miércoles, 26 de julio de 2017

Acojamos con actitud generosa esa semilla en nuestra vida sabiendo que el Señor nos quiere a nosotros también sembradores de una buena semilla cada día

Acojamos con actitud generosa esa semilla en nuestra vida sabiendo que el Señor nos quiere a nosotros también sembradores de una buena semilla cada día

Éxodo 16, 1-5. 9-15; Sal 77; Mateo 13, 1-9
Se sentó Jesús junto al lago y al venir mucha gente a escucharle se subió a una barca y desde allí se puso a enseñarles mucho rato en parábolas. Podemos imaginarnos fácilmente la escena. Una mañana soleada como suele suceder junto al lago de Tiberíades. Las gentes que van y vienen de sus tareas pero que se encuentran con Jesús sentado junto al lago y en torno a El se arremolinan. Quieren escucharle. Sus palabras los cautivan; la noticia corre de boca en boca y todos acuden hasta Jesús. Se sienta en una barca, pues desde allí todos pueden verle y escucharle mejor. Y les hablo en parábolas.
Un recurso muy normal entre los orientales y muy apropiado para que lo entienda la gente sencilla. Las imágenes penetran hondamente en el alma ayudando a entender las palabras, el mensaje. Será un recurso repetido por Jesús. Lo importante es que la Palabra llegue a todos, la semilla caiga en toda tierra, esperando que dé fruto.
Es en si mismo el mensaje de la primera parábola que les ofrece. Un sembrador que sale a sembrar la semilla; a voleo va lanzándola por todas partes, lo que hará que no toda la semilla caiga en una tierra igualmente preparada. Será el propio camino, serán los abrojos de las orillas de los campos, serán terrenos pedregosos no apropiados para acoger debidamente esa semilla, serán buenas tierras dispuestas a que se puedan recoger buenos frutos.
Es la variedad de la vida de los hombres con sus distintas actitudes o con distinta apertura de su corazón para recibir algo nuevo en sus vidas. Es el reflejo también de nuestra propia vida, muchas veces parece que muy disponible, pero en ocasiones con ataduras que nos arrastran, pasiones que nos encierran, negatividades que nos hacen duros e inaccesibles, indiferentes a lo que pase a nuestro alrededor si no es para calmar nuestros caprichos.
Nos es fácil hace una lectura de la parábola simplemente fijándonos en los demás y en cuanto sucede a nuestro alrededor olvidando que cuando lo hacemos así no somos esa tierra fértil y fecunda porque estamos dejando meter en nosotros muchos matorrales que nos impiden acoger nosotros los primeros esa semilla de la Palabra. Por eso siempre hemos de acudir con actitud sincera, con deseos de abrir bien nuestro corazón, de quitar todas esas rémoras en nuestra vida que nos arrastran hacia abajo y no nos dejan caminar libres y generosos.
Acojamos con actitud generosa esa semilla en nuestra vida sabiendo que el Señor nos quiere a nosotros también sembradores de la Palabra de Dios en medio de nuestro mundo. Seamos capaces de sembrar una buena semilla cada día. Lo intento con estas reflexiones que os ofrezco cada día.
Hace nueve años tal día como hoy inicie la siembra con este blogpost https://la-semilla-de-cada-dia.blogspot.com.es/  y van ya 3341 semillas sembradas por este medio que llega a los más diversos rincones del mundo como se manifiesta en las estadísticas con una cifra cercana a las trescientas mil visitas. Lo expreso con humildad y dando gracias a Dios. Espero que Dios me ayude a seguir sembrando aunque sea con torpeza esa buena semilla por el mundo. Aquella primera semilla fue dedicada a los abuelos en este día de san Joaquin y Santa Ana https://la-semilla-de-cada-dia.blogspot.com.es/2008/07/abuelos-qu-importante-sois-para.html



martes, 25 de julio de 2017

Sabemos bien y con realismo lo que soñamos y por esa esperanza tenemos que luchar, dispuestos a la entrega y compromiso como el Apóstol Santiago

Sabemos bien y con realismo lo que soñamos y por esa esperanza tenemos que luchar, dispuestos a la entrega y compromiso como el Apóstol Santiago

Hch. 4, 33; 5, 12. 27b-33; 12, 2; Sal 66; 2Cor. 4,7-15; Mt. 20, 20-28

‘¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?... no sabéis lo que pedís’. Es la respuesta a la petición que le han hecho los dos hermanos Zebedeos.
Pronto aparecen los sueños, las apetencias, las ambiciones que muchas veces se llevan ocultas en el corazón. Todos en algún momento nos ponemos a soñar; cómo nos gustaría que fueran las cosas, lo que desearíamos para un mañana de nuestra vida, lo que desearíamos de los demás. Sueños y aspiraciones nobles en principio cuando no las llenamos de ambición y las viciamos con deseos materialistas o excesivamente sensuales.
Soñar nos hace aspirar a un futuro que siempre queremos que sea mejor, nos hace buscar metas, tener algo por lo que luchar. No es malo soñar. Pero tengamos los pies en la tierra, veamos claramente el mundo que pisamos, lo que somos y, por así decirlo, de lo que estamos hechos. Pongamos verdadera nobleza en nuestros sueños y aspiraciones y seamos capaces de elevarnos por encima de metas caducas.
Sueñan los discípulos y se llena de ambición su corazón. Ayudaba a ello los deseos de una vida mejor, un mundo mejor frente a la situación que Vivian entonces. Ayudaba la esperanza de un Mesías Salvador que esperaban como buenos judíos, pero cuya imagen habían ido transformando excesivamente desde sus afanes demasiado humanos y terrenos. El Reino que Jesús anunciaba aun no terminaban de entenderlo más allá de un sentido material. Allí querían tener primeros puestos.
De ahí su petición, estar a su derecha y a su izquierda. Provocaría también la envidia y desconfianza del resto de los discípulos. Jesús se los aclarará con la pregunta que les está haciendo. ¿Sois capaces de vivir el mismo bautismo, la misma pasión, la misma entrega que yo voy a vivir? Aunque todavía no han llegado a entender hasta donde va a llegar la entrega de Jesús, su amor por El les hará decir que son capaces. Y beberán el cáliz, Santiago seria el primero de los apóstoles den dar la vida por el evangelio, y vivirán esa entrega, celebramos a quien llego hasta el final de la tierra conocida entonces para hacer ese anuncio del Evangelio.
Hoy nosotros estamos celebrando en España la fiesta del Apóstol Santiago, el Apóstol que primero vino a nuestras tierras hispanas a traernos la luz del evangelio, y cuya tumba según piadosa tradición conservamos en el Campo de las Estrellas, en Compostela. Para nosotros es un orgullo, una alegría honda, pero también un compromiso grande.
De él hemos de recoger ese testigo para seguir haciendo el mismo camino. También seguimos soñando y aspirando con el corazón lleno de esperanza. Soñamos, sí, que podemos hacer que nuestro mundo sea mejor y tenemos el instrumento en nuestras manos que es el evangelio de Jesús que tenemos que anunciar. Creemos que si nos impregnamos del espíritu del evangelio, llenamos nuestra vida de los valores que nos propone, vivimos la salvación que Jesús nos ofrece estamos construyendo ese mundo mejor.
Tenemos que colaborar con todos, porque todos juntos hemos de trabajar unidos por hacer ese mundo mejor pero nosotros lo hacemos desde nuestros valores, desde nuestros principios, desde nuestra fe. Es el aporte importante que nosotros podemos y tenemos que hacer y de lo que no hemos de escondernos.
La espiritualidad de la que impregnamos nuestra vida cuando queremos vivir según el sentido del evangelio, hace que elevemos siempre nuestras metas dándole verdadera profundidad a lo que queremos hacer. Y a eso no podemos rehusar. Y ahí tendrá que notarse en nuestra sociedad nuestra presencia de cristianos con nuestros valores. Ser creyente y cristiano no es para quedarse encerrado en la sacristía y convertir todo lo que es nuestra vida en lo que hagamos dentro de los muros de nuestros templos.
Nuestro ser cristiano tiene que manifestarse en todo lo que es nuestra vida social, nuestra relación con los demás, el compromiso que vivimos con nuestro mundo para contribuir entre todos a hacerlo mejor. No solo los demás tienen la palabra para hacer que nuestro mundo sea mejor. Nosotros también tenemos una palabra que decir, una acción que realizar, un compromiso que vivir. Sabemos bien y con realismo lo que soñamos y por esa esperanza tenemos que luchar. Dispuestos tenemos que estar para beber el cáliz de esa entrega y compromiso.

lunes, 24 de julio de 2017

No nos ceguemos para reconocer en verdad a Jesús como nuestra vida y salvación creando con nuestra autenticidad y con nuestro amor sincero un mundo nuevo y mejor

No nos ceguemos para reconocer en verdad a Jesús como nuestra vida y salvación creando con nuestra autenticidad y con nuestro amor sincero un mundo nuevo y mejor

Éxodo 14,5-18; Sal.: Ex 15,1-2.3-4.5-6; Mateo 12,38-42

Qué hermoso es ir por la vida con sinceridad y siendo auténticos. Las hipocresías y las falsedades oscurecen nuestro ser, no nos dejan ser lo que realmente somos sino que tratamos de parapetarnos tras apariencias vanas. Un día se caerán esos cortinajes de vanidad y mentira tras lo que tratamos de ocultarnos y entonces nos sentiremos peor porque nos sentiremos desnudos ante los demás con la mentira como corona de nuestra vida. Por eso, digo, es mucho más hermoso ir con sinceridad.
Desgraciadamente sabemos que esto no es siempre así. Muchos se parapetan tras esas vanidades y orgullos queriendo ocultar lo que realmente son o lo que sienten en su interior. Querrán ocultar quizás esa maldad que han dejado introducir en la vida y al final van a quedar peor. Es una tentación que todos podemos sufrir de una manera o de otra. Muchas veces en la vida no queremos manifestarnos como somos, bien porque queramos ponernos a unas alturas que no son las nuestras, bien porque queramos ocultar esas intenciones sesgadas que aparecen muchas veces en nuestro interior.
Y cuando vamos así por la vida sospechamos enseguida de los demás, vemos malas intenciones en lo que puedan hacer los otros, nos entra la desconfianza y así es difícil mantener una buena relación con los otros. Las desconfianzas rompen los lazos de afecto que puedan unirnos a los demás; con la confianza no sabremos colaborar en lo bueno que los otros hacen; aparece la envidia en nuestro corazón y la malquerencia. Nuestros ojos se vuelven turbios y opacos y no seremos capaces de ver lo más claro de la bondad que hay en los otros.
Es lo que le sucedía a muchos en torno a Jesús como contemplamos en el evangelio. Siempre estaban en la desconfianza, al acecho, viendo dobles intenciones, pidiendo una y otra vez pruebas y signos, sin llegar a ver el amor que Jesús nos mostraba, los signos maravillosos que hacia, la esperanza y la vida que podían encontrar en sus palabras y en sus gestos. No creían en Jesús. No se terminaba de despertar la fe en ellos porque su corazón estaba demasiado agriado, demasiado lleno de cosas turbias, sus ojos estaban cegados.
Una vez más le piden a Jesús un signo para creer en El. No les bastaban todos aquellos milagros que hacia, no les bastaba aquella palabra de vida eterna que Jesús les decía. Y Jesús les habla de las gentes de Nínive que creyeron en Jonás que fue un signo de salvación para ellos con lo que le sucedió en su vida y con su predicación; y les habla de la Sabiduría de Salomón reconocida en su tiempo hasta por la reina del Sur que vino para escucharle.
Ante ellos está quien con su vida, con su entrega hasta la muerte, con su resurrección va a ser ese verdadero signo de salvación para todos los hombres; ante ellos esta la Sabiduría eterna de Dios, la Palabra eterna de Dios que en Dios estaba y que de Dios vino a nosotros plantando su tienda entre nosotros para que quienes creyeran pudieran ser hijos de Dios.
Que nosotros no nos ceguemos para que podamos reconocer en verdad a Jesús como nuestra vida y salvación. Que reconozcamos a Jesús y escuchemos su Palabra para que llenándonos de vida comencemos a vivir esa vida nueva donde todos nos amamos, nos aceptamos, vamos con sinceridad caminando los unos junto a los otros, creando con nuestra autenticidad y con nuestro amor sincero un mundo nuevo y mejor.

domingo, 23 de julio de 2017

No todo tiene que corromperse en la humanidad por mucho mal que haya a nuestro lado o en nosotros mismos sino que tenemos la esperanza de crear un mundo nuevo contagiándolo de amor

No todo tiene que corromperse en la humanidad por mucho mal que haya a nuestro lado o en nosotros mismos sino que tenemos la esperanza de crear un mundo nuevo contagiándolo de amor

Sabiduría 12, 13. 16-19; Sal 85; Romanos 8, 26-27; Mateo 13, 24-30

Eso lo arreglo yo; si me dejaran a mí… hemos escuchado más de una vez, o hasta quizá lo hemos pensado. Una situación injusta, una maldad de unas personas que hacen daño, problemas que vemos en nuestra sociedad de corrupción, desordenes, gente que no hace nada frente a todas esas situaciones cuando quizá por su autoridad o por el lugar social que ocupan tendrían que hacer algo por resolver esas cosas, pero como sabemos siempre hay por detrás intereses ocultos… pero a todas estas siempre hay uno que se cree Mesías salvador que lo resolvería todo quizá con unas actuaciones llenas de violencia quitando de en medio a quienes están haciendo ese daño en nuestra sociedad.
¿Podremos resolver de verdad los problemas de esa manera quizá desde unas actitudes y posturas autoritarias y violentas? ¿No caeríamos esa espiral de violencia y hasta de injusticia cuando nos dejamos arrastrar por esas actitudes? ¿No estaríamos dejándonos envolver por esa misma maldad que pretendemos erradicar llenando nuestro corazón de iras y de odios que no harían sino provocar mas odio y más violencia, mas injusticia y más maldad? ¿Nos cruzamos de brazos, entonces?
¡Qué dichosos seriamos si todos fuéramos buenos! ¡Qué mundo de felicidad crearíamos si en verdad nos dejáramos envolver por el bien y por el amor para engendrar bondad en nuestro mundo haciendo surgir una nueva humanidad! Alguno podría pensar que eso son utopías, porque somos conscientes de la maldad que hay en nuestro mundo. Es cierto que la manzana podrida puede echar a perder todo el cesto, pero sí tiene que haber esperanza en nuestro corazón de que no somos cosas ni solamente unos frutos materiales que se contaminan, sino que somos personas que podemos contagiar de nuestra bondad a cuantos nos rodean.
La semilla sembrada en el campo es buena, como nos dice la parábola que hoy escuchamos en el evangelio. El Dios que nos ha creado y dado la vida hizo que cuanto saliera de su mano fuera bueno – como nos dice la Biblia en aquellas primeras paginas del Génesis ‘y vio Dios que todo era bueno’ – pero nos ha dado el don maravilloso de la libertad cuando nos ha creado con toda dignidad – ‘a su imagen y semejanza’ que dice la Biblia – y es desde esa libertad donde el hombre elige y será donde pueda entrar la confusión del mal cuando nos queremos hacer dioses enmendándole la plana a Dios para hacer las cosas solo desde nuestros intereses egoístas y dejando meter el orgullo y la vanidad en el corazón. Es la cizaña, la mala semilla que se va sembrando en nuestro corazón y en nuestro mundo.
¿Qué nos quiere decir, entonces, esta parábola de la buena semilla pero también de la cizaña sembrada ocultamente en el mismo campo? Es un retrato de nuestro mundo, de nuestra propia vida. Fácilmente nos quedamos a la honra de reflexionar sobre la parábola en constatar esa mala semilla que vemos en nuestro mundo, cuando vemos tantas injusticias y tantas maldades. Como decíamos al principio querríamos arrancar de raíz tanto mal.
Pero creo que también hemos de leer la parábola mirando nuestra propia vida. ¿Somos todo buena semilla en nuestra vida? ¿Son todos frutos buenos lo que hacemos y sale de nuestras manos o de nuestro corazón? Semilla buena somos porque Dios nos ha creado buenos, pero bien sabemos como también el mal se mete dentro de nuestro corazón y mirándonos con sinceridad vemos tantos momentos de orgullo o de egoísmo, de insolidaridad o de vanidad que van apareciendo en nuestra vida.
No siempre nuestra respuesta es buena; tantas veces de una manera u otra dejamos meter el pecado en nuestro corazón. Pero ahí está la paciencia de Dios que nos espera, que nos riega una y otra vez con su gracia, que va haciéndonos continuamente llamadas para que convirtamos nuestra vida, para que transformemos todo eso negativo que hay en nosotros en frutos de bondad y de verdad. No nos arranca de raíz de la vida cuando hacemos el mal, como desearíamos algunas veces para los demás, sino que la misericordia de Dios es inmensa y espera siempre una respuesta positiva de amor por nuestra parte.
Dijimos antes que no todo tiene que corromperse en la vida de los hombres por mucho que sea el mal que haya a nuestro lado o en nosotros mismos. Hablábamos de la esperanza de que el bien nos contagie, el bien vaya contagiando a cuantos nos rodean para ir sembrando esas buenas semillas que vayan creando esa nueva humanidad. Es la tarea que desde nuestra fe en Jesús tenemos que realizar, ha de ser el compromiso de nuestra vida para entre todos hacer un mundo mejor. Es el envió que Jesús nos hace para que vayamos a nuestro mundo con el mensaje del Reino de Dios.

sábado, 22 de julio de 2017

Nos mantenemos en el amor y en la fidelidad y también escucharemos en nuestro interior esa voz que nos llama por nuestro nombre y nos llenará de vida y plenitud en el amor

Nos mantenemos en el amor y en la fidelidad y también escucharemos en nuestro interior esa voz que nos llama por nuestro nombre y nos llenará de vida y plenitud en el amor

Cantar de los Cantares 3,1-4ª; Sal 62; Juan 20,1.11-18
El amor auténtico y verdadero mantiene íntegra la fidelidad al mismo tiempo que una fidelidad conservada aun en las más difíciles circunstancias hace agrandar el amor. Parafraseando una frase bíblica podríamos decir que la fidelidad y el amor se besan y se encuentran en la más dulce intimidad.
Pero esto no haría pensar y preguntarnos por qué cuando hoy tanto decimos que nos amamos, y el amor es la primera palabra que surge cuando nos sentimos atraídos hacia alguien y enseguida nos prometemos amores eternos, sin embargo son tantas las rupturas que tras unos primeros momentos de amor van apareciendo en la vida de las personas olvidando todas aquellas palabras bonitas de fidelidad y de amor.
Tenemos que evitar confusiones porque no toda atracción y relación siempre significa amor, y hemos de aprender a construir bien ese edificio de la fidelidad para saber superar todos los escollos que pudieran ponerla en peligro. La vida es como una mar bravía muchas veces que oculta corrientes o bajíos peligrosos que pudieran hacer zozobrar la nave de nuestro amor y hemos de saber ser o saber encontrar buen piloto que nos ayude a surcar esas aguas que tantas veces se nos pueden convertir en peligrosas. Hay oscuridades como noches sin estrellas que nos pueden hacer perder la orientación de nuestro camino de fidelidad y de amor.
Muchas cosas podríamos reflexionar en este sentido y me he permitido hacer este pequeño comentario cuando hoy estamos celebrando a santa María Magdalena, mujer ejemplo de fidelidad y de amor. Un evangelista nos dice que de ella fueron expulsados siete demonios, pero a partir de entonces los momentos en que la vemos aparecer en el evangelio siempre serán resplandecientes por su amor a Jesús y su fidelidad.
La veremos a los pies de la cruz de Jesús junto a María, la madre del Señor y otras piadosas mujeres. Y será la primera que en la mañana de aquel primer día de la semana irá hasta el sepulcro porque allí quiere seguir llorando en su duelo y mostrando su amor por Jesús. Entre los relatos de los distintos evangelistas la veremos corriendo por la calles de Jerusalén para decir primero que se han llevado el cuerpo de Jesús, cuando se ha encontrado el sepulcro vació. De vuelta hasta el huerto del sepulcro con Pedro y Juan cuando ellos han comprobado que el sepulcro está vacío y comienza a renacer en ellos la esperanza de la resurrección del Señor, ella se quedará allí junto a la piedra rodada a la entrada del sepulcro llorando su desconsuelo y pidiendo a quien fuera que le digan donde se han llevado el cuerpo de Jesús.
Es la fidelidad en el amor; es el amor siempre fiel que se mantiene a pesar de las oscuridades de la cruz y aunque ella aún no haya encontrado los resplandores de la resurrección. Por amor y fidelidad allí permanece hasta que Jesús viene a su encuentro aunque sus ojos velados por las lágrimas no lo reconozcan. ‘Mujer, ¿por qué lloras?’ son los llantos del amor, de la búsqueda, del ansia del encuentro, del deseo de estar junto a su amado. ‘¡María!’ La llama por su nombre. Será suficiente. Es la voz del Maestro. Es la voz del amado. Es la palabra con la que se premia su amor y su fidelidad. Es la voz que se reconoce sin que los oídos la oigan porque se escucha en el corazón. Es la voz y la palabra que la llama por su nombre y la llena de vida.
Nos mantenemos en el amor y en la fidelidad y también escucharemos en nuestro interior esa voz que nos llama por nuestro nombre. Es la voz que nos seguirá manteniendo en la fidelidad y creciendo en el amor. De nosotros depende escucharla. Mantengamos la fidelidad, permanezcamos en el amor, la perseverancia salvará nuestras almas, nos dice la Escritura, la perseverancia nos llenará de vida para siempre porque nos mantiene en el amor.

viernes, 21 de julio de 2017

Actitudes nuevas, valores profundos, verdadero respeto a la persona y su dignidad que nos lleven a buscar de verdad la gloria del Señor

Actitudes nuevas, valores profundos, verdadero respeto a la persona y su dignidad que nos lleven a buscar de verdad la gloria del Señor

Éxodo 11,10-12,14; Sal 115; Mateo 12,1-8
Rápido nos viene a nuestra mente el pensamiento con que enjuiciamos y condenamos a los demás. Atentos estamos a lo que haga el otro para hacernos nuestro juicio sobre lo que hace aunque solo nos dejemos llevar por las apariencias. Poco podemos saber sobre lo que hay en el interior del hombre y la razón o el por qué de lo que hace, pero nosotros en nuestro juicio parece que nos lo sabemos todos y creemos saber más los por qué de lo que hacen mas que los mismos que lo hacen.
Cuando vamos prejuzgando en la vida a los demás ya vamos interponiendo barreras porque en nuestro orgullo nos creemos superiores y que estamos por encima de los demás y nos creemos con derecho para opinar y para juzgar lo que hacen los otros. Nos alejamos así de las personas porque en nuestro prejuicio no querríamos mezclarnos con ellos para que otros no nos juzguen iguales a ellos.
Es difícil que así seamos capaces de colaborar, de trabajar juntos por hacer que nuestro mundo mejor o que nuestras relaciones sean más amistosas y fraternales. Con nuestros prejuicios ponemos barreras y estamos poniendo imposible cualquier relación amistosa. Pero ¿Quiénes somos nosotros para juzgar? ¿Qué derecho tengo a condenar al otro cuando en mi corazón esta floreciendo la maldad con esos juicios y condenas que estoy haciendo a los demás? ¿No seria más hermoso una auténtica corrección fraterna en la que como hermanos y con humildad nos ayudemos mutuamente? ¿No necesitaré yo también de esa ayuda para mejorar muchas cosas en mi vida porque tampoco yo soy perfecto?
Me viene a la mente esta reflexión que tendría que valerme para yo mejorar mis actitudes y para poner más humildad en mi corazón, a partir de lo que hoy vemos en el evangelio. Por allá andan los fariseos pendientes de lo que puedan hacer los discípulos de Jesús para aprovechar cualquier ocasión para tratar de desprestigiar la obra de Jesús.
Los discípulos realizan quizás distraídamente lo que cualquiera hace al pasar por un sembrado. Hay unas espigas que están granando ya su cosecha y se siente uno tentado en el buen sentido de coger una de esas espigas, estrujarla en la mano y llevarse a la boca aquellos granos que aun están en proceso de maduración. Pero es sábado mientras caminan de un lugar a otro en medio de aquellos sembrados. Aquello podía considerarse un trabajo y en el sábado no se puede trabajar. Tajantes son en el cumplimiento del descanso sabático y aquello podría equivaler a la siega, a la trilla y no se cuantas cosas más. Y allí surge el juicio y la condena.
Qué quisquillosos nos volvemos tantas veces en la vida buscando maldades, segundas intenciones para poner pronto el prejuicio y la condena. ¿Podemos andar así por la vida y ser felices? ¿No tendrían que ser otras las actitudes?
Claro que Jesús quiere aclararnos que el cumplimiento de la ley del Señor ha de tener otro sentido. Nunca podremos mirarlo como esclavitud, siempre tiene que ser una ofrenda de amor, y siempre la persona tiene que verse enriquecida en su interior que es lo verdaderamente importante.
No podemos convertir la religión y los actos religiosos que realicemos como un mero cumplimiento, una rutina o una ley que nos esclavice en un cumplimiento ritual. Una mayor profundidad hemos de darle a todo lo que sea nuestra relación con Dios, porque Dios quiere siempre la grandeza del hombre y no el sufrimiento.

jueves, 20 de julio de 2017

Jesús nos abre la mansedumbre de su corazón para que encontremos consuelo y descanso en nuestros agobios pero aprendamos a tener también un corazón acogedor para los demás

Jesús nos abre la mansedumbre de su corazón para que encontremos consuelo y descanso en nuestros agobios pero aprendamos a tener también un corazón acogedor para los demás

Éxodo 3, 13- 20; Sal 104; Mateo 11,28-30

Qué paz y qué satisfacción sentimos dentro de nosotros mismos cuando en los avatares de la vida nos encontramos con alguien que nos escuche, que sea capaz de detenerse en su caminar para tener tiempo para uno y escucharle. Vivimos entre carreras y agobios y no sabemos detenernos al lado del hermano para saber descubrir una tristeza que quizá se oculta tras sus ojos que a pesar de los pesares intentan sonreír.
Nos encerramos en nosotros mismos por nuestras preocupaciones o cosas que tenemos que hacer pero también estamos provocando que quienes se ven envueltos en los sufrimientos que la vida les ofrece se encierren en su soledad y se tengan que comer solos el pan de su amargura.
No nos enteramos ni queremos enterarnos de lo que pueda hacer sufrir a los demás porque decimos que con lo nuestro tenemos. Pero cuando encontramos a alguien que nos escuche y que pierda su tiempo por nosotros, nos sentimos en verdad agradecidos. Nos va faltando humanidad y honda comunicación a pesar de que hoy tenemos tantos medios de todo tipo para comunicarnos con el que pueda estar al otro lado del mundo, pero quizá no sabemos entrar en sintonía con el que está a nuestro lado.
Comencé haciéndome esta reflexión pensando en el gozo que sentimos cuando somos escuchados en nuestros agobios y problemas. Espiritualmente lo necesitamos. Y nuestra fe nos puede hacer entrar en sintonía con quien de verdad es el consuelo y el descanso de nuestra vida. Es lo que nos dice hoy Jesús en el evangelio. Que vayamos a El, que no temamos, que en El podemos encontrar esa paz que tanto necesitamos, que El es en verdad la fuerza y el aliciente de nuestra vida, que El colma todas nuestras esperanzas y da satisfacción a las aspiraciones mas hondas y mas nobles. En El podemos llenar espiritualmente nuestra vida de la mayor plenitud.
‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré’, nos dice hoy en el evangelio. Cómo lo entendían aquellos enfermos que a El acudían, cómo lo entendían los leprosos que se veían apartados y discriminados y que solo pensando en Jesús sentía fuerza en su interior para llegar hasta El porque en El sabían que iban a encontrar vida. Cómo lo entendían los pecadores, los publicanos y las prostitutas que eran despreciados de todos, pero que se acercaban a Jesús allá donde estuviera y sabían que podían sentarse a su mesa. Cómo lo pudo entender Pedro que tras su negación veía como Jesús seguía confiando en El y que solo le pedía que hubiera amor en su vida. Cómo lo entendían aquellas multitudes que venían de lejos, de todas partes porque querían escuchar aquellas palabras de Jesús que tanta esperanza ponían en su corazón.
Así tenemos que entenderlo nosotros que tan locos vamos por la vida, que parece que hemos perdido el norte y el sentido; así hemos de entenderlo en este mundo loco de carreras, pero tan materializado que ya no sabe levantar los ojos a otros valores más espirituales y trascendentes, y en Jesús podemos sentir que El eleva nuestro espíritu, nuestros pensamientos, da profundidad a nuestros deseos más nobles, nos arranca de nuestros egoísmos insolidarios y abre nuestros horizontes a algo nuevo, abre nuestra mirada a quienes están a nuestro lado y nunca quizás miramos.
Vayamos a Jesús para que encontremos nuestros descanso, pero aprendamos a disponer nuestro corazón para en nombre de Jesús acoger a tantos que pasan a nuestro lado y están necesitando esa sonrisa que les alegre el alma y esa palabra de animo que les levante de su postración. Tenemos tanto que hacer. Tengamos siempre un corazón acogedor para los demás.

miércoles, 19 de julio de 2017

Igual que expresamos la nobleza de nuestro corazón cuando somos agradecidos con los demás, sepamos cantar siempre nuestra Acción de Gracias a Dios

Igual que expresamos la nobleza de nuestro corazón cuando somos agradecidos con los demás, sepamos cantar siempre nuestra Acción de Gracias a Dios

Éxodo 3,1-6.9-12; Sal 102; Mateo 11,25-27
Se suele decir que es de bien nacido el ser agradecido. No solo como norma de educación sino como expresión de unos sentimientos hondos y nobles la palabra ‘gracias’ tendría que estar continuamente en nuestros labios. Gratitud y gratuidad se interrelacionan y se complementan. Porque nuestra gratitud es un reconocimiento de la gratuidad del otro que nos ofrece algo aunque nosotros no lo merezcamos. Y no es ya aquello de las cosas que en derecho y en justicia se han de hacer por nosotros, sino que aun en el cumplimiento del deber el que me ofrece algo está ofreciéndome algo de si mismo cuando tiene un tiempo para mi, una palabra o una atención. Nuestra correspondencia más noble ha de ser nuestra gratitud.
Como expresábamos de alguna manera hemos sido educados en el agradecimiento, para que sepamos tener siempre esa respuesta de actitud ante cualquier cosa que nos ofrezcan los demás. Cuando nos encontramos a un desagradecido que todo se lo cree merecer y nunca es capaz de expresar esa palabra de agradecimiento decimos que es un mal educado, pero como decíamos también estamos descubriendo en la persona esa falta de valores y esa nobleza para ser agradecido.
Si esto es así en las más elementales relaciones humanas, ¿qué tendríamos que decir de nuestra relación con Dios? Tiene que hacernos pensar y hacerlo con verdadera sinceridad. Hemos de reconocer que estamos más prontos para pedir al Señor desde nuestras necesidades que para dar gracias. Ya el evangelio nos lo refleja en aquel episodio que todos conocemos de los diez leprosos que son curados, pero de los que solo uno volverá para postrarse ante Jesús y darle gracias por su curación.
Tendría que ser la primera palabra, el primer sentimiento que con nobleza saliera de nuestro corazón cada mañana al despertar. ‘Gracias, Padre…’ Es el regalo de la vida, es el regalo del sol que nos revitaliza, es el regalo de la luz que nos ilumina, la lluvia que fecunda nuestros campos, el aire que respiramos y las personas que queremos y nos rodean cada día con su cariño.
Gracias porque podemos sentir su presencia y por la fe que sigue iluminando nuestra vida. Gracias por cuanto de su mano recibimos porque siempre nos sentimos regalados por su amor. Gracias por la gracia con que nos acompaña signo de la fuerza del Espíritu que está con nosotros y gracias por su amor misericordioso que nos perdona, nos acompaña y nos comprende en nuestra debilidad.
Gracias porque podemos escuchar su Palabra y alimentarnos de su vida en los sacramentos. Gracias por la Eucaristía en que se hace pan y vida para ser nuestro alimento y nuestra fuerza. Gracias por quienes ha puesto a nuestro lado para acompañarnos en el camino de la vida, y la palabra de consuelo, de fortaleza, de luz y de vida que de ellos cada día recibimos. Gracias por el camino que hacemos en el que nunca nos sentimos solos porque con nosotros está siempre la Iglesia, que es decir la comunidad de los hermanos que también caminan a nuestro lado.
Gracias por cada detalle que de los que están a nuestro lado cada día recibimos, por la sonrisa de tantos que nos alegra el alma, por la mano amiga que me hace sentir la presencia y el calor del Señor que en esa mano amiga se me manifiesta. Son tantas las cosas por la que tenemos que cada día dar gracias.
Hoy escuchamos a Jesús dar gracia porque el Padre se nos revela a los de corazón sencillo y nos manifiesta así lo que es su amor y su misericordia. Que con Jesús aprendamos a dar gracias. El nos enseña como siempre tenemos que santificar el nombre del Señor y lo hacemos con nuestros sentimientos de gratitud. ¡Gracias, Señor!

martes, 18 de julio de 2017

Dejemos que Jesús renueve y rejuvenezca nuestra vida escuchando su Palabra y reconociendo de forma viva las obras maravillosas que Dios hace cada día en nosotros

Dejemos que Jesús renueve y rejuvenezca nuestra vida escuchando su Palabra y reconociendo de forma viva las obras maravillosas que Dios hace cada día en nosotros

Éxodo 2,1-15ª; Sal 68; Mateo 11,20-24

¿Qué nos sucederá que recibimos tan buenas influencias cada día de quienes están a nuestro lado y sin embargo seguimos con nuestras rutinas y no tan buenas costumbres? Algunas veces parece que nos insensibilizamos o nos endurecemos ante esas buenas influencias. Nos acostumbramos a nuestras rutinas que ya no queremos salir de ellas, seguimos con lo mismo aunque hay momentos en que nos damos cuenta que las cosas tendrían que cambiar, pero eso de esforzarse para cambiar el chip, como ahora suele decirse, para comenzar con algo nuevo y mejor, es algo que nos cuesta mucho.
Quien no quiere crecer se envejece. El organismo humano continuamente se está renovando, mientras haya vida. Cuando no se renuevan nuestras células, comienza a decaer la vida de nuestro organismo. Pero no nos podemos quedar solo en la materia.
Pero ya no se trata solo de nuestro organismo en lo físico sino que es el espíritu con que vivimos nuestra vida. algunas veces parecemos viejos que solo ya nos preocupamos de conservar lo que somos o tenemos, y no tenemos aspiraciones a más, no buscamos alicientes nuevos para nuestra vida, no somos capaces de elevar nuestros pensamientos para buscar algo mejor, olvidamos lo que son nuevas metas que nos vayamos poniendo cada vez mas altas, vamos envejeciendo en la vida. Y envejecer es comenzar a morir.
Con Jesús podríamos decir que estaremos viviendo siempre en la eterna juventud. El quiere hacernos siempre un hombre nuevo; nos ofrece nuevos valores que eleven el tono de nuestra vida, pone nuevos ideales en nuestro corazón cada vez más altos, nos está enseñando como siempre tenemos que estar cultivando nuestra vida, lanzando de nuevo la red, sabiendo navegar por encima y mas allá de las tempestades que nos puedan ir apareciendo en la vida.
Sin embargo hay veces que nos cuesta aceptar a Jesús, o más bien, decimos que  nos gusta aquello que nos plantea, pero luego somos remisos para ponerlo por obra, para llevarlo a la práctica, realizarlo en nuestra vida. Tenemos ante nuestros ojos las obras de Jesús, pero no nos decidimos a seguirlo con radicalidad. ¿Qué sentiremos en nuestro interior cuando intentamos ser sinceros con nosotros mismos?
El evangelio nos habla hoy de aquellas ciudades que rodeaban el lago de Tiberíades donde especialmente Jesús realizaba toda su actividad. Muchas veces lo habían escuchado, de muchos milagros habían sido testigos, entre ellos Jesús había realizado con profusión las maravillas de Dios, pero no todos se decidían a seguirle. Hay una contradicción entre aquellos momentos de fervor donde habían dicho cosas hermosas de Jesús cuando contemplaban sus obras y lo que era la vida de cada día. Un día habían de ser llamados a juicio.
Y nosotros, ¿Cómo respondemos a tantas maravillas que Jesús ha realizado en nuestra vida? ¿No tendríamos que despertar de nuestras rutinas, de nuestras vanidades, de nuestros orgullos y decidirnos de verdad a seguir el camino de Jesús? El Señor ha realizado obras grandes en mí, reconocía María, pero María cantaba agradecida al Señor y abría su corazón a Dios. Aprendamos de María. Llenemos de la vida nueva de Jesús. Dejemos que el renueve y rejuvenezca nuestra vida.

lunes, 17 de julio de 2017

Tenemos que dejarnos impactar por las palabras de Jesús que nos descubran el camino de una nueva vida de plenitud


Tenemos que dejarnos impactar por las palabras de Jesús que nos descubran el camino de una nueva vida de plenitud

Éxodo 1,8-14.22; Sal 123; Mateo 10, 34-11,1
Hay momentos en que las palabras de Jesús nos desconciertan porque pareciera que está diciéndonos cosas en contradicción a lo que nos ha dicho o manifestado en otros momentos. Uno de esos textos del evangelio es el que hoy nos ofrece la liturgia que aunque nos pudiera parecer duro no podemos obviar, sino que tenemos que abrir de verdad nuestro corazón para descubrir con la fuerza del Espíritu lo que realmente nos quiere decir Jesús.
Que en su nacimiento habían anunciado los ángeles la paz para los hombres porque los ama el Señor, quien en las bienaventuranzas llama dichosos a los que trabajan por la paz, quien saludará a los discípulos tras la resurrección con el saludo de la paz, quien tras curar a los enfermos o perdonar a los pecadores los envía en paz, quien cuando envía a sus discípulos a anunciar el evangelio les encarga que el mensaje de paz es lo primero que han de trasmitir, hoy nos dice que El no ha venido a traer paz, sino guerra.
Claro que tendríamos que recordar también que nos dice que El nos da su paz ‘mi paz os dejo, mi paz os doy’, como incluso recordamos en la oración litúrgica, pero que El no nos da la paz como la da el mundo. Su paz es algo nuevo y distinto. Su paz no es una imposición sino un don que hemos de saber vivir desde lo hondo del corazón. Su paz no significa ausencia de conflictos, porque problemas vamos a tener continuamente en la vida y en nuestro encuentro con los demás, sino que es algo que ha de llenar nuestro espíritu para no perderla aunque muchas sean las negruras que nos rodeen. Es esa serenidad del espíritu que hemos de mantener por muchas que sean las violencias que suframos. Es esa madurez del alma para saber encontrar esa armonía interior que no nos haga zozobrar en los conflictos.
Y conflictos tendremos, porque no todos entenderán el mensaje del evangelio y como nosotros queremos encarnarlo en nuestra vida. Esa opción de vida que hacemos cuando queremos en verdad seguir a Jesús que no será comprendida muchas veces incluso por aquellos que puedan ser más cercanos a nosotros. Por eso nos habla de conflictos que surgirán incluso en el seno de la propia familia. No quiere Jesús que haya rupturas en la vida con aquellos que mas cerca están de nosotros y con los que compartimos más directamente nuestra existencia, pero si nos quiere hacer constatar esa incomprensión que vamos a encontrar en los demás.
El camino de seguimiento de Jesús es un camino exigente; como nos dice hoy hemos de saber llevar la cruz, esa cruz que pesa dentro de nosotros cuando tenemos que luchar en nuestro propio interior por mantener una integridad en nuestra vida; esa lucha interior en la que tenemos que aprender a decir no a cuanto nos aparte de ese camino que queremos seguir cuando estamos con Jesús; ese ser capaz de ofrecer la vida, lo que somos, lo que vivimos, la vida misma porque queremos el bien, porque queremos lo bueno para los demás, porque queremos un mundo mejor y de mayor felicidad, y nos puede parecer que perdemos la vida, pero estamos ganando una plenitud de vida que nadie luego nos podrá arrebatar.
Pero Jesús nos está enseñando el verdadero valor de cuanto hacemos, incluso aquello que nos pueda parecer más insignificante. Hasta un vaso de agua que demos no quedará sin recompensa nos dice. Valoremos lo pequeño cuando sabemos vivir la vida con amor. Valoremos esos pequeños gestos, que como insignificantes granos de arena, vamos poniendo en nuestra relación con los demás. Una gota de agua nos puede parecer insignificante en la inmensidad de un océano, pero ese océano está compuesto de muchas gotas de agua que por si solo pueden ser insignificantes pero son las que hace el océano.

domingo, 16 de julio de 2017

Salgamos a nuestro mundo, sin miedos ni complejos, con el arrojo de nuestra fe y con la confianza de que el Señor da toda la vitalidad de su Espíritu a la semilla que hemos de sembrar


Salgamos a nuestro mundo, sin miedos ni complejos, con el arrojo de nuestra fe y con la confianza de que el Señor da toda la vitalidad de su Espíritu a la semilla que hemos de sembrar

Isaías 55, 10-11; Sal 64; Romanos 8, 18-23; Mateo 13, 1-23

‘Salió el sembrador a sembrar…’ Así comienza la parábola que Jesús les propone. Allí junto a la orilla del lago, sentado desde la barca para que todos pudieran oírle mejor, Jesús estuvo mucho rato hablándoles en parábolas.
Todos ponemos ejemplos en nuestras explicaciones. El mejor maestro es el que habla con mayor sencillez y se hace entender por todos. Entre los orientales el lenguaje lleno de imágenes y comparaciones era algo muy normal. Es el lenguaje de Jesús. El evangelio nos trasmite muchas parábolas de Jesús.
Pero alguno quizá pretendiendo decir que entiende la parábola de Jesús o tratando de explicarla se atreva a hacer alguna consideración muy particular. ¿A quien se le ocurre salir a sembrar y echando la semilla a voleo no le importa donde pueda caer exponiéndose a que caiga entre pedregales o zarzales? Pudiera parecer un atinado comentario si no se entendiera que en oriente como en algunos sitios quizás se eche la semilla a voleo a la tierra primero y sea luego cuando se labre ese terreno y así en la arada pueda penetrarse mejor en la tierra donde se vuelva fecunda esa semilla.
Pero más allá de esas posibles elucubraciones sea otra cosa lo que Jesús quiere trasmitirnos. Por un lado, la fuerza que en sí misma tiene esa semilla, que luego nos explicará Jesús que está refiriéndose a la Palabra de Dios que hemos de sembrar en nuestro mundo. Claro que no deja de ser un interrogante en nuestro interior cuál sea la actitud de acogida que tengamos ante esa Palabra que Dios quiere plantar en nuestra vida. Ahí está descrita, es cierto, nuestra respuesta como nuestra libertad y responsabilidad para acoger esa semilla en nuestra vida.
Claro que en estos momentos que vivimos en la Iglesia donde sentimos la urgencia de una nueva evangelización, de un nuevo anuncio del Evangelio como Palabra de vida y salvación para los hombres, nos llevaría a pensar en algo más en esa responsabilidad que tenemos con la semilla que está en nuestras manos y hemos de hacer llegar a nuestro mundo. El Papa nos lo está recordando continuamente.
Diríamos que ha sido una constante, por otra parte, en la vida de la Iglesia cuando tras el concilio Vaticano II hemos ido tomando conciencia todos de nuestra responsabilidad eclesial, de nuestra pertenencia a la Iglesia y de la realidad de nuestro mundo al que dábamos por sentado que era cristiano pero que necesita de esa nueva evangelización. Todos recordamos aquella exhortación apostólica de Pablo II, Evangelii nuntiandi publicada a los diez años del concilio y que tan gran impacto produjo en el seno de la Iglesia de manera que ha sido de alguna manera vademécum en la tarea de todo evangelizador.
Por supuesto que escuchamos esta parábola leyéndola en nuestra propia vida y en nuestra responsabilidad de la acogida a esa semilla de la Palabra de Dios. Pero es cierto también que tendríamos que hacer una lectura de la misma desde esa tarea y esa responsabilidad que todo cristiano tiene de ser portador del Evangelio para los demás. Todos hemos de ser evangelizadores, misioneros del evangelio con el testimonio de nuestra vida además de con nuestras palabras.
Muchas veces quizá la tarea inmensa que se presenta ante nosotros nos paraliza. Sí, nos paraliza porque ya quizá de antemano damos por sentado que esa Palabra en muchas personas, en muchos lugares no va a ser aceptada y acogida. Si vamos con esos tintes negativos marcando nuestra tarea ya quizá no ponemos tanto entusiasmo, ya no nos vamos a esforzar por llegar a las periferias, como nos dice el Papa, porque quizá damos por sentado que no vamos a ser acogidos ni escuchados. Esa dureza del camino, esos pedruscos en medio del terreno o esos zarzales de tantas cosas que pueden enredar a nuestros oyentes se convierten ya en nosotros en barreras que nos van a impedir llegar de verdad a todos con nuestro anuncio.
Es ahí en ese mundo, y no vamos a hacer ahora una descripción que cargue sus tintes negativos, en donde tenemos que hacer ese anuncio. Esas periferias de las que nos habla el papa, no significa ir a lugares especiales o lejanos sino que están ahí mismo a nuestro lado en tantos que quizás ya vienen de vuelta, en tantos que aunque siguen diciéndose cristianos viven su fe con frialdad y sin compromiso, en tantos que se creen muy seguros en sus ideas o planteamientos y no llegan a descubrir de verdad la novedad que siempre ha de significar el evangelio.
Son esos que quizá vienen también a nuestras celebraciones por una costumbre o por unas rutinas, o que convierten nuestras celebraciones en algo así como un acto social más en el que participan pero que no le dan la profundidad de la fe, no ponen toda su vida en aquello en lo que están participando, cierran sus oídos para no escuchar esa Palabra nueva del evangelio que les pueda hacer despertar de sus modorras.
Salió el sembrador a sembrar y no ha de temer la clase de tierra distinta que pueda encontrar sino que en toda tierra ha de sembrar esa semilla, esa Palabra de Dios. Salgamos, sí, a nuestro mundo con esa misión, con esa tarea, sin miedos ni complejos, con el arrojo de nuestra fe y con toda nuestra confianza puesta en el Señor que le da toda la vitalidad de su Espíritu a esa Palabra de Dios que hemos de sembrar en nuestro mundo.

sábado, 15 de julio de 2017

¿No se venden un par de gorriones por unos cuartos? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre.

Los miedos y temores no son buenos consejeros porque nos llenan de negruras y pesimismos y la confianza en el Dios que nos ama nos ayuda a asumir el riesgo de seguir a Jesús

Génesis 49,29-32; 50, 15-26ª; Sal 104; Mateo 10,24-33

Demasiadas veces en la vida actuamos movidos por el temor al que dirán, la opinión que puedan tener los demás o la imagen que nosotros demos, por el temor a lo que nos pueda pasar o a los imprevistos de la vida que nos van surgiendo y que algunas veces nos la pueden complicar.
Es cierto que hemos de estar preparados ante lo que nos pueda suceder, pero no es necesario que andemos siempre con el miedo en el cuerpo, porque con ello parece que nos llenamos de negruras y pesimismo. Hemos de cuidar, es cierto también, la imagen de rectitud que tenemos que dar pero no por las apariencias de la vida, sino por la autenticidad en que vivimos y entonces no nos tenemos que preocupar tanto por lo que puedan pensar los demás.
Los miedos y temores no son buenos consejeros, aunque nunca nos faltaran en el camino de la vida, porque todo lo que sea incertidumbre y riesgo de alguna manera nos hace temer. Sin embargo con valentía y sin temores deberíamos aprender a enfrentarnos en la vida, y cierto riesgo hemos de asumir tomando iniciativas en la búsqueda de lo que sea siempre lo mejor. Cuando tenemos una meta, unos deseos hondos en el corazón de algo bueno que ansiamos, no tenemos que dejarnos envolver por esos temores, ni estar tan pendientes de lo que los demás puedan pensar. El conservadurismo que nos lleva a una rutina de la vida nos envuelve muchas veces en esos temores.
Por tres veces nos dice hoy Jesús en el corto texto que nos propone la liturgia que no tengamos miedo. Nos lo está diciendo en orden a ese camino que emprendemos cuando en verdad queremos seguir sus pasos. Ya nos anuncia que no serán caminos fáciles, porque, además de todo lo que nos cueste nuestra superación personal, sabemos que vamos a tener muchas cosas en contra, entre ellas los comentarios, las burlas y sarcasmos, y hasta las persecuciones que podamos sufrir por parte de tantos que nos rodean.
Nos dice incluso que no temamos a quienes nos puedan quitar la vida de nuestro cuerpo. Hay algo que vale mucho más que esa vida terrena, hay unos valores profundos y de gran altura por los que merece la pena luchar, la entrega que podamos hacer de nosotros mismos a favor de los demás vale mucho mas que los reconocimientos humanos o alabanzas falseadas que podamos recibir de quienes saben solo de adulación y de vanidades.
Y nos invita sobre todo a poner nuestra confianza en Dios que nunca nos dejará de su mano. Con Dios podemos sentirnos seguros, porque tenemos siempre su amor que no nos falta. Es nuestro Padre que nos cuida, que se preocupa de nosotros, que nos regala con su amor, que enriquece continuamente nuestra vida con su gracia. De ahí la valentía y seguridad con que hemos de sentirnos en el testimonio de nuestra fe que tenemos que saber dar en todo momento. Es algo que no podemos ocultar, más bien, es algo que tiene que brillar con especial resplandor en nuestra vida, porque sentimos el gozo de la fe, sentimos el gozo del amor de Dios que está en nosotros.