viernes, 24 de noviembre de 2017

Los gestos proféticos de Jesús cuando quiere purificar el templo me están pidiendo signos y señales en mi vida de que en verdad quiero hacer que nuestro mundo sea mejor

Los gestos proféticos de Jesús cuando quiere purificar el templo me están pidiendo signos y señales en mi vida de que en verdad quiero hacer que nuestro mundo sea mejor

Lucas, 19, 45-48
Hay gente que no puede callar, que no se puede quedar con los brazos cruzados ante algo que consideran mal, algo que quizá pueda dañar a los demás, algo que consideran injusto. Algunas veces, reconozcámoslo, nos cuesta entender los gestos de protesta que pueda hacer alguien ante cualquier situación que resulte injusta.
Quizá en nuestras pocas ganas de complicarnos la vida pensamos o hasta llegamos a decir que no es para tanto, que quizá de otra manera, que no hay que ponerse así; pero tendríamos que ponernos en el pellejo de quien sufre esa injusticia, o de quien tiene esa sensibilidad para ser capaz de ver el sufrimiento de los demás. Nos acobardamos, quizás, nos impacta ver esos gestos, nos sentimos quizá inútiles o incapaces de hacer esas cosas. Necesitamos sensibilizar el corazón que en ocasiones lo tenemos demasiado endurecido. Que esos gestos casi proféticos que vemos en los demás nos despierten de nuestro letargo.
He comenzado haciéndome esta reflexión al escuchar el texto del evangelio de hoy en que vemos a Jesús realizar un gesto verdaderamente profético. Es la expulsión de los vendedores del templo. Es casa de oración y la habéis convertido en una cueva de ladrones, les dice. Habrá quien no lo entienda. Por allá están los fariseos, los ancianos del pueblo, los sumos sacerdotes que quieren quitarlo de en medio. Aquel profeta no es lo que ellos esperaban. Quizá sus planes y hasta sus negocios se veían perdidos con los gestos de Jesús y lo que Jesús anunciaba y representaba. Miraban más por sus intereses que por descubrir lo que era la voluntad salvadora de Dios que se manifestaba en Jesús.
¿De donde proceden nuestros miedos y cobardías? Porque muchas veces nos echamos para detrás, queremos cerrar los ojos para no ver y los oídos para no oír. Quizá hablamos y hablamos diciendo que las cosas tienen que ser de otra forma, que hay que cambiar, y nos estamos quejando de todo, pero no damos pasos para mejorar, no tenemos gestos que manifiesten nuestro despertar a lo bueno y a lo justo. Vivimos demasiado con los brazos cruzados viendo pasar la vida por delante pero sin poner nada de nuestra parte para que sea mejor.
Y esto en todos los aspectos de la vida. Será nuestra propia vida personal que tenemos que aceptar que debe mejorar, que son muchas las cosas que tenemos que transformar, nuevas actitudes y posturas que hemos de tomar, un mayor compromiso en muchas cosas por donde hemos de caminar.
Será lo que vemos que sucede en la vida social, pobreza, crisis, divisiones, enfrentamientos, falta de una verdadera paz social, rupturas de todo tipo… cuantas cosas donde tendríamos no solo una palabra que decir sino una acción concreta que realizar.
Esa cueva de bandidos que Jesús veía en el templo y que él quiere que cambie, es lo que vemos en nuestra sociedad y que tenemos que poner nuestra parte para que sea mejor nuestro mundo, mejoren nuestras relaciones entre unos y otros, haya más solidaridad y mas justicia, vivamos en mayor armonía y paz.
¿A que gestos me está pidiendo la palabra del señor que me comprometa a realizar para hacer que ese mundo concreto donde vivo, familia, vecinos, personas cercanas, amigos seamos en verdad un signo del Reino de Dios entre nosotros por un nuevo estilo de vivir?

jueves, 23 de noviembre de 2017

Sembramos con esperanza aunque la tierra esté llena de las espinas y abrojos de la violencia y la injustita porque ansiamos el día en que florecerán las flores del amor y la paz


Sembramos con esperanza aunque la tierra esté llena de las espinas y abrojos de la violencia y la injusticia porque ansiamos el día en que florecerán las flores del amor y la paz

Lucas, 19, 41-44
Cuando hay sensibilidad en el corazón uno sufre dentro de si cuando ve que aquel a quien quiere y aprecia, a pesar de las buenas cosas que le dijimos, sin embargo toma un camino equivocado en la vida y se deja arrastrar por sus debilidades que le conducen a un pozo profundo del que le es difícil salir. Uno quisiera ayudarle, pero quizá no se deja; cuantas veces nos encontramos con personas así obstinadas en sus errores y con dolor en el alma tenemos que respetarle sus decisiones y sus pasos aunque vemos que van camino de su ruina.
Es el dolor de los padres que ven que sus hijos no hacen caso de sus consejos y recomendaciones y les parece que toda aquella buena semilla que sembraron o trataron de sembrar en sus corazones en lugar de buena cosecha les da una cosecha perdida.
Es el dolor de los educadores o de cuantos tienen la misión de enseñar y ayudar que se ven con las manos cortadas porque su tarea parece que se hace infructuosa.
Sin embargo siempre hay que mantener la esperanza de que un día aquella buena semilla haga resurgir de las cenizas una buena planta que recoja en si todo aquello que nosotros quisimos sembrar. No podemos perder la esperanza, porque puede cambiar el corazón del hombre para volver a lo bueno.
El evangelio hoy nos habla de que Jesús llora ante la contemplación de la ciudad de Jerusalén viendo los derroteros por donde camina y que toda aquella belleza que ahora contemplan sus ojos un día se destruirá y no quedará piedra sobre piedra. En la bajada del monte de los Olivos, en el camino que viene del valle del Jordán, enfrente de la colina de la ciudad de Jerusalén hoy hay una pequeña Iglesia que recuerda precisamente ese llanto de Jesús.
Allí Jesús ha realizado milagros, ha enseñado en las explanadas del templo o por las calles de Jerusalén; el ciego de nacimiento de las calles, el paralítico de la piscina probática y tantos otros milagros realizados por Jesús son la muestra de su amor. Pero son los polluelos que rehúsan el calor de la madre que quiere acogerlos bajos sus alas; no han querido escuchar a Jesús y allí están maestros de la ley, ancianos del sanedrín o sumos sacerdotes que le hacen frente y harán todo lo posible por llevarlo a la muerte.
Pero no es la angustia ante su propia pasión y muerte lo que inunda de tristeza su corazón, sino la terquedad de quienes no quieren escucharle y lo que Jesús en su sabiduría divina sabe que le va a pasar a aquella ciudad porque no han reconocido el momento de su venida. Pero Jesús seguirá en medio de ellos y una vez más se dirige a la ciudad santa como tantas veces ha realizado cuando subía a la Pascua o a las otras fiestas judías. Todo buen judío sentía el gozo grande de está allí en aquella ciudad como cantaban cuando se dirigían a ella, ‘qué alegría cuando me dijeron vamos a la casa del Señor…’
Sube Jesús ahora a la pascua que va a ser la pascua definitiva, la pascua de la salvación. Dios está en medio de ellos y con Jesús lleva la vida y la salvación aunque tenga que pasar por la pasión y la muerte. Con esa fe en Jesús nosotros seguimos caminando por la vida y queriendo siempre hacer el bien. Sembraremos la semilla de la paz y del amor, aunque muchas veces la tierra esté llena de espinas y abrojos, pero tenemos la esperanza de que un día esa semilla brotará y florecerá un mundo nuevo. Por eso seguimos sembrando con esperanza.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Subiendo con Jesús a Jerusalén aprendemos que aunque el camino se costoso y nosotros nos sintamos débiles hay en nosotros unos talentos que serán nuestra fuerza para el camino

Subiendo con Jesús a Jerusalén aprendemos que aunque el camino se costoso y nosotros nos sintamos débiles hay en nosotros unos talentos que serán nuestra fuerza para el camino

Lucas, 19, 11-28
Jesús iba subiendo de Jericó a Jerusalén; el episodio que contemplábamos anteriormente en el evangelio ha sucedido en Jericó; la ascensión no es fácil, pues median casi una treintena de kilómetros y el desnivel es considerable, porque supera los mil metros desde la profundo del valle del Jordán donde está situada la ciudad de Jericó. Las subidas son costosas, pero viene a ser aquí una buena imagen para el mensaje de Jesús.
Después de los acontecimientos de Jericó, los ciegos curados, Zaqueo transformado por la presencia de Jesús, al iniciar la subida toma a sus discípulos como en un aparte y les propone una parábola; en ella de alguna manera les habla del sentido de su subida a Jerusalén; pero es también una parábola que hablará de responsabilidades y respuestas, una parábola que nos habla en el fondo de fidelidad y de compromiso.
En la versión de san Lucas que escuchamos nos habla de un hombre noble que marcha a lugares lejanos para buscar el titulo de rey, pero que ha confiado a sus servidores una serie de talentos para que mientras tanto los administren y negocien con ellos. A uno confiará cinco talentos, a otro tres y al tercero solamente uno. A la hora de rendir cuentas veremos al de cinco que ha negociado otros cinco y al que ha confiado tres lo mismo ha conseguido otros tres. Al que se le había confiado solamente uno tuvo miedo a arriesgarse, no quería perder, aunque eso significara no ganar, y así se presentó a rendir cuentas con sus miedos y con su pobreza, viéndose ahora despojado de todo.
En la vida tenemos que ponernos en camino dejando a un lado los miedos a los riesgos o a los peligros. No podemos encerrarnos y contentarnos con lo que tenemos, sino que hemos de hacer de verdad fructificar nuestra vida. Y ya no son solo las ganancias materiales que podamos adquirir lo cual podría ser valido en orden a nuestro propio sustento y el de los nuestros, sino que en el desarrollo de lo que somos nos veremos siempre sorprendidos y enriquecidos en lo más hondo de nuestra vida. Los perezosos y miedosos no querrán salir de su letargo porque les parece más cómodo ni arriesgarse a las luchas de la vida con las posibles heridas que podamos alcanzar, pero perdiendo la posibilidad de ese enriquecimiento personal cuando desarrollamos lo que somos aunque nos pueda parecer poco e insignificante.
Podemos tener la experiencia quizás ya sea en nuestro propio nivel personal o porque lo que descubramos en los demás, que en un momento determinado cuando nos parecía que éramos incapaces de afrontar aquellos problemas o situaciones si hubo en nosotros ese espíritu de lucha fueron surgiendo en nuestra vida tantas cosas de las que no nos creíamos capaces pero que en aquel momento difícil  brotaron en nosotros con una fuerza especial para aunque pareciéramos débiles afrontar las peores situaciones.
Responsabilidad, compromiso, respuesta, fidelidad, decíamos al principio que de eso nos hablaba la parábola. A eso nos lleva. Descubriremos así nuestra misión en el mundo en el que vivimos; descubriremos también la misión que como cristianos tenemos en el seno de nuestra comunidad, de nuestra iglesia.
En esta tarea misionera y evangelizadora en la que estamos inmersos en los planes pastorales de nuestras comunidades tenemos que descubrir bien cuanto tenemos que hacer; no podemos decir que no sabemos ni que no podemos. Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor que va inspirando tantas cosas buenas en nuestro corazón. Esa riqueza de nuestra fe no nos la podemos guardar para nosotros solos, sino que será algo que tenemos que compartir, algo de lo que contagiar a cuantos nos rodean, algo que tenemos que anunciar con nuestro testimonio y el compromiso de nuestra vida.

martes, 21 de noviembre de 2017

Sepamos detenernos ante la higuera de la soledad o el sufrimiento de nuestros hermanos porque con ello podemos ser signos de la salvación de Dios que llega a sus vidas

Sepamos detenernos ante la higuera de la soledad o el sufrimiento de nuestros hermanos porque con ello podemos ser signos de la salvación de Dios que llega a sus vidas

Lucas, 19, 1-10
‘Jesus entró en Jericó y atravesaba la ciudad…’ Atravesamos también nosotros los caminos de la vida, cruzamos por nuestras calles y plazas y nos vamos encontrando con todo tipo de gentes, de acontecimientos, con el palpitar de la vida. Sentimos quizá curiosidad cuando es nuevo el lugar que visitamos y nos iremos fijando con detalle en todo cuando encontramos. Pero cuando quizá pasamos una y otra vez por el mismo lugar ya vamos tan ensimismados en nuestras cosas que vemos sin ver, porque ya no miramos, ya no nos fijamos, ya no somos capaces ni de reconocer lo más conocido. Así vamos quizá muchas veces por la vida sin sensibilidad, sin ser capaces de ver la cara de aquellos con los que nos encontramos, sin detectar quizá tantos sufrimientos o soledades que se cruzan en nuestro camino en esos rostros que ya no vemos.
Jesús atravesó Jericó y no podemos decir que era una vez más. En muchas ocasiones En su subida a Jerusalén desde Galilea habría hecho aquel mismo camino pues era normal bajar por el valle del Jordán para subir luego desde Jericó hasta Jerusalén. Pero Jesús no lleva los ojos cerrados, Jesús siempre va buscando el encuentro con los demás y se detiene en el camino cuantas veces sea necesario. Lo había hecho con aquellos ciegos que allí a las afueras de Jericó estaban al borde del camino; de alguno llegamos incluso a conocer su nombre, Bartimeo.
Mucha gente habría en aquella mañana en la calle de Jericó, porque alguien que quería ver pasar a Jesús y no podía a causa del gentío y su baja estatura, se había subido a una higuera pensando ver a Jesús, pero también pasar desapercibido, pues no era bien mirado por sus conciudadanos de Jericó a causa de su profesión. Para todo ellos que estaban allí junto al camino viendo pasar a Jesús, El tendría una mirada como siempre hacia llena de compasión y de amor. El reflejaba siempre en sus gestos el amor de Dios de quien era signo en medio de los hombres.
Con esa mirada se había detenido junto a la higuera donde se había ocultado Zaqueo tras sus ramaje. Jesús sabia que estaba allí y allí había ido a buscarle. No era Zaqueo el que tuviera más interés por conocer a Jesús, sino que era Jesús el que quería fijarse en Zaqueo, quien buscaba a Zaqueo. ‘Baja de ahí, quiero hospedarme en tu casa’, fueron las palabras de Jesús.
Ya sabemos todo lo que sucedió, porque muchas veces hemos meditado y comentado este acontecimiento. Con gozo lo recibió en su casa pero es que aquel fue día de salvación. Todo cambio en el corazón de Zaqueo desde que Jesús se había fijado en él. Ya conocemos su determinación de cambiar, de devolver, de compartir generosamente con todos. La presencia de Jesús había transformado su vida. ‘Hoy ha llegado la salvación a este hijo de Israel’, diría Jesús.
Pero quería detergerme un momento en esta reflexión en esa mirada de Jesús, en esa determinación de Jesús de detenerse ante la higuera, ese no pasar desapercibido para Jesús quien estaba oculto entre el ramaje de la higuera, porque Jesús siempre nos ve, porque Jesús nos está enseñando a llevar los ojos abiertos por la vida. Quizá también esa mirada nuestra para fijarnos en aquel con quien nos cruzamos pudiera ser un camino de salvación para esa persona.
Esa mirada sensible para darnos cuenta donde está el sufrimiento, donde se encuentro un hombre solo, donde hay quizá hambre de Dios pero que necesita que alguien llegue a su vida como un signo de ese amor de Dios, es como tenemos que aprender a ir por la vida.
No cerremos los ojos, porque podemos ser signos de salvación para los demás si somos capaces de detenernos ante su higuera, la higuera de su soledad, de sus buenos deseos que no sabe como realizarlos, la higuera de una esperanza quizás que se encuentre un poco enterrada, la higuera de sus sufrimientos, la higuera de su yo solitario que va dando vueltas por la vida y necesita que alguien se detenga a su lado. Con nosotros pudiera llegar también la salvación de Dios a su casa, a su vida.

lunes, 20 de noviembre de 2017

De nosotros depende que muchos puedan llegar a encontrar la luz de Jesús y no podemos seguir dejándolos al borde del camino.

De nosotros depende que muchos puedan llegar a encontrar la luz de Jesús y no podemos seguir dejándolos al borde del camino.

1Macabeos 1,10-15.41-43.54-57.62-64; Sal 118; Lucas 18,35-43

Muchas veces decimos que la vida es un camino. Caminamos buscando metas; caminamos queriendo llegar a ser algo; caminamos buscando muchas veces no sabemos bien lo que buscamos; caminamos porque tenemos unos objetivos en la vida que queremos conseguir, unos planes que realizar para nosotros mismos o para aquellos que nos interesan, serán los hijos, será la familia, serán aquellas personas allegadas a nosotros por quienes sentimos como algo especial; caminamos pretendiendo darle un valor, una trascendencia a aquello que hacemos; no queremos quedarnos fuera del camino que nos da un rumbo, que nos da un sentido, que le da un valor a nuestra vida.
Pero bien nos encontramos a tantos que van sin rumbo, que quizá no tienen altas metas, que no saben por lo que luchar, y quizá se arrinconan a un lado porque quizá no ven un sentido, no ven por que hacer un camino. Claro que nos encontramos a quienes, quizá en nuestras prisas o en nuestra ambición por pensar solo en nosotros mismos o a lo mas en aquellos que más nos interesan, vamos dejando al borde del camino y no queremos pensar en ellos, no queremos que nos importunen o pudieran convertirse en una traba para nuestro propio camino o nuestras ansiadas metas personales. Aislamos, despreciamos quizá, discriminamos porque los vemos que andan a oscuras y no somos quizá capaces de ofrecerles un poco de luz, tan interesados como estamos en nuestras propias cosas.
Hoy nos habla el evangelio de Bartimeo, el ciego que estaba al borde del camino. Su vida estaba en sombras, sus ojos se habían cegado y la pobreza envolvía su existencia. No podía hacer camino si alguien no le ayudaba, y todos seguían su paso por el camino. Pero viene alguien que se va a detener junto a él. Bartimeo escucha el barullo del grupo que se acerca y pregunta qué es lo que pasa, quién es el que pasa. Cuando le dicen que es Jesús de Nazaret se pone a gritar, tanto que a algunos les molestan aquellos gritos y quieren hacerlo callar. Cuántas veces pasa algo así en la vida, nos pasa a nosotros.
Pero Jesús se detiene, piden que lo traigan. Ahora alguien le ayudará a llegar hasta Jesús. De un salto, despojándose de su manto, es llevado ante Jesús. ‘El Maestro te llama’, le dicen. Y se establece el diálogo. ‘¿Qué quieres que haga por ti?... Señor, que pueda ver...’ Y el milagro se produce. Sus ojos se llenarán de luz, pero  no serán solo sus ojos. Su vida ha comenzado a cambiar, da saltos de alegría alabando a Dios y ahora quiere ponerse a caminar también en pos de Jesús.
Estaba a oscuras y supo escuchar, supo descubrir que Jesús pasaba por su lado y la oportunidad había que aprovecharla. Aunque algunos quieren hacerlo callar sin embargo habrá otros que le ayuden, le dirán que es Jesús el que pasa, le trasmitirán el mensaje de Jesús que quiere que llegue hasta El, le ayudarán a dar esos pasos necesarios para acercarse a Jesús. Cuántas sugerencias para lo que podemos hacer en la vida.
Por supuesto que no podemos ser obstáculo, pero es que podemos hacer algo más. Saber descubrir a quienes están al borde del camino en la vida, hacer un anuncio; llegar lejos a tantos que andan desorientados sin saber qué camino hacer; llegar a las periferias, como nos está repitiendo continuamente el Papa; ponernos en camino de salido para ir al encuentro de los demás con el mensaje, como nos está pidiendo ahora la Iglesia.
De nosotros depende que muchos puedan llegar a encontrar la luz de Jesús. No podemos seguir dejándolos al borde del camino.

domingo, 19 de noviembre de 2017

De lo que tú contribuyas con eso que llamas tu pequeño talento quizás puede estar dependiendo el bienestar de una persona y su desarrollo, el que viva en un mundo mejor con menos sufrimientos

De lo que tú contribuyas con eso que llamas tu pequeño talento quizás puede estar dependiendo el bienestar de una persona y su desarrollo, el que viva en un mundo mejor con menos sufrimientos

Proverbios 31, 10-13. 19-20. 30-31; Sal 127; 1Tesalonicenses 5, 1-6; Mateo 25, 14-30

No importa tanto la cantidad que tengamos como el valor que le demos a lo que tenemos. Miramos a los demás y nos parece que son tantas las cosas que tienen en comparación con lo que a nosotros nos parece nuestra pobreza.
Esto lo podemos pensar en los aspectos más materiales de la vida, como en referencia a los valores, a las cualidades, a los dones naturales que nos parece que otros tienen; nosotros quizá nos vemos pobres, nos parece que nosotros no valemos nada en comparación con lo que los otros son, nos sentimos empequeñecidos y tenemos la tentación se anularnos, de sentir que no valemos nada, que con lo que somos no merece la pena luchar porque poco o nada vamos a conseguir y tenemos el peligro de tirar la toalla. Las comparaciones son odiosas por crean en nosotros desconfianzas, envidias, orgullos en nuestro interior que nos hace sentirnos dolidos, y terminamos que dándonos poco valor.
Tenemos que aprender a descubrir el valor de lo que somos o tenemos; quizá somos un diamante en bruto que cuando lo lleguemos a pulir debidamente va a salir una preciosa joya, aunque antes solo nos pareciera un trozo de carbón terroso; quizá tenemos en nuestras manos esa joya de nuestra vida que no hemos sabido desenterrar, que no hemos aprendido a valorar, que en nuestra torpeza nos hace sentirnos inútiles y nos arrimamos a un lado en la vida porque como no valemos damos paso a otros cuando nosotros podríamos ser capaces de hacer mucho más.
En una falsa humildad nos sentimos inútiles y terminamos enterrando con miedo lo que somos que quizá pueden ser grandes valores. Que importante es que en la educación, quienes tienen esa misión, ayuden a descubrir al educando todos sus valores y aprendan a darle la importancia que tienen sus vidas. Cuántas personas quizá ya en el ocaso de su vida llegaron a descubrir todo lo que valían y no habían desarrollado y ahora se lamentan porque no contribuyeron a la sociedad con todos los valores que encerraban y que se habían mantenido ocultos.
Me estoy haciendo estas consideraciones al hilo de la parábola que hoy nos propone Jesús en el evangelio. La conocemos como la parábola de los talentos. Aquel señor que al irse de viaje confió a sus empleados diversa cantidad de talentos con la misión que los trabajaran o negociaran en su ausencia para recoger luego el fruto de aquellos trabajos. Fue el tercero, el que recibió menor cantidad de talentos, solo uno frente a los cinco o los diez que recibieron sus compañeros, el que lo enterró por miedo a que se perdiera, para luego devolvérselo intacto al regreso de su amo.
Tuve miedo, decía, y por eso no me atreví a hacer nada. Como veníamos reflexionando es lo que nos puede pasar a nosotros que nos parece o nos vemos infravalorados y por eso terminando no haciendo nada; tememos a arriesgarnos, nos puede salir mal, nosotros no valemos, nos decimos tantas veces. Hoy se habla mucho de la autoestima, pero démosle el nombre que le queramos dar, aprendamos a valorar lo que en verdad somos.
Algunos dicen la vida es una aventura, yo no lo diría de esa manera, pero en la vida tenemos que saber ser valientes, audaces, sentir curiosidad por nosotros mismos para descubrirnos y para conocernos, ser capaces de lanzarnos adelante con lo que somos, con lo que valemos, que somos capaces de hacer muchas cosas. Y es que nuestro grano de arena, aunque sea pequeño, forma parte de la riqueza y de la belleza del conjunto.
Son las responsabilidades que todos tenemos en la vida. No todos somos iguales, es cierto, no todos tenemos los mismos valores, pero precisamente en esa diversidad está la riqueza, ahí está lo que le da belleza al conjunto.
Y esto lo podemos ver desde el descubrimiento y desarrollo de nuestro yo personal que encerramos una semilla capaz de dar grandes frutos en nuestra madurez humana y espiritual, como lo vemos, tenemos que verlo, en el lugar que ocupamos en la sociedad y en la Iglesia.
Nadie se puede desentender; nadie se puede considerar inútil ni incapaz; todos tenemos que aportar desde lo que somos y contribuir a la mejora de nuestra sociedad en relaciones humanas, en el desarrollo de las personas, en un bienestar para todos, en esa paz y esa armonía que entre todos hemos de conseguir, en esa lucha por la justicia, por los derechos y los valores de toda persona, en lograr que haya mas humanidad entre todos, en que logremos que desde nuestra solidaridad vayamos desterrando todo lo que pueda hacer sufrir a alguna persona de nuestro entorno o de nuestro mundo. De lo que tú contribuyas quizá puede estar dependiendo el bienestar de una persona, su desarrollo, el que viva en un mundo mejor con menos sufrimientos.
Y es lo que como creyentes y miembros de una comunidad eclesial tenemos que hacer para que se haga más presente en nuestro mundo el Evangelio y el Reino de Dios. En esa comunidad que es la Iglesia todos somos piedras valiosas que mucho podemos y tenemos que hacer en bien de la Iglesia, en el anuncio del evangelio, y en mejorar nuestro mundo desde lo que son los valores que vivimos desde el evangelio.
Descubramos nuestro lugar, el aporte que cada uno de nosotros puede hacer, sintamos el compromiso de la evangelización de nuestro mundo, vivamos nuestro ser iglesia como el mejor tesoro y la mayor alegría para nuestras vidas. El gozo del evangelio nunca se puede apagar en nuestro corazón.

sábado, 18 de noviembre de 2017

Como creyentes ponemos toda nuestra confianza en Dios que se nos manifiesta en la rectitud de tantos que hacen el bien y que le dan sentido de humanidad a nuestro mundo

Como creyentes ponemos toda nuestra confianza en Dios que se nos manifiesta en la rectitud de tantos que hacen el bien y que le dan sentido de humanidad a nuestro mundo

Sabiduría 18,14-16; 19,6-9; Sal 104; Lucas 18,1-8
La parábola que nos propone Jesús, como nos dice el evangelista, tenía una intención muy clara; quería enseñar a sus discípulos a tener esperanza y confianza en la oración, porque a quien oramos es a un Dios que es nuestro Padre. Pero en las palabras de Jesús podemos encontrar mucho más.  Como se suele decir en expresión muy del pueblo llano no da puntada sin hilo.
Pero tal como sucede en las parábolas Jesús parte de situaciones humanas que Vivian los hombres de su tiempo, muy semejantes en muchas ocasiones a las que nosotros seguimos viviendo hoy. Se trata de una mujer que pide justicia para la situación en la que vive; pero a quien acude es a un juez, que precisamente no parece que brille por la justicia y la imparcialidad. Se trataba de un juez que ni temía a Dios ni sentía ningún respeto por los hombres, por las personas. La imagen es muy dura.
No es solo ya que no temiera a Dios, lo que era inconcebible en un pueblo creyente como era el pueblo judío que centraba toda la historia de su vida y de su existencia en Dios, sino que además no sentía ningún respeto por las personas. ¿Cuál era su justicia?, nos podríamos preguntar. No es que toda la humanidad sea así pero está haciéndonos un retrato de situaciones en las que nos podemos encontrar. No todo el mundo es malo, tampoco podemos decir que los que no sean creyentes no vivan una honradez y una rectitud en su vida con unos principios y también con unos valores.
El respeto por la persona, por toda persona sería algo que, digámoslo así, esta como inscrito o grabado en lo más hondo de todo ser humano. La humanidad en la que creemos todos los hombres, aunque luego tengamos diversos y dispares planteamientos, se basa en ese respeto del  hombre, en ese respeto de toda persona.
Aunque luego podamos encontrarnos quien se haya dejado meter en su corazón tal maldad desde sus orgullos o sus ambiciones que no solo no respete a toda persona, sino que en su injusticia y maldad le hace daño, pretende destruir a quien pueda estar en posiciones enfrentadas a él, y prevalezca su egoísmo y la insolidaridad.
Pero como ya hemos reflexionado más de una vez no nos tenemos que sentir aturdidos por el mal que contemplemos en el mundo que nos rodea. Aunque es una realidad no significa que todo el mundo sea así; algunas veces nos ponemos pesimistas y nos parece verlo todo negro.
Pero hemos de saber descubrir las buenas luces que también brillan; donde menos lo pensamos hay una persona de bien, que busca lo bueno, que quiere ser honrada, que evita hacer daño a los demás, que busca también la justicia, aunque quizá en todas las cosas no piense como nosotros. Pero esas luces pequeñas o grandes que podamos descubrir con buenos ojos nos llenan de esperanza.
Como creyentes que ponemos nuestra esperanza en Dios, sabemos que Dios actúa también en esas personas, a través de esas cosas buenas que en la rectitud de sus vidas quieren también hacer. Como creyentes vemos en ellas también la acción de Dios. Por eso, como nos invita la parábola que hoy nos propone Jesús, hemos de tener esperanza, poner toda nuestra confianza en Dios que el Señor se manifestará a nuestro lado a través también de esas circunstancias de la vida.
Hemos de tener esperanza y por eso también oramos a Dios de que el bien prevalezca y brille, que los corazones de los hombres se pueden ablandar, que la buena semilla un día producirá sus frutos, que la bondad de tantos corazones buenos puede contagiar también a los demás, que entre todos podemos hacer que haya verdadera humanidad y nuestro mundo sea cada vez mejor.
Oramos y oramos con confianza; oramos perseverantes en nuestra oración; oramos a Dios que es nuestro Padre y siempre nos atenderá y nos mostrará su gracia.

viernes, 17 de noviembre de 2017

Ante lo que nos sucede o nos puede suceder no valen ni fatalismos ni estoicismos, ni desesperanzas ni abandono de obligaciones sino vigilancia en la responsabilidad y esperanza ante la vida futura

Ante lo que nos sucede o nos puede suceder no valen ni fatalismos ni estoicismos, ni desesperanzas ni abandono de obligaciones sino vigilancia en la responsabilidad y esperanza ante la vida futura

Sabiduría 13,1-9; Sal 18; Lucas 17,26-37

Comían, bebían, compraban, vendían, sembraban, construían…’ así refería Jesús lo que era la vida ordinaria de la gente y pone dos situaciones distintas. Les recuerda los tiempos de Noe con el diluvio universal, y los tiempos de Lot y la destrucción de las ciudades de Sodoma y Gomorra.  La vida transcurría con normalidad, hacían lo que se hace todos los días y en todos los tiempos y vinieron aquellas catástrofes del cielo, ya fueran aquellas lluvias torrenciales que todo lo inundaron, o aquel fuego bajado del cielo que destruyo aquellas ciudades del valle del Jordán, fuera lo que fuera lo que realmente sucedió.
Como sucede en todos los tiempos, hacemos nuestra vida, comemos, bebemos, compramos, vendemos, trabajamos, construimos, hacemos vida de familia, nos relacionamos con los demás, y nos suceden cosas inesperadas, un terremoto, unas inundaciones, un volcán que todo lo destruye… Noticias de este tiempo escuchamos continuamente. ¿Significa eso que hemos de vivir la vida con un fatalismo al que no nos podemos oponer? ¿Nos desesperamos o vivimos estoicamente aguantando lo que venga por que nada podemos hacer? ¿Dejamos de cumplir con lo que es nuestra vida porque quizá en algún momento nos pueda sobrevenir algún tipo de calamidad o catástrofe? ¿Vivimos con miedo o sin sentido porque no sabemos como ni cuando va a ser el final de todo?
No es eso lo que nos quiere decir Jesús. Ni fatalidades ni estoicismos. No nos puede abrumar la desesperanza de ninguna manera. Tampoco nos vale abandonar nuestras obligaciones porque las cosas pueden suceder de manera inminente. Es una tentación que se puede tener como se ha tenido en todos los tiempos y así han surgido formas de pensamiento y sentidos o sin sentidos de la vida. Ya san Pablo advierte a los cristianos de Tesalónica que no se podía abandonar las obligaciones; había corrido el pensamiento de que la segunda venida del Señor era inminente y ya algunos se dedicaron a vivir sin trabajar. Es cuando san Pablo les deja aquella sentencia de que ‘el que no trabaja que no coma’.
Jesús quiere invitarnos a la esperanza y a la vigilancia. Tienen las palabras de Jesús también un sentido escatológico de hablarnos del final de los tiempos, pero quiere advertirnos también de la responsabilidad con que hemos de vivir el momento presente. Hay unas obligaciones y responsabilidades con la vida que no podemos abandonar. Pero no olvidamos que todo esto terreno tiene un final pero que vivimos con trascendencia cada uno de los momentos de la vida con sus responsabilidades y esperamos una vida sin fin, un más allá, digámoslo así, que nos habla de vida eterna en el encuentro definitivo con el Señor.
Vigilancia, atención al momento presente y al futuro que ha de venir, responsabilidad en la vida pero trascendencia en lo que hacemos, esperanza de una plenitud que un día en Dios hemos de encontrar, y prepararnos para ese momento del encuentro definitivo con el Señor que queremos que sea siempre para vida y para salvación.
En estos momentos finales del año litúrgico tendremos oportunidad de seguir abundando en nuestra reflexión con el tema.

jueves, 16 de noviembre de 2017

No todo es negro en la vida de nuestro mundo sino seamos capaces de ver que hay muchos corazones buenos que van creando una nueva humanidad

No todo es negro en la vida de nuestro mundo sino seamos capaces de ver que hay muchos corazones buenos que van creando una nueva humanidad

Sabiduría 7, 22 – 8,1; Sal 118; Lucas 17, 20-25

Pero ¿es que esto no va nunca a cambiar? ¿Tenemos que seguir siempre así con la vida tan llena de sombras? Parece que nunca va a prevalecer lo bueno, que nunca vamos a lograr que nuestro mundo sea mejor. Ansiamos y deseamos desde lo más hondo de nosotros mismos que las cosas sean distintas, que las relaciones entre las personas sean más humanas, que no tengamos que estar sufriendo tantas violencias, que desaparezcan todas esas corruptelas y maldades que observamos a nuestro alrededor y que algunas veces nos manchan a nosotros también, que no sigan siendo los ambiciosos del poder los que se adueñen de todo y manipulen a su antojo los hilos y resortes de nuestra sociedad.
Hay gente inquieta tenemos que reconocer, surgen por acá y por allá grupos insatisfechos que querrían cambiar todo de un plumazo, pero se ven muchas veces impotentes y hasta tienen el peligro de verse salpicados por esa maldad que ronda a nuestro alrededor. Se quieren poner normas y leyes; se quiere cambiar el rumbo de la sociedad porque nos parece que nada de lo que teníamos nos vale, porque por sus frutos los conoceréis. Y se siente cierta frustración porque las esperanzas que tenemos puestas en querer hacer que las cosas sean mejor no se ven cumplidas.
Son los descontentos que se aprecian en la sociedad y de lo que también hemos de reconocer algunos tratan de aprovecharse. Y no es meternos en política en el sentido de partidismos sino en querer buscar el bien de la sociedad, lo mejor para nuestra sociedad. ¿Qué hacer? ¿Sucede todo esto solo en nuestro tiempo o es historia repetida a través de los tiempos?
En el momento histórico de Jesús también se vivían en la sociedad situaciones así. El pueblo judío estaba descontento porque se veían oprimidos y sin libertad bajo el dominio de los romanos y ellos siempre habían tenido la esperanza de un Mesías liberador que dada la situación que vivían lo convertían demasiado en un caudillo guerrero que hiciera una liberación en un sentido político también.
Vivían la esperanza de un Mesías anunciado por los profetas y que vislumbraban que llegaba el tiempo de su venida. Ahora se preguntan si no es Jesús ese Mesías esperado cuando El tanto les habla del Reino de Dios y de una nueva forma de vivir donde habría de prevalecer el amor y la paz. Por eso se preguntan si ya es el tiempo de ese Reino de Dios que Jesús anuncia. Son los fariseos los que vienen ahora a preguntarle cuando iba a llegar el Reino de Dios.
La respuesta de Jesús es contundente. El Reino de Dios no va a llegar de forma espectacular ni de la manera que ellos se están imaginando. ‘Mirad, el Reino de Dios está dentro de vosotros’. ¿Qué significará lo que Jesús les está diciendo? El Reino de Dios no llega desde meras imposiciones externas, porque hagamos unas guerras o impongamos unas leyes. El Reino de Dios hemos de comenzar a vivirlo dentro de nosotros. Si en nuestro corazón no aparecen esas características de las que Jesús nos ha venido hablando a lo largo de todo el evangelio, significa que el Reino de Dios no ha llegado a nuestra vida.
Hemos de comenzar por decir que son nuestros corazones los que tienen que cambiar, nuestras posturas y actitudes tienen que transformarse; hemos de comenzar a pensar y a vivir de una forma nueva; nuestra manera de relacionarnos con los demás, de tratar con todas las personas tiene que ser diferente; la paz no será algo externo e impuesto sino que hemos de sentirla dentro de nuestro corazón porque desterremos resentimientos y rencillas, porque hagamos desaparecer el odio  y la malquerencia de nuestro corazón, porque comenzamos a ser más solidarios los unos con los otros, porque nos amamos más, porque nos respetamos y valoramos mutuamente y las envidias y los celos ya no nos reconcomen por dentro.
Comenzaremos a vivir el sentido del Reino de Dios e iremos contagiando a cuantos están a nuestro lado de todos esos valores. Descubriremos las cosas buenas que hay en los demás y veremos que también hay muchos que viven con esa inquietud en el corazón; nos daremos cuenta de que hay muchas personas buenas y no es el mal el que prevalece, sino que hay muchos que van sembrando en sus familias, en sus ambientes, en su trabajo, en la sociedad en que viven buenas semillas que un día darán fruto.
A pesar de las sombras veremos también que hay mucha luz y que también van cambiando muchas cosas, aunque cueste y sea una lucha de amor continua la que tenemos que ir realizando. Tengamos esperanza, vivamos en esperanza, llenemos de la luz de la esperanza a nuestro mundo para que no caigamos en el desaliento. Seamos positivos en la vida.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

No olvidemos poner con verdadera nobleza de corazón en nuestra oración de cada día los sentimientos de gratitud a Dios por cuando de El recibimos

No olvidemos poner con verdadera nobleza de corazón en nuestra oración de cada día los sentimientos de gratitud a Dios por cuando de El recibimos

Sabiduría 6,2-12; Sal 81; Lucas 17,11-19

Se cree que se lo merece todo, pensamos de aquel que nunca sabe dar las gracias. Y hay gente así, es cierto. Aunque de pequeñitos siempre nos enseñaron a decir gracias cuando recibíamos alguna cosa de alguien, sin embargo son costumbres que se pierden, pero cuando vemos a alguien que sabe ser agradecido valoramos su nobleza y también su sencillez y humildad para reconocer que aquello que le ofrecieron no lo merece, pero lo sabe recibir agradecido. Es de corazones nobles el ser agradecido. Y aparte lo que podríamos llamar mala educación podríamos descubrir también corazones orgullos que no sabemos reconocer que no lo tienen todo y que mucho de lo que tienen lo están recibiendo gratuitamente de los demás.
Esto que en las relaciones sociales habituales entre unos y otros lo vemos como lo más normal del mundo tendríamos quizás que plantearnos si en nuestras relaciones con Dios somos igualmente agradecidos. Prontos estamos para pedir desde nuestras necesidades o nuestros problemas, pero cuando recibimos el beneficio de la gracia divina que nos ayuda de alguna manera pronto seguimos corriendo por la vida sin agradecer suficientemente a Dios cuanto de El recibimos.
Si antes hablábamos de nobleza de corazón en nuestras actitudes agradecidas hacia los demás, aquí tendríamos que hablar además del nivel o la calidad de nuestra fe. Y ya no es solo ante cosas, llamémoslas así, extraordinarias que recibamos de Dios cuando le pedimos alguna cosa especial o estamos en alguna situación muy particular, sino es la actitud creyente de quien se siente en las manos de Dios y sabe descubrir su presencia junto a nosotros en el camino de la vida y reconocer la gracia que de mil maneras reparte sobre nosotros.
Cuánto tendríamos que agradecer a Dios desde el donde la vida que de El recibimos. La lista seria haría interminable. Y reconocer el don de su salvación que nos regala en Jesús. Es cierto que el acto de culto central de la vida del cristiano es Acción de Gracias, es Eucaristía y que toda la oración litúrgica está transida de esos sentimientos de gratitud a Dios, pero sí podemos pensar en que la actitud profunda que llevamos en el corazón cuando estamos participando en la celebración de la Eucaristía no sea precisamente la acción de gracias.
Vamos quizá más ansiosos por nuestros problemas y necesidades, por pedir por los nuestros o pedir por la realidad del mundo en que vivimos, todo lo cual es bueno y hermoso, pero la acción de gracias aunque esté muy presente en las palabras litúrgicas pudiera estar muy ausente de lo que sentimos en nuestro corazón. Tenemos que saber rescatar en nuestra oración esa parte de la acción de gracias, por cuanto en Cristo Jesús recibimos en orden a nuestra salvación, uniendo también todos esos motivos principales que podamos tener para nuestra personal acción de gracias.
Es lo que nos está señalando el evangelio que hoy se nos propone. Diez leprosos que allá al borde del camino piden a Jesús que tenga compasión de ellos y Jesús que les manda a presentarse a los sacerdotes siguiendo lo establecido en la costumbre judía, para una vez curados poder volver a encontrarse con los suyos. Felices corren todos sintiendo la alegría de su curación, pero solo uno es el que se volverá hasta Jesús para postrarse ante El reconociendo cuanto de Jesús ha recibido y en su acción de gracias dar gloria a Dios.
‘¿Los otros nueve donde están?’ se pregunta Jesús. ¿Seremos acaso nosotros del grupo de esos nueve que aunque contentos por los beneficios recibidos sin embargo no sabemos volvernos a Dios para darle gracias por cuanto de El recibimos cada día? En la nobleza de nuestro corazón pongamos ese sentimiento de gratitud a Dios en nuestra oración de cada día.

martes, 14 de noviembre de 2017

Somos los hijos que buscamos siempre la gloria del Señor cuando hacemos su voluntad y cuando nuestra vida la convertimos en un servicio para el bien de los demás

Somos los hijos que buscamos siempre la gloria del Señor cuando hacemos su voluntad y cuando nuestra vida la convertimos en un servicio para el bien de los demás

Sabiduría 2,23-3,9; Sal 33; Lucas 17,7-10
‘Yo soy siempre el tonto, el que siempre tengo que estar pendiente de todo mientras los demás están a la suyas’ Algo así habremos dicho quizá alguna vez o en casa se lo hemos escuchado a la madre cuando en un encuentro, en una reunión familiar allá están todos reunidos, charlando, pasándolo bien, esperando quizás que la comida ya esté lista, mientras nosotros, o como decíamos quizá la madre u otra persona siempre dispuesta al servicio, estamos preocupándonos que todo salga bien, que todo esté a punto.
Creo que entendemos la imagen o el ejemplo que trato de reflejar. Nos sentimos quizá medio de mal humor porque no podemos estar nosotros en la fiesta – digámoslo así, o tenemos la tentación de ello – pero cuando todo termina nos sentimos satisfechos de que todo haya salido bien, que las cosas estén bien preparadas y alguien habrá quizás que nos lo valore o nos lo tenga en cuenta.
En el fondo sentimos la satisfacción del servicio que realizamos, nos lo hemos tomado como una responsabilidad y nos sentimos bien. En nosotros hay con toda seguridad un buen corazón, un buen deseo de ayudar, un espíritu de servicio y lo hacemos por la satisfacción de lo bueno que realizamos y porque nos sentimos felices cuando podemos contribuir a la felicidad de los demás.
¿Por qué hacemos las cosas? ¿esperando quizá una recompensa o una alabanza? Es cierto que nos halaga que nos reconozcan las cosas, pero también en nuestra responsabilidad sabemos ser humildes, para considera que simplemente estamos haciendo lo que teníamos que hacer.
De alguna manera esto es lo que nos quiere decir hoy Jesús en el evangelio. Es cierto que nos propone unas imágenes que quizás en nuestro tiempo nos sean más difíciles entenderlas porque al hablar de siervos y de trabajadores habla con el lenguaje y las costumbres de su tiempo. Es cierto también que ante Dios no nos consideramos siervos sino hijos, porque así ha querido El regalarnos con su amor. Somos sus criaturas, porque sabemos que El nos ha creado y la vida la recibimos de El, pero al mismo tiempo sentimos en nosotros la fuerza de su espíritu que nos hace hijos. ‘Mirad que amor nos tiene el Padre que nos llama hijos, y en verdad lo somos’, que nos decía Juan en sus cartas.
En nuestra humildad nos sentimos pequeños ante Dios, pero en el fondo del corazón sentimos que Dios nos ama y que nos mira no como siervos sino como amigos. Jesús les decía a los discípulos en la última cena que no los llamaba siervos sino amigos, porque les había revelado todo lo que el Padre le había manifestado.
En el fondo de nuestro corazón lo que siempre buscamos es la gloria de Dios. ‘Santificado sea tu nombre’, le decimos cada día cuando rezamos el padrenuestro y eso no es otra cosa que manifestar como queremos siempre la gloria de Dios. ‘Tuyo es el poder y la gloria’, que decimos también en la Eucaristía. Y buscamos la gloria del Señor haciendo su voluntad; y buscamos la gloria del Señor  haciendo que todos puedan conocer su nombre; y buscamos la gloria del Señor cuando buscamos el bien del hombre y nuestra vida se deja conducir siempre por los caminos del amor.

lunes, 13 de noviembre de 2017

Grande y hermosa es la tarea de nuestra vida cristiana pero pedimos una y otra vez que crezca nuestra fe para confiar en la fuerza de la gracia de Dios que está con nosotros

Grande y hermosa es la tarea de nuestra vida cristiana pero pedimos una y otra vez que crezca nuestra fe para confiar en la fuerza de la gracia de Dios que está con nosotros

Sabiduría 1,1-7; Sal 138; Lucas 17,1-6
Cuando los discípulos vieron todo lo que les estaba diciendo Jesús por una parte de la rectitud con que habían de actuar siempre de manera que nunca se hiciera daño a nadie, y por otra parte las actitudes de comprensión que siempre hemos de tener con los demás, reaccionaron como quien ve las cosas difíciles o poco menos que imposibles, y solo le pidieron que les aumentara la fe.
Algunas veces parece que las cosas nos superan; nos cuesta abarcar todo lo que quisiéramos y no solo en todas las cosas que vemos que tendríamos que hacer, sino en las actitudes personales que hemos de tener, los comportamientos correctos sobre todo viendo cuantas cosas se nos ponen en contra y que no podemos avanzar como quisiéramos en la vida.
Es un continuo camino de superación el que tenemos que emprender. Ascesis lo llamaban los maestros de la espiritualidad, porque es un camino de crecimiento, de purificación, de aprender a fortalecernos de verdad para continuar con la tarea de cada día. Poco a poco notaremos ese crecimiento, pero al mismo tiempo nos damos cuenta que ese crecimiento no lo podemos dar por concluido porque siempre habrá una actitud nueva que aprender, una cosa que corregir que nos salio ahí en la vida como un divieso bien molesto.
Es la semilla que se planta, pero que no dejamos a su aire, sino que le proporcionaremos la humedad y calor necesarios para que pueda germinar y en la medida que aquella planta que ha brotado va creciendo tenemos que cuidarla, evitar malas hierbas en su entorno que la ahoguen, fertilizarla lo necesario para que tenga vida y pueda crecer para dar fruto, eliminar podando aquellos ramos superfluos que se pueden comer la fuerza de la planta, evitar que sea dañada con las plagas de insectos que puedan atacarla. Un cuidado esmerado para que podamos al final recoger nuestros frutos.
Así nuestra vida, ese crecimiento y ese cuidado de su vitalidad, esas podas o purificaciones que necesitamos, ese alimento espiritual que nos haga sentir esa fuerza sobrenatural que nos ayude a caminar o luchar contra las adversidades.
Jesús nos habla de lo terrible que es el dañar la vida de los demás con nuestros malos ejemplos y escándalos, pero nos habla de lo comprensivos y misericordiosos que tenemos que ser siempre con el hermano, hasta perdonarle todo lo que sea necesario aunque en nuestros orgullos heridos nos cueste, pero que van a manifestar nuestra madurez espiritual y humana.
Auméntanos la fe, le pedían los discípulos y le pedimos nosotros también. Tenemos que creer en la fuerza de Dios que está en nosotros con su gracia; esa gracia que nos transforma, esa gracia que nos llena de vida, esa gracia que nos fortalece, esa gracia que también nos trae el perdón tras nuestros errores y pecados. La gracia nos reconforta y nos llena de esperanza, porque a pesar de nuestra debilidad sabemos que el Señor sigue contando con nosotros y nosotros podremos una y otra vez reemprender una vida nueva.
Y nos dice Jesús: Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: Arráncate de raíz y plántate en el mar. Y os obedecería’.