Pedro tuvo la tentación de quedarse allí extasiado para siempre contemplando aquella glorificación de Jesús; ya quería hace tres tiendas para quedarse así para siempre. Pero había que bajar a la llanura para seguir haciendo camino. No era aquel momento una estación para quedarse, sino un punto para arrancar a ponerse en camino, como sucede ahora también con la Ascensión de Jesús.
‘¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?’ les dirán los Ángeles a los apóstoles en el monte de la Ascensión. Había que volver a Jerusalén y con la fuerza del Espíritu de Jesús que pronto el Padre les iba a enviar, ahora tendrían que salir al mundo para ser sus testigos hasta los confines de la tierra, como nos recuerda san Lucas en los Hechos de los Apóstoles. Las últimas palabras de Jesús es enviar a sus discípulos a anunciar a todos los pueblos, a todas las gentes la Buena Nueva de la Salvación de Jesús.
No sería una tarea para quedarse con los brazos cruzados, ni para encerrarse porque se tuvieran que encarar a demonios, serpientes o venenos. Nada habrían de temer aunque muchas fueran las dificultades y persecuciones. Ellos Irán llevando siempre salud y salvación, perdón y gracia, vida y amor.
Un camino largo, ascendente, agotador muchas veces, pero al mismo tiempo ilusionante y que llena de gozo el corazón el que la Iglesia ha ido haciendo a lo largo de los siglos. Es el camino que nosotros tenemos que seguir haciendo. Muchas veces los cristianos hemos vivido demasiado adormilados, demasiado acomodados porque las cosas nos parecían fáciles, porque quizá nos queríamos apoyar en fundamentos o poderes humanos, pero no hemos terminado de hacer con toda claridad y valentía, con ese ardor del Espíritu en nuestro corazón ese anuncio del Evangelio.
Y el enemigo que nos rodea nos acecha y nos cerca creando desganas en nuestros corazones, queriendo vivir demasiado instalados y acomodados, dejando a un lado un poquito ese ardor y ese esfuerzo de superación y crecimiento y han ido apareciendo en nuestra sociedad muchas lagunas de indiferencia ante lo religioso y hasta de rechazo a lo que suene a espiritual y cristiano.
Hoy esta fiesta de la Ascensión del Señor tiene que ser un grito fuerte a nuestras conciencias, un despertador que suene fuerte en los oídos de nuestro corazón para que despertemos de nuevo en nosotros esas ansias de crecimiento espiritual y esos deseos de anunciar ardientemente el evangelio de Jesús. Nos sentimos preocupados por esa pendiente de tibieza espiritual en que hemos ido cayendo muchos cristianos y nos puede parecer que las cosas se nos escapan de las manos, que el mundo se nos escapa por otros derroteros.
Pero nosotros tenemos la certeza de la promesa de Jesús de que su Espíritu estaría siempre con nosotros. El próximo domingo celebraremos Pentecostés. Pero escuchemos claramente ese mandato del Señor hoy en el día de la Ascensión y pongámonos en camino, porque sabemos que el Señor camina con nosotros y hemos de realizar esa ascensión en nuestra vida y esa ascensión de nuestro mundo a las alturas de los valores del Evangelio.


sábado, 12 de mayo de 2018

Aprendamos a saborear el susurro del amor de Dios haciendo silencio en nosotros para sentir y vivir la presencia amorosa de Dios que solo podemos hacer con Jesús


Aprendamos a saborear el susurro del amor de Dios haciendo silencio en nosotros para sentir y vivir la presencia amorosa de Dios que solo podemos hacer con Jesús

Hechos de los apóstoles 18,23-28; Sal 46; Juan 16, 23b-28

¿Os habremos fijado en cómo terminan habitualmente las oraciones en la liturgia de la Iglesia, por ejemplo, en la celebración de la Eucaristía? En una formulación más corta o más larga siempre presentamos nuestras oraciones al Padre por medio de Jesucristo. ‘Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor…’ decimos siempre.
Y en el momento cumbre de la Ofrenda de la Eucaristía, en la doxología final de la plegaria eucarística queremos dar todo honor y toda gloria a Dios Padre todopoderoso por Cristo, con Cristo, y en Cristo, en la unidad del Espíritu Santo. Es la ofrenda del sacrificio, hacemos memoria de la pasión, muerte y resurrección del Señor, nos sentimos unidos en el Espíritu formando unidad, formando comunidad e Iglesia, recordamos a María y a los santos y a toda la Iglesia, los que aun peregrinamos en la tierra, los que han termino su camino y los que glorifican a Dios en el cielo y ofrecemos el Sacrificio de Cristo para la gloria del Señor; y lo hacemos con esa formula de la doxología ‘por Cristo, con El, y en El a Ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos’.
Estamos haciendo lo que nos enseña Jesús en el Evangelio. Nos ha enseñado a sentir a Dios como Padre y a llamarlo Padre. Realizando Jesús siempre lo que era la voluntad del Padre – su alimento era hacer su voluntad – nos llama dichosos si somos capaces de plantar la Palabra del Padre en nuestro corazón y cumplirla; los que lo hacen serán en verdad los hijos de Dios.
Nos enseña a invocarle con la confianza y el amor de los hijos para pedirle cuanto deseemos o necesitemos, sabiendo que en su amor El siempre conoce bien lo que necesitamos; nos está diciendo cómo hemos de gozarnos en su amor y en su presencia, escuchándole y amándole. Qué dicha poder saborear ese amor de Dios en nuestra oración orando como El nos enseñó.
Y ahora nos dice que cuanto pidamos al Padre en su nombre podemos tener la seguridad de que lo obtenemos. Yo os aseguro, nos dice, si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa’. 
Claro que sí, nuestra alegría será completa porque nos sentimos amados de Dios, porque experimentamos en nuestro corazón y en nuestra vida como nos escucha y nos da cuanto necesitamos. Por eso añade Jesús, ‘Aquel día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios’. Dios nos ama, el gran motivo de nuestra alegría, de la mayor de las alegrías.

Alguien dice que se aburre en la oración. Quitemos rutinas de nuestra manera de orar. No nos contentemos con repetir fórmulas y palabras. Vaciemos nuestra mente y nuestro corazón de ideas preconcebidas para aprender a orar. No se ha sabido abrir el corazón a Dios y a su presencia; no se ha aprendido a gustar de esa presencia de Dios y de su amor. Hagamos silencio en nosotros y escucharemos el susurro de amor de Dios; con ruidos no lo podremos escuchar ni saborear. Aprendamos a saborearlo, sí, pero eso solo se aprende orando, haciendo silencio ante Dios y dejándose inundar por su presencia que solo podremos experimentar plenamente con Jesús y por Jesús.