miércoles, 21 de febrero de 2018

Solo los humildes y sencillos de corazón serán capaces de descubrir el misterio de Jesús, caminemos por esos caminos y encontraremos a Dios que nos sale al encuentro en la vida

Solo los humildes y sencillos de corazón serán capaces de descubrir el misterio de Jesús, caminemos por esos caminos y encontraremos a Dios que nos sale al encuentro en la vida

Jonás 3,1-10; Sal 50; Lucas 11,29-32

¿Pedir señales y milagros? Reconozcamos que todos lo hacemos. Queremos que las cosas se nos den hechas y nosotros no tengamos que poner mucho esfuerzo. Algunos lo pueden llamar casualidades, suerte, pero en el fondo estamos deseando el milagrito fácil. Que se nos resuelvan los problemas así por si mismos, que nos toque la lotería o que aunque tengamos que pasar por marejadas y peligros que no nos pase nada. Así andamos muchas veces en las cosas cotidianas de la vida.
Pero para convencernos de algo, queremos razones; es lógico andamos en un mundo racional que tiene sus lógicas, donde tenemos que andar con razonamientos, donde buscamos pruebas poco menos que científicas para todo.
Pero ¿y cuando tenemos que creer en las personas? ¿Cuándo tenemos que aceptar una palabra que nos dicen? ¿Cuándo tratan de darnos un planteamiento, unos principios y valores que pueden afectar a nuestra vida? Queremos que nos lo prueben. Sin embargo hay razones que aunque las tengamos delante de los ojos algunas veces no somos capaces de verlas o no queremos verlas. Y surgen desconfianzas, y decimos que no comulgamos con ruedas de molino, que si ellos creen que somos tontos que vamos a aceptar las cosas así por que sí, porque nos lo digan. Parece que esa sea la tónica de nuestro actuar o de nuestros planteamientos y puede que nos ceguemos.
Cuando entramos en el ámbito de la fe parece que las cosas se nos complican todavía más. O somos unos crédulos, así al menos nos lo echan en cara, y tenemos la fe del carbonero como suele decirse que todo lo aceptamos, nos creemos cualquier cosa extraordinaria que nos digan que sucedió aquí o allá – cómo vamos corriendo tras las cosas asombrosas y los milagritos - o nos volvemos unos incrédulos o unos incordios que siempre le estamos dando vueltas y vueltas al asunto, pidiendo razones y no terminamos de hacer que esa fe afecte y envuelva totalmente nuestra vida. Es complejo todo esto.
Es necesario, sí, una búsqueda intensa y sincera, pero es necesario un dejarnos sorprender por el misterio de Dios que llega a nuestra vida y se nos puede manifestar de muchas maneras; es necesaria una apertura del corazón y confiar. Y aprenderemos a confiar cuando seamos capaces de dejarnos sorprender por el amor, sensibilizar nuestro corazón al amor. Cuando nos falte esa capacidad de amor estamos como encallecidos, y cuando ponemos una costra sobre nuestro espíritu poca cosa podrá penetrar en él.
Es cierto que la vida muchas veces nos endurece por las mismas dificultades que en la vida vamos encontrando, luchas por todas partes, cosas que nos hieren y nos hacen daño, y esas cicatrices nos pueden jugar, es cierto malas pasadas. Hay un bálsamo que tenemos que seguir usando siempre, que es el bálsamo del amor, para que se suavice nuestro corazón, para que aprendamos a valorar la ternura que podamos encontrar, y todo eso  nos irá ayudando a que nos abramos a Dios, y dejemos que el misterio de Dios penetre en nuestra vida.
En el evangelio de hoy vemos la reticencias que tantos tenían ante Jesús y se habían cerrado tanto en si mismos que no eran capaces de ver las obras de amor que Jesús realizaba. Por eso seguían pidiendo signos y más signos y nunca se dejaban convencer por el amor. Solo los humildes y sencillos de corazón serán capaces de descubrir el misterio de Jesús. Ya escuchamos en otro momento como Jesús da gracias al Padre que se revela a los humildes y sencillos de corazón. Caminemos por esos caminos y encontraremos a Dios que nos sale al encuentro en la vida.

martes, 20 de febrero de 2018

Hagamos silencio en el corazón y sintamos siempre la presencia de Dios que nos inunda de amor y así será hermosa nuestra oración

Hagamos silencio en el corazón y sintamos siempre la presencia de Dios que nos inunda de amor y así será hermosa nuestra oración

Isaías 55,10-11; Sal 33; Mateo 6,7-15

Quienes se aman de verdad aunque en ocasiones su palabras se vuelven intensas de amor y romanticismo para expresar su amor, hay momentos sin embargo en que no se necesitan palabras sino solo la presencia, disfrutar de la presencia y con una mirada se dicen cosas que ninguna palabra por muy bella que sea será capaz de expresar. Sentir cerca de ti al amado es una experiencia que te llena del alma y casi  no necesitas nada más.
¿No tendría que ser así cuando nos sentimos en la presencia de Dios? No terminamos de aprender a disfrutar de su presencia; no terminamos de comprender toda la maravilla de su amor. Tenemos que aprender a sentir en silencio su presencia y así disfrutaremos más de su amor; un silencio en Dios que no es agobio sino que es paz, un silencio que nos envuelve pero no  nos anula sino que nos llena de plenitud, porque nos llena de Dios. Saborear en silencio el amor de Dios, sentirnos cogidos de su mano que nos hace llenarnos de seguridad frente a todos los peligros, dejar caer su mirada sobre nuestro corazón que nos impulsa más fuertemente al amor para ponernos en caminos de más amor.
Por eso Jesús nos dice que no necesitamos muchas palabras para hablar con Dios. La oración que nos enseña es concisa, breve, intensa; tenemos que aprender a saborearla. Pero las prisas con que tantas veces la repetimos hacen que no aprendamos a gustar de verdad todo lo que es el amor de Dios y el amor con que tenemos que corresponder y le hacemos perder sentido a la hermosa oración del padrenuestro que nos enseñó Jesús..
Quienes se aman, como decíamos antes, no necesitan muchas palabras, y así cuando están viviendo la intensidad de su amor el tiempo desaparece, las prisas son el peor enemigo. En nuestras prisas para rezar no terminamos de saborear la presencia de Dios. Por ahí tendríamos que comenzar siempre que vamos a la oración. No vamos a repetir unas palabras aprendidas de memoria, vamos a gozar de la presencia de Dios y a disfrutar de su amor.
Los discípulos contemplaban a Jesús en la oración y le piden que les enseñe a orar. No uséis muchas palabras, les dice Jesús. El amor de Dios sabe lo que necesitamos. Aprendamos a ponernos en su presencia, a hacer silencio en nuestro corazón para sentir el latido del amor de Dios. Dejemos que nuestro corazón se inunde de su amor y fluirán nuestras palabras, saldrán a flote los mejores sentimientos, querremos sentirnos para siempre unidos a su amor.
Nos sentiremos entonces fuertes, es la gracia del Señor; es su amor que nos da fuerza y nos hace invencibles en la tentación y en el peligro; nos sentiremos llamados a amar y amar siempre, amar a todos, desaparecen resentimientos, se resquebraja la insolidaridad o el orgullo, nos derretimos en ternura, nos sentiremos transformados por la misericordia y la compasión para así serlo siempre con los demás.
Hagamos silencio en el corazón y sintamos siempre la presencia de Dios que nos inunda de amor.

lunes, 19 de febrero de 2018

La santidad a la que somos llamados es reconociendo el amor que Dios nos tiene ponernos a hacer nosotros caminos de amor que nos llenan de plenitud

La santidad a la que somos llamados es reconociendo el amor que Dios nos tiene ponernos a hacer nosotros caminos de amor que nos llenan de plenitud

Levítico 19,1-2.11-18; Sal 18;  Mateo 25,31-46

‘Habla a la asamblea de los hijos de Israel y diles: "Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo’. Así escuchamos hoy en el libro del Levítico. Quizá sea una expresión que hoy no entre en los parámetros de la mayoría de la gente que nos rodea, la gente del mundo de hoy y no sea bien entendida. No entra en la manera de pensar de la mayoría de la gente, incluso entre los que nos decimos creyentes, no solo porque no entra entre las metas de la mayor parte de las personas, sino porque incluso no es realmente entendida. Para muchos se queda en esa imagen o escultura colocada en una hornacina para la veneración o incluso para la adoración según el entender de algunos. ¿Ser santo para que me coloquen ahí inmóvil en una hornacina? Esta forma de entender no atrae ni se entiende.
Incluso, como decíamos para los que nos llamamos creyentes e incluso cristianos nos parece algo muy lejano, acaso de otro tiempo, porque ya me contento con intentar ser bueno, no querer hacerle daño a nadie de una forma intencionado, y portarme bien con los que se portan bien conmigo. Hoy no se puede ser santo, nos decimos. Parece, hemos de reconocerlo, una forma muy raquítica de vivir nuestra religiosidad y nuestra manera de entender lo de ser cristiano. Pero hemos de reconocer que por ahí andamos, son muchos, muchísimos, los que no llegan más allá de esa forma de entender su cristianismo, y se consideran cristianos de toda la vida y nadie es mas creyente que ellos.
Sin embargo, tenemos que decir que ahí está el mandato del Señor que sigue siendo actual y que en el hoy de nuestra vida tenemos que seguir escuchando y dándole respuesta. Es lo que tenemos que interiorizar de verdad en este camino de desierto, de silencio interior, como decíamos ayer, de cuaresma que estamos iniciando. Por eso casi en el pórtico de este camino aparece claro este mensaje.
¿Qué significa ser santo? Es un camino de plenitud, donde nos sentiremos realizados plenamente. No es camino de anularnos sino de plenificarnos. Dios siempre nos conduce por caminos de plenitud porque el Creador siempre quiere el bien del hombre, de la persona. En el amor de Dios nos sentimos en plenitud; en el amor de Dios nos sentimos grandes. La persona que se siente amada se siente feliz, siente la paz en su interior, se siente impulsada a amar con el mismo amor. Por eso siempre el primer paso será reconocer ese amor que sentimos, ese amor de Dios que se derrama inmensamente sobre nosotros.
Y así comenzaremos a amar con un amor semejante. El amor no nos encierra sino que nos abre horizontes, nos abre a los demás, a querer siempre el bien, lo bueno, lo justo no solo para si sino para los demás. Por ahí va todo lo que nos señala el texto sagrado. No son mandatos por mandatos, sino pautas de ese camino de amor que hemos de seguir.
Es lo que nos señala Jesús también en el evangelio. En el atardecer de la vida vamos a ser examinados de amor, como expresaría bellamente san Juan de la Cruz. Es de lo que nos está hablando Jesús cuando nos habla del juicio final hoy en el evangelio. ¿Te sentiste amado por el amor de Dios Padre? ¿Has amado de la misma manera? Pero ese amor ha de hacerse concreto, no son solo palabras bonitas, palabras llenas de poesía y romanticismo; el amor se traduce en las obras que realizamos con los demás. Es lo concreto que nos dice hoy Jesús.
Por eso nos dice Jesús que cuando hemos estado haciendo el bien a los demás estábamos mostrando el amor que le teníamos a El. Lo que hicisteis con uno de estos humildes hermanos conmigo lo hicisteis, nos dice Jesús. Ese es el camino de la santidad que hemos de vivir. No es quedarnos en una imagen hierática e inmóvil en una hornacina, sino desde ese amor de Dios que sentimos ponernos a hacer caminos de amor.

domingo, 18 de febrero de 2018

Emprendamos el camino, vayamos a ese desierto, busquemos esa soledad y ese silencio para que solo nos llenemos de Dios y podamos vivir esa libertad interior

Emprendamos el camino, vayamos a ese desierto, busquemos esa soledad y ese silencio para que solo nos llenemos de Dios y podamos vivir esa libertad interior

Génesis 9, 8-15; Sal 24; 1Pedro 3,18-22; Marcos 1, 12-15

Al menos en el ambiente en que nos movemos la sensación de desierto no es algo que habitualmente podamos tener. Vivimos en un mundo de ajetreos, carreras, ruidos de todo tipo y por todas partes aún en lo que tendría que ser el silencio de la noche. En algún momento en que merma la actividad diaria porque en nuestro entorno haya un cierto parón de movimientos parece que nos sentimos sordos cuando cesan en parte los ruidos pero no es fácil llegar a ese silencio completo. Salvo que nos vayamos a lugares apartados y solitarios y no nos encontremos a alguien por allí que quizá lleve la música a toda pastilla no nos es fácil encontrar ese silencio y creo que bien lo necesitamos.
Sin embargo muchas veces lo rehuimos, nos incomoda la soledad, buscamos la manera de escuchar algo, porque quizás sintamos cierto temor a ese silencio que se pudiera realizar dentro de nosotros y que quizá nos enfrentaría a nosotros mismos. En ese silencio en que nada nos distrae, en que nos pudiera parecer que no pensamos en nada sin embargo nos sentimos como inducidos a un pensamiento interior que ahí en esa soledad nos ayuda a encontrarnos con la verdad de nosotros mismos.
Y eso es algo que necesitamos en la vida aunque no nos sea fácil o le tengamos cierto temor. En ese silencio miramos hacia dentro de nosotros y miramos hacia arriba, buscamos una verdad y nos volvemos hacia algo que nos trasciende, que nos impulsa a ir mas allá del momento presente y nos puede ayudar a valorar las cosas de otra manera, a encontrar un sentido de nuestro vivir, a descubrir otros valores que nos levanten el espíritu de ras de tierra, de todas esas materialidades en las que ocupamos por así decirlo cada minuto de nuestra vida. Es cierto que puede ser un momento para que aparezcan dudas, interrogantes dentro de nosotros pero siempre esa duda o ese interrogante nos hace preguntarnos por la verdad de nuestro vivir y nos puede ayudar a encontrar lo de más valor.
Por las carreras en que vivimos la vida a alguno le pudiera parecer una pérdida de tiempo ese silencio que aparentemente nos lleva a una cierta inactividad. Y digo una cierta inactividad porque realmente ahí vamos a encontrar un motor para nuestra vida y para las actividades que en verdad merecen la pena. Es momento de interioridad, de interiorización, de trascendencia, en fin de cuentas para el creyente de encontrarse más cara a cara con Dios.
La Biblia toda ella está llena de experiencias de desierto y de silencio. En Abrahán, Moisés, Elías, los profetas, en lo que es una parte fundamental de la historia del pueblo de Dios vamos encontrando diversos episodios de tiempo de silencio, de soledad, de desierto. Es la búsqueda interior, es la búsqueda de Dios, es el silencio en que Dios se les va manifestando en la soledad, en el desierto o en la montaña.
Podríamos detenernos en muchos episodios de unos y otros que fue el camino en que los grandes patriarcas o profetas se abrían al misterio de Dios o el pueblo de Dios se fue haciendo verdadero pueblo en la medida en que encontrándose consigo mismo se purificaba y se abría mas y más a los caminos de Dios. No podemos detenernos a hacer un repaso de muchos de esos episodios que nos podrían servir para ricas reflexiones.
El nuevo testamento también comienza con un tiempo de desierto y soledad en la figura de Juan el Bautista que vivia austeramente en el desierto y que fue el precursor del Mesías y al comienzo de la actividad publica de Jesús le vemos también conducido por el Espíritu al desierto, como nos dice hoy el evangelio. Marcos es muy escueto en su relato mientras los otros dos sinópticos nos describen con mayor detalle incluso las tentaciones sufridas por Jesús en ese tiempo de desierto. Es el evangelio que en uno u otro evangelista siempre escuchamos en este primer domingo de Cuaresma.
A lo largo del evangelio nos encontraremos también con otros momentos en que Jesús busca la soledad, el silencio y el desierto. Pero nos vale quedarnos en este episodio del principio del evangelio. Podríamos decir que es una buena pauta para este tiempo también de cuarenta días, como los que Jesús estuvo en el desierto, Moisés en la montaña, o el pueblo de Israel que estuvo durante cuarenta años, de la Cuaresma que estamos iniciando como camino que nos conduce a la celebración y a la renovación de la Pascua en nuestra vida.
Creo que tenemos que buscar esa interiorización y ese silencio de desierto en este camino cuaresmal. Para una buena vivencia de la Cuaresma en todo su sentido tenemos que saber encontrar ese tiempo de silencio, ese escaparnos de tantos ruidos con que rodeamos nuestra vida para que haya una verdadera interiorización en nosotros. Lo necesitamos. Es la forma de encontrarnos con nosotros mismos para realizar esa purificación interior; es la forma de poder abrirnos de verdad al misterio de Dios que se nos manifiesta y con el que tenemos que dejar que se inunde nuestra vida.
Nos dan miedo los silencios y podríamos decir que esa es una de las primeras tentaciones que tenemos que intentar superar para que podamos en verdad escuchar y alimentarnos de la Palabra de Dios. No solo de pan vive el hombre, no solo hemos de estar preocupados por tantas cosas materiales, no tenemos por que sentirnos agobiados en medio de los problemas de la vida, no tenemos que dejarnos arrastrar por tantas vanidades como nos acechan y nos cautivan tantas veces.
Adorarás al Señor tu Dios, le replicaba Jesús al tentador y es lo que nosotros tenemos que hacer arrancando de nosotros tantos falsos dioses, tantos señuelos de los que llenamos nuestra vida, tantas cosas que nos atan restándonos la verdadera libertad interior, tantas cosas que nos distraen de lo que tiene que ser lo fundamental de nuestra vida.
Emprendamos el camino, busquemos esa soledad y ese silencio para que solo nos llenemos de Dios; vayamos a ese desierto en el que no podemos cargar tantas cosas de las que vamos llenando nuestra vida para vivir esa libertad interior. No tengamos miedo a la soledad ni a las preguntas o interrogantes que nos puedan surgir, encontraremos la luz y la respuesta en la Palabra de Dios si con corazón sincero nos disponemos a escucharla.

sábado, 17 de febrero de 2018

Los perfiles de Jesús cuando nos llama son bien distintos a los parámetros humanos e interesados en que nosotros nos movemos porque Jesús nos pide solamente una respuesta de amor

Los perfiles de Jesús cuando nos llama son bien distintos a los parámetros humanos e interesados en que nosotros nos movemos porque Jesús nos pide solamente una respuesta de amor

Isaías 58,9-14; Sal 85; Lucas 5,27-32

Cuando se quiere elegir a alguien para un trabajo determinado, para una misión concreta o para realizar algo que quizá tengamos que hacerlo en común normalmente buscamos a alguien que tenga, como se dice ahora, un determinado perfil, unas características, unos valores, una preparación que le ayuden a desempeñar esa misión o ese trabajo. No se escoge a cualquiera, muchas veces tenemos en cuenta su preparación o su historial. Somos muy selectivos y hoy en el mundo de efectividad en el que vivimos quizás mucho más.
¿Daría Leví el publicano ese perfil que se necesitaba para ser de los discípulos de Jesús y de los futuros constructores del Reino de Dios? De antemano decir que ya venia con la mala fama de los publicanos que no eran bien considerados por la gente y sobre todo por los que se consideraban como los principales o más influyentes en aquella sociedad. No sabemos si previamente había tenido algún interés por las cosas de Jesús o había acudido en alguna ocasión a conocerle o a escucharle. No parecía que fuera uno de los que Jesús llamara de manera especial.
Pero ahí están las sorpresas de Jesús que no se deja influir por nuestras consideraciones humanas. Pero en Jesús había un secreto más y es que El era el único que podía conocer el corazón del hombre. Nosotros juzgaremos por las apariencias y muchas veces también demasiado influenciados por los prejuicios. Jesús quiso contar con aquel hombre que estaba allí detrás del mostrador de los impuestos a pesar de no ser bien considerado por la mayoría de la gente. Jesús nos sorprende.
Se sintieron sorprendidos los escribas y los fariseos que allá andaban criticando las acciones de Jesús que siempre estaban mirando con lupa buscando tener como desprestigiarlo o de qué acusarlo. ¿Cómo es que coméis y bebéis con publicanos y pecadores?’ les dicen a sus discípulos, ya que no se atreven a enfrentarse cara a cara con Jesús.
Ya conocemos la respuesta de Jesús. Algo más que palabras porque es la actitud que Jesús siempre mantiene con todos. Es el pastor que busca la oveja perdida, la mujer que barre la casa para encontrar la moneda que se ha caído por cualquier rincón, es el Hijo del Hombre que no ha venido a ser servido sino a ser servidor de todos, es el medico que no está esperando a que llegue el enfermo sino que lo busca para sanarlo, es el rostro que nos manifiesta lo que es la misericordia del Dios que es compasivo y misericordioso.
Nos sentimos confortados cuando vemos cuanto nos ama Jesús que cuenta con nosotros a pesar de que somos pecadores. El amor de Dios esta no en que nosotros hayamos amado a Dios sino que El nos amó primero y dio su vida por nosotros, no porque nosotros fuéramos justos, sino precisamente siendo nosotros pecadores. Con qué confianza podemos acercarnos a Dios a pesar de que no seamos dignos. Sabemos que una palabra suya nos salvará.
Pero esa actitud de Jesús tiene que enseñarnos algo mas, cómo han de ser nuestras actitudes para los demás. ¿No andaremos nosotros en la vida con demasiados prejuicios? ¿No pondremos muy alto el listón de los perfiles que nos hacemos para los demás y comenzamos muy pronto a descartar a todo aquel que no nos cae bien? En este sentido muchas preguntas tendremos que hacernos con toda sinceridad porque hay muchas desconfianzas hacia los demás en nuestro corazón, muchas reticencias, muchas posturas discriminatorias aunque tratemos de disimularlas con mil razones. La actitud de Jesús que llama a Leví el publicano para ser uno de los apóstoles tendría que hacernos pensar mucho.

viernes, 16 de febrero de 2018

Qué importante es la generosidad del corazón cuando somos capaces de decimos no a nosotros mismos porque queremos en verdad abrirnos a los demás

Qué importante es  la generosidad del corazón cuando somos capaces de decimos no a nosotros mismos porque queremos en verdad abrirnos a los demás

Isaías 58,1-9ª; Sal 50; Mateo 9,14-15

Vivimos en un mundo en el que no nos gustan renuncias, controles o prohibiciones. Queremos que todo esté permitido y que nadie tenga que decirnos si podemos o no podemos hacer alguna cosa. ¿Por qué me voy a privar de alguna satisfacción?, nos decimos porque ya en muchas ocasiones las cosas nos vienen duras. Todo es bueno, todo está permitido, nada se nos puede imponer, hacemos simplemente lo que nos plazca, son parámetros que escuchamos hoy por todas partes. Está bien que queramos ser felices y que podamos disfrutar de todo lo bueno que podamos encontrar en la vida. Pero tampoco lo podemos convertir todo en un subjetivismo. Podemos caer en confusiones; habrá que tener algunos criterios, unos principios básicos que nos ayuden a discernir bien las cosas.
Una de las cosas que no entiende el mundo de hoy es que la iglesia nos pueda hablar de ayunos y de abstinencias. Fácilmente sale esta palabra a relucir cuando estamos en un tiempo como éste de la cuaresma, y bien sabemos los sarcasmos que se tienen en torno a estas palabras en nuestra sociedad actual. Sin embargo bien que hacemos controles de la comida cuando se trata de mantener la línea y la imagen que podamos dar con nuestro cuerpo. No importan entonces las renuncias, los controles de comidas y no sé cuantas cosas más que hacemos para que nuestra imagen aparezca bien lucida y bella.
¿Qué sentido tiene, pues, el ayuno o la abstinencia de los que nos habla la Iglesia en este tiempo de cuaresma? Primero decir que no es algo de lo que solo hemos de hablar en este tiempo cuaresmal; es un sentido penitencial que debe existir siempre en la vida del cristiano no solo para vivirlo en tiempos determinados. Somos pecadores y en todo tiempo no solo hemos de sentir el arrepentimiento de lo que hayamos hecho mal, sino también un sentido de reparación y purificación, aunque sabemos que el perdón es un regalo del amor de Dios.
El ayuno y la abstinencia nos enseñan a renunciar, a decir no incluso a aquello que pueda ser bueno y satisfactorio, porque tenemos que aprender a escoger en la vida lo que es mejor aunque para ello tengamos que decir no a algo incluso bueno; es como un entrenamiento pero es mucho más. Nos cuesta decir no, privarnos de algo sobre todo cuando se presenta apetitoso ante nuestros sentidos; pero hemos de saber discernir porque muchas veces las cosas que no son buenas así se nos presentan a nuestros ojos y nos engañamos. Es un aprendizaje fuerte el que tenemos que hacer en nuestra vida.
Pero está ese sentido penitencial, porque nos arrepentimos del mal hecho, porque tenemos que aprender a reparar, porque tenemos que saber ofrecer algo de nosotros por amor para unirlo al amor misericordioso del Señor como una ofrenda de amor. Y ahí está la sensibilidad de nuestra vida, el gusto, el sabor, el apetito y aprendemos con ello, y nos ofrecemos con ello.
Pero nuestro ayuno, nuestra abstinencia va mucho más allá de la comida. Al final eso de la comida lo podemos sustituir por otras cosas y claro que no se trata de formalismos buscando subterfugios. Ya Jesús echa en cara a los fariseos sus ritualidades y formulismos vacíos. Y es de lo que hoy nos habla duramente el profeta. Ayunar entre riñas y violencias, entre malquerencias y rivalidades, entre recelos y envidias no parece que sea un ayuno muy agradable al Señor. Tendríamos que volver a escuchar con todo detenimiento el texto de Isaías.
Quizá y sin quizá es mucho más costoso el dominar nuestra soberbia y nuestro orgullo, el controlar nuestras iras y nuestros impulsos violentos, callar nuestra lengua tan fácil a la maledicencia y desterrar de nosotros los sentimientos mezquinos de nuestro corazón que el privarnos de un alimento que sustituimos quizá por otro o por otra comida opulenta cuando acabe el ayuno.
¿Cuál será el sacrificio más agradable al Señor? Pensemos cada uno con sinceridad por donde han de ir nuestros ayunos en ese camino concreto del dominio de nosotros mismos y nuestras pasiones. Pensemos cómo solidariamente tendríamos que compartir aquello que no nos hemos gastado cuando nos privamos de una comida. Tratemos de descubrir que la generosidad de nuestro corazón que comparte lo que somos y tenemos con el necesitado es lo más agradable al Señor.
No se trata de renuncias o prohibiciones así porque sí, sino la generosidad de nuestro corazón cuando nos decimos no a nosotros mismos porque queremos en verdad abrirnos a los demás.

jueves, 15 de febrero de 2018

Ante nuestros ojos está el desafío de la Pascua, la de Jesús que vamos a celebrar y la nuestra cuyo camino de olvidarnos de nosotros mismos hemos de emprender

Ante nuestros ojos está el desafío de la Pascua, la de Jesús que vamos a celebrar y la nuestra cuyo camino de olvidarnos de nosotros mismos hemos de emprender

Deuteronomio 30,15-20; Sal 1; Lucas 9,22-25

La vida es un desafío constante. Vivir no es quedarse anclados en un estado o en una situación. La vida exige caminar, buscar, arriesgarse a algo nuevo. . Nos ponemos metas y queremos alcanzarlas; buscamos algo nuevo y hacemos todo  lo posible por encontrarlo y de alguna forma posesionarnos de ello. Quedarnos en la rutina por comodidad no tiene ningún aliciente, no es vivir, es algo así como vegetar.
Crecemos, y no solo es que físicamente nuestras células se vayan transformando y multiplicándose, sino que como personas crecemos, vivimos algo nuevo, nos sentimos desafiados a emprender algo nuevo y distinto, tenemos que madurar y manifestarnos en unos frutos, en unas acciones nuevas, en una riqueza que no es lo material, sino algo más profundo, para nosotros mismos pero también para los demás, porque aquello que poseemos pero sobre todo lo que somos beneficia también a los demás, porque vivimos profundamente interrelacionados unos con otros.
Así también es el ideal y la meta de la vida cristiana. Así desde nuestra fe nos sentimos comprometidos, sentimos un desafío interior que nos hace espiritualmente crecer, que nos impulsa a seguir los caminos que Jesús nos señala en el evangelio. Un camino que no emprendemos solos, un desafío al que respondemos no solo desde nuestras fuerzas, unas metas a conseguir en la que encontramos diversas ayudas. La liturgia de la Iglesia no son simplemente unos ritos que realizamos de una forma periódica, sino que es por una parte celebrar ese camino, ese desafío, y al mismo tiempo es esa fuerza y esa luz que nos ilumina en los distintos momentos de nuestra vida para la realización de nosotros mismos como personas y como creyentes en Jesús.
Este camino que hemos emprendido en la cuaresma nos lanza también poderosos desafíos. Ya desde el primer momento nos hace mirar hacia la Pascua. Ahí está el anuncio de Jesús. ‘El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día’. Es la Pascua que Jesús ha de vivir; es la Pascua redentora que nos trae la salvación. Es la Pascua que nosotros hemos de celebrar y para lo que nos vamos preparando durante este camino cuaresmal.
Pero Jesús nos desafía. Es lo que nosotros tenemos que aprender a vivir si en verdad queremos ser sus discípulos, seguir sus pasos. Es el mismo camino de entrega, es el camino del amor. Es el camino de olvidarnos de nosotros mismos porque no nos buscamos a nosotros sino que le buscamos a El y en El a nuestros hermanos los hombres por los que también hemos de entregarnos. Por eso nos habla de olvidarnos de nosotros mismos para abrirnos a los demás y para abrirnos al misterio de Dios. No buscamos ganancias egoístas de satisfacciones momentáneas sino algo que tenga valor de vida en plenitud, de vida eterna.
Claro que esto nos cuesta realizarlo porque el mundo que nos rodea no es ese el estilo que nos ofrece. Ya nos dirá Jesús que ser importante o ser grande es hacerse el último y el servidor de todos. Es un desafío muy importante al que con la valentía de la fe hemos de responder y que en la fortaleza del Espíritu encontraremos la ayuda que necesitamos para realizarlo. Emprendamos con entusiasmo y energía el camino.

miércoles, 14 de febrero de 2018

Necesitamos reencontrarnos con nosotros mismos para poder abrirnos de verdad a Dios y a eso nos quiere conducir el camino de la Cuaresma que iniciamos


Necesitamos reencontrarnos con nosotros mismos para poder abrirnos de verdad a Dios y a eso nos quiere conducir el camino de la Cuaresma que iniciamos

Joel 2,12-18; Sal 50; 2Cor. 5,20–6,2; Mt 6,1-6.16-18

Todo el mundo sabe que hoy es miércoles de ceniza. Bueno, no sé si todo el mundo, porque para muchos se queda en lo del miércoles de la sardina, por aquello de que los carnavales se acaban aunque bien sabemos que en muchos sitios se prolongan. Tendrán una rememoración lejana de algo de la ceniza, pero ¿sabrán realmente lo que es o por qué es que hoy llamemos a este día miércoles de ceniza?
Quizá quienes se acercan a esta reflexión sí tengan algo más claro lo que hoy celebramos y por qué. Empezamos un camino que aunque es verdad que es un camino de preparación para la celebración de la Pascua, sin embargo tiene, como todo tiene que ser en la vida de cristiano, una clara rememoración pascual.
Aunque la Pascua la celebremos con gran solemnidad al llegar la celebración de la resurrección del Señor, porque es el culmen de la Pascua, sin embargo, decimos, hacemos este camino con sentido pascual porque en verdad ha de ser un paso del Señor por nuestra vida, un ir dejándonos encontrar por El que nos lleve a esa profunda renovación de nuestra vida, a un morir y a un resucitar, a un renacer a una vida nueva, a que en verdad lleguemos a sentir hombres nuevos en el espíritu del Evangelio.
Hoy, cuarenta días antes de la Pascua, iniciamos este camino. El número cuarenta tiene muchos recuerdos bíblicos, desde los cuarenta años del pueblo de Israel por el desierto hasta los cuarenta días de Jesús también en el desierto antes de comenzar su actividad apostólica, como nos narra el evangelio.
Aquellos cuarenta años de desierto para el pueblo de Israel que salía de la esclavitud de Egipto le hicieron sentirse pueblo, fue el ir construyendo día a día su unidad y su identidad, un sentar la bases como pueblo entonces peregrino antes de asentarse definitivamente en la tierra de Canaán recibiendo la ley del Señor en el Sinaí que estaba en función de esa constitución como pueblo, y pueblo de Dios.
Fue un tiempo de apertura a Dios, de darle una verdadera trascendencia a su vida aprendida en ese caminar peregrino siempre en búsqueda donde aquella que pisaban no seria nunca su tierra definitiva hasta encontrar aquella tierra que Dios les había prometido. Un tiempo de purificación e ir limando todas aquellas, digamos, asperezas que le impedían sentirse pueblo y mantenerse unidos y donde iban descubriendo que era la mano de Dios la que le guiaba y conducía.
De alguna manera ¿no es eso lo que en este tiempo de cuaresma hemos de ir también redescubriendo? Somos, es cierto, ese pueblo de Dios al que pertenecemos desde el bautismo. Pero bien sabemos que nuestra vida se va maleando y necesita un tiempo de renovación. Muchas cosas vamos dejando meter en nuestra vida que son rémoras en nuestro caminar como cristianos y como pueblo de Dios que tenemos necesidad de purificar.
Necesitamos de nuevo un encuentro profundo con el Señor, con su Palabra que nos abra nuestro corazón a una trascendencia eterna en nuestra vida. Vivimos muchas veces demasiado posicionados en este mundo y en las cosas terrenas que son un lastro para vivir una autentica espiritualidad cristiana. No es penitencia por penitencia, sacrificio por sacrificio porque el sacrificio redentor de nuestra vida ya está realizado en la entrega de Jesús en su muerte y resurrección. Pero necesitamos ese reencontrarnos con nosotros mismos para poder abrirnos de verdad a Dios.
En ese reencuentro profundo con nuestro yo y con nuestra vida descubriremos de cuantas cosas tenemos que desprendernos porque de nada nos sirven aunque las tengamos apegadas al corazón y nos cueste dolor arrancarlas de nosotros. Como cuando hacemos una limpieza profunda de nuestra habitación o nuestra casa y nos damos cuenta de cuantas cosas vamos acumulando que son innecesarias o que más bien son un obstáculo para disfrutar de lo que verdaderamente vale y nos sirve. Habrá que tirar todo eso que nos entorpece, aunque nos duela arrancarlas de nosotros mismos.
Para eso nos dejaremos guiar por la Palabra de Dios queriendo convertirnos cada día al evangelio, creer de verdad en él porque sabemos que solo en Jesús tenemos la salvación. Así la liturgia en sabia catequesis nos irá ofreciendo una riqueza grande de los textos de la Palabra de Dios en este tiempo para irnos conduciendo paso a paso a la vivencia profunda de la pascua.
Hoy comenzamos con un signo, que es el que da nombre al día, con la ceniza para que reconozcamos lo que somos, lo manchados que estamos y la futilidad de tantas cosas que tenemos en nuestra vida y de las que tendremos que lavaros, purificarnos. Pero en la imposición de esa ceniza sobre nuestra cabeza el grito grande que tenemos que escuchar es ‘conviértete y cree en el evangelio’. Es la vuelta de verdad que tenemos que darle a nuestra vida. Es el sentido que tenemos que darle a este momento que vivimos hoy.

martes, 13 de febrero de 2018

Un camino nuevo de purificación y discernimiento que nos conduce a la luz, a la vida, al amor que es la verdadera libertad del corazón

Un camino nuevo de purificación y discernimiento que nos conduce a la luz, a la vida, al amor que es la verdadera libertad del corazón

Santiago 1,12-18; Marcos 8, 14- 21

Aunque tengamos una personalidad muy marcada e incluso muy madura y aunque no queramos todos recibimos multitud de influencias de nuestro entorno que de alguna manera nos pueden llevar a actuar en ocasiones como no queramos. Casi  no nos damos cuenta, pero aquello que estamos viendo continuamente a nuestro alrededor en la manera de actuar de otras personas nos va marchando de alguna manera y sutilmente pueden meterse en nosotros y al final nosotros terminemos haciendo lo que todos hacen.
Son muchas las corrientes ideológicas, las maneras de pensar, los valores o anti-valores que nos podemos encontrar en la vida. Vivimos en un mundo muy plural donde las distintas maneras de pensar llegan fácilmente a cualquier rincón. La televisión, las redes sociales, los distintos medios de comunicación son una correa de trasmisión muy fuerte de esas distintas corrientes y pensamientos. No es que nos cerremos a todos, pero hemos de saber discernir lo que recibimos. Cuando empleo la palabra discernir siempre pienso en la cernidera, aquel instrumento que servía y sirve para quitar las impurezas de aquello que estábamos cerniendo, recuerdo a nivel domestico la harina, por ejemplo, en los trabajos de construcción la arena que se empleaba para el mortero.
En nuestra madurez humana no puede faltar nunca la vigilancia, el estar atentos para no contagiarnos, el buscar los verdaderos principios éticos por los que regir nuestra vida y si nos decimos cristianos buscar ese fundamente en el evangelio de Jesús. Pensemos cuantos son los que dicen como todos lo hacen yo no voy a ser distinto, sin fijarse en la validez de lo que todos hacen y su sentido ético.
Es de lo que quiere prevenir Jesús a sus discípulos con las palabras que hoy le escuchamos en el evangelio. Era una Buena Noticia la que Jesús quería trasmitirles a sus discípulos queriéndolos poner en camino de un mundo nuevo, de un nuevo estilo de vivir que era el Reino de Dios. Lo que Jesús decía chocaba con muchas cosas que se enseñaban o se hacían en el judaísmo oficial o incluso con lo que eran aspiraciones o costumbres de su tiempo que se habían convertido poco menos que en ley, contraponiéndose incluso a lo que era la ley que Moisés le había trasmitido a su pueblo.
Por eso Jesús les dice que tengan cuidado con la levadura de los fariseos o de Herodes. No entienden los discípulos, que piensan que lo que Jesús les ha recordado es que han sido suficientemente previsores porque no habían llevado pan suficiente en las alforjas. Jesús les dice que ese no es el problema, y les recuerda lo sucedido hacia poco en el desierto cuando había comido toda aquella multitud.
Es algo más profundo lo que Jesús quiere decirles cuando les previene para que no se dejen influir por los fariseos o por las aspiraciones o costumbres de tantos a su alrededor. La buena noticia que Jesús les traía era otro sentido de libertad el que quería trasmitirles, porque tenia que ser algo nacido del corazón. Se pueden caer las cadenas exteriores que decimos que nos oprimen, pero seguimos encadenados en nuestro interior a nuestras malas costumbres, a nuestras rutinas o a tantas cosas que vician nuestra vida.
Por eso Jesús nos está pidiendo la vigilancia y la conversión. Atentos a lo fundamental para deshacernos de superficialidades, de cosas innecesarias, de tantas impurezas que nacen del interior del corazón del hombre que se llena tantas veces de malicias. Es un camino nuevo de purificación y discernimiento el que hemos de recorrer, pero un camino que nos conduce a la luz, a la vida, al amor que es la verdadera libertad del corazón.


lunes, 12 de febrero de 2018

Los milagros eran una señal evidente del cambio que Jesús nos pedía, de las nuevas actitudes de las que teníamos que llenar el corazón y de esa nueva forma de actuar

Los milagros eran una señal evidente del cambio que Jesús nos pedía, de las nuevas actitudes de las que teníamos que llenar el corazón y de esa nueva forma de actuar

Santiago 1,1-11; Sal. 118; Marcos 8,11-13

Hay ocasiones en que por muchas razones y pruebas que nos den no queremos dar nuestro brazo a torcer y no queremos creer ni aceptar lo que nos dicen. Nos ofuscamos buscando pruebas aunque las tengamos delante de los ojos; nuestro orgullo no nos deja ver y aunque en el fondo estemos convencidos, como solemos decir, no nos queremos bajar del burro. Por orgullo o por amor propio, por desconfianza hacia aquel que nos lo dice, por no rebajarnos a aceptar que lo que nos dicen es la verdad y que nosotros estamos en el error.
Creamos tensiones, provocamos distanciamientos, nos mantenemos en nuestro error, nos hacemos la guerra los unos a los otros incluso aunque en el fondo estemos de acuerdo, pero no queremos dar nuestro brazo a torcer. 
Quizá también aquello que nos dicen nos tendría que hacer plantearnos las cosas de otra manera y nos obligaría a cambiar de rutinas en la vida, y nos parece que estamos bien como estamos por que vamos a probar otra cosa. Inmovilismos en los que nos encerramos como en torreones que convertimos en plazas fuertes para luchar contra aquel a quien ya consideramos como un adversario porque nos haría ver las cosas de una forma distinta a como en nuestra rutina nos hemos mantenido siempre.
Y eso de cambiar, sí que cuesta, lanzarnos a algo que nos parece desconocido o difícil de conseguir porque tenemos que arrancar muchas cosas de nuestro corazón es una tarea en la que no queremos embarcarnos.
Cosas así nos pasan frecuentemente. Por eso podemos en cierto modo entender de lo que nos habla el evangelio. Por allá andan los fariseos siempre discutiendo con Jesús. Les costaba entender lo que Jesús les planteaba. El sentido del Reino de Dios que Jesús anunciaba y enseñaba era algo que nos les cabía en la cabeza; preferían vivir en la rutina de lo que había sido siempre su vida, y no querían perder el poder de manipulación que en cierto modo ejercían sobre la gente.
Jesús pedía un cambio profundo del corazón, un cambio de actitudes y posturas, una nueva forma de entender la relación con Dios y también la relación con los demás. Pero a ellos les parecía que eso no les tocaba a ellos que estaban por encima de todo. Cuantos orgullos así nos encontramos en la vida tantas veces y nosotros mismos nos vemos tentados a ello.
No quieren dejarse convencer por Jesús y por eso están constantemente pidiendo pruebas de su autoridad. No les bastan los signos que Jesús realiza y que son palpables para todos en aquellos milagros que Jesús va realizando. Aquellos milagros eran una señal evidente del cambio que Jesús nos pedía, de las nuevas actitudes de las que teníamos que llenar el corazón y de esa nueva forma de actuar. Jesús termina, en esta ocasión, por no responderles. Y Jesús seguirá actuando de la misma manera desde el amor.
Es el testimonio que nosotros tenemos que seguir dando, son las señales que han de aparecer palpables en nuestra vida aunque no nos quieran creer ni aceptar. Nuestro amor, como el amor de Jesús, tiene que ser el gran signo de nuestra fe, de ese Reino nuevo de Dios en el que queremos vivir.

domingo, 11 de febrero de 2018

Aquel hombre cuando se encontró sanado por Jesús saltaba de alegría y no podía callar porque a todos tenia que comunicar la gracia que en Jesús había encontrado

Aquel hombre cuando se encontró sanado por Jesús saltaba de alegría y no podía callar porque a todos tenia que comunicar la gracia que en Jesús había encontrado

Levítico 13, 1-2. 44-46; Sal 31; 1Corintios 10, 31 - 11, 1; Marcos 1, 40-45

‘Si quieres, puedes limpiarme’, fueron las palabras del leproso que se atrevió a acercase a Jesús. Es la súplica humilde pero llena de esperanza. Confiaba que Jesús podía hacerlo, pero sabía que solo estaba en su mano el hacerlo o no hacerlo. Pero allí estaba él con su necesidad, con su pobreza, con su soledad, con su lepra con todo lo que significaba. Y se postró ante Jesús. Se había atrevido a llegar hasta Jesús, abrirse paso entre la gente, que seguramente se apartaba para evitar contaminarse.
¿Nos sucederá algo de esto alguna vez? No nos atrevemos a terminar por suplicar desde nuestra necesidad, desde nuestros problemas ante quien sabemos que nos puede ayudar. O quizá alguien necesita algo de nosotros y no se atreve a pedírnoslo. Barreras de miedo que nos creamos, barreras de desconfianza, o barreras quizá de orgullo porque no queremos postrarnos, porque no queremos rebajarnos a mostrar nuestra necesidad. Y nos aislamos o aislamos a los demás poniendo distancias.
Todo nos enseña, todos los gestos que vemos en el evangelio nos hacen pensar en cosas que nos pasan o que les pasan a los otros con nosotros. No siempre tenemos la suficiente sintonía para comunicarnos con sencillez y con humildad, para reconocer nuestras debilidades porque quizá queremos mantener la fachada aunque por dentro estemos pasándolo mal. Y nos preguntan que como estamos y decimos que bien, aunque haya una buena tormenta dentro de nosotros.
Aquel hombre, sin embargo, acudió a Jesús, reconoció su enfermedad, su debilidad, su pobreza. Por si mismo no podía hacer nada para curarse; en aquella época la lepra era una enfermedad terrible e incurable, que además podía contagiar a los demás; los leprosos tenían que vivir aislados, lejos de todos, lejos de su familia, sin participar en la vida de la comunidad; eran unos malditos.
Pero la fe se había despertado en su corazón. Otros quizá se abandonaban a su suerte perdida toda esperanza; su muerte era en vida, porque aquello no era vivir. ¿Resignación? ¿Desesperación quizá? Era difícil encontrar un sentido y un valor a aquella forma de vivir. Pero a los oídos de aquel hombre había llegado una buena noticia que le llenaba de esperanza. Podría curarse, si aquel profeta quería curarlo. Algo comenzaba a apoyar su vida que era algo más que una muleta para caminar en su imposibilidad y en la debilidad de una enfermedad que le destruía por fuera en su cuerpo, pero dentro también en su espíritu. Por eso había acudido a Jesús.
Como decíamos, necesitamos aprender, todo nos enseña. Y en esos vaivenes de la vida donde tantas veces nos sentimos desalentados quizá en nuestra soledad, en nuestras angustias, cuando nos sentimos abandonados quizá de los menos que esperábamos que nos abandonaran o se pusieran en contra nuestra, necesitamos despertar nuestra fe. No todo es oscuro, no todo es negro, una luz tras cualquier recodo del camino puede despertar de nuevo nuestra esperanza.
Y Jesús nos está esperando, saliendo a nuestro paso en cualquier rincón de nuestro camino. Deja que nos acerquemos a El, o El viene a nuestro encuentro de muchas maneras. Siempre habrá alguien que nos tienda una mano, nos diga una palabra de ánimo, encienda una luz en nuestro oscuro camino. Tenemos que sintonizar con esos signos que nos pueden ir apareciendo en la vida.
Es la mano de Jesús que nos toca, que nos levanta, que nos sana, que pone nueva luz en nuestro camino. Necesitamos encontrar un sentido para no simplemente resignarnos; tenemos que descubrir el valor de nuestra vida aunque nos sintamos llenos de miseria y pensemos que no valemos nada; tenemos que descubrir las mil razones que tenemos para seguir luchando; hemos de darnos cuenta que también nuestra vida, nuestra decisión de seguir adelante, de no quedarnos tumbados a la vera del camino puede ser una señal para otros que estén igual o peor que nosotros.
Aquel hombre cuando se encontró sanado por Jesús, porque Jesús sí quería y se había adelantado incluso a tocarle a pesar de la miseria de su lepra, saltaba de alegría y no podía callar porque a todos tenia que comunicar la gracia que en Jesús había encontrado.
Cuántas veces Jesús nos sana pero no somos capaces de manifestar esa alegría. Cuántas veces hemos recibido una gracia especial del Señor y ni siquiera hemos sabido dar gracias; cuántas veces hemos sentido el regalo y la alegría del perdón, pero no hemos saltado de alegría porque Jesús nos ama y nos ha perdonado para ponernos en camino de nuevo.
No somos agradecidos, no correspondemos a tanto amor como el Señor de mil maneras manifiesta en nuestra vida. Por eso no terminamos de convencer a nadie y estamos encerrados siempre en el mismo círculo. No crece el número de los que vienen hasta Jesús porque no terminamos de ser con la alegría de nuestra fe esos signos de evangelio para que el mundo crea.
Pensemos en tantos que están a la vera del camino de la vida esperando ver ese signo que levante su espíritu, que les llene de nueva esperanza, que les impulse de verdad a caminar y a transformar nuestra vida. Nosotros tenemos que ser ese signo. Nosotros tenemos que ser esa mano tendida de Jesús que llegue a tocar el corazón de los otros.
¿Qué nos pasa que vivimos de manera tan aburrida nuestra fe? ‘Si quieres…’ nos está diciendo también nosotros ese mundo que nos rodea. ¿Cuál es la respuesta que le vamos a dar?

sábado, 10 de febrero de 2018

No sigamos diciendo ‘¿qué es esto para tantos?’ cuando vemos las necesidades a nuestro lado y lo que somos o tenemos, sino seamos capaces de realizar el milagro del amor

No sigamos diciendo ‘¿qué es esto para tantos?’ cuando vemos las necesidades a nuestro lado y lo que somos o tenemos, sino seamos capaces de realizar el milagro del amor

1Reyes 12,26-32; 13,33-34; Sal 105; Marcos 8,1-10

¿Qué hacemos cuando vemos personas o familias en nuestro entorno que pasan necesidad, que tienen problemas, que están agobiados porque no pueden salir adelante en la solución de sus problemas personales o de su familia? Vamos a decir que sentimos preocupación y si podemos ocasionalmente les echamos una mano, pero también nos sucede que cuando los problemas no se solucionan nos sentimos impotentes y enseguida reclamamos que las instituciones públicas resuelvan esos problemas, les decimos que acudan a las diversas organizaciones sociales que podamos conocer para que les ayuden a resolver esos problemas que a nosotros nos desbordan.
Son reacciones normales que cuando hay algo de sensibilidad podemos tener ante situaciones así, aunque bien sabemos también que podamos sentir la tentación de cerrar los ojos, mirar para otro lado, no querer enterarnos de lo que pasa, y les pasamos el problema a los otros.
Mucha gente insensible en este sentido nos encontramos en demasiadas ocasiones, porque solo piensan en si mismos, o que con aquello que tienen primero tienen que resolver sus problemas, tratar de vivir bien y de alguna manera se desentienden de esas situaciones. Con lo poquito que tenemos, decimos,  no nos da para resolver todos los problemas que podamos encontrar. Cuantas veces en los caminos de la vida damos rodeos para no encontrarnos con aquel que nos tiende la mano desde su necesidad.
Hoy el evangelio nos ayuda en ese sentido. Que aprendamos a abrir los ojos para ver la necesidad, que nos impliquemos, y que seamos capaces de compartir hasta esos pocos panes y peces que tengamos en nuestras alforjas. Una muchedumbre se había reunido en torno a Jesús y habían marchado con El por aquellos caminos de Galilea. Ahora estaban en descampado, llevaban días con Jesús, las pocas provisiones que llevaban se les habrían agotado y Jesús siente lástima de toda aquella gente. Hay que hacer algo; así lo manifiesta a sus discípulos más cercanos.
‘¿Y de dónde se puede sacar pan, hache, en despoblado, para que se queden satisfechos?’, le responden sus discípulos. Es cierto que es una realidad que se puede constatar. Pero Jesús insiste. ‘¿Cuántos panes tenéis?’ los discípulos le hablan de siete; otro evangelista narrándonos este mismo hecho habla de un muchacho que tiene unos pocos panes y paces que pone a disposición.
Y Jesús quiere que compartan aquello poco que tienen y les manda sentarse por donde puedan. ‘¿Qué es esto para tantos?’ es el pensamiento que surge entonces como sigue surgiendo  hoy cuando vemos los problemas. ¿No llegamos a decir que ya el mundo no puede producir lo suficiente para la creciente población mundial que se multiplica día a día? Sin embargo cuantos sobrantes tiramos todos los días.
Aquello poco va a dar para que coman todos hasta hartarse. Es el milagro del amor. Es el milagro que nosotros también podríamos hacer cada día si en verdad llenáramos de amor nuestro corazón. Hubo alguien que supo compartir lo poco que tenia y todos pudieron comer.
¿Dónde está nuestra sensibilidad y nuestra disponibilidad? ¿Seguiremos encerrándonos en nuestro círculo y en nuestros propios intereses nada más? ¿No tendrían que ser otras nuestras actitudes, la apertura de amor de nuestro corazón? Creo que no hace falta decir mucho más, sino detenernos a pensar, a reflexionar, a despertar la sensibilidad de nuestro corazón. ¿Seguiremos diciendo hoy como entonces ‘qué es esto para tantos’?