martes, 17 de octubre de 2017

No llenemos de ritualidades la vida sino tratemos de vivir cada cosa con profunda espiritualidad no quedándonos en apariencias sino expresando lo más profundo de nuestro ser

No llenemos de ritualidades la vida sino tratemos de vivir cada cosa con profunda espiritualidad no quedándonos en apariencias sino expresando lo más profundo de nuestro ser

Romanos (1,16-25); Sal 18; Lucas (11,37-41)

Es más importante el ser que el parecer. Así podemos afirmarlo rotundamente. Pero no lo hagamos solo con palabras o como unos principios. Porque hemos de reconocer que muchas veces en la vida nos preocupamos más de lo que querer parecer que de lo que realmente somos. Es lo que sospechamos que los demás puedan pensar de nosotros lo que nos preocupa, esa buena imagen que queremos conservar y así nos quedamos fácilmente en superficialidades, en cosas de menor importancia y realmente no nos preocupamos tanto de crecer por dentro, de crecer como personas en nuestros valores, en nuestro actuar, en el trato que le damos a los demás nacida verdaderamente desde el corazón.
Es una tentación que nos puede llevar a la hipocresía, a una doble cara, y mentimos ya no solo con palabras sino con la vida que queremos manifestar y que no es lo que realmente somos. Es una tentación de todos los tiempos y en la que nos podemos ver envueltos todos.
Era la actitud hipócrita de aquellos fariseos que estaban pendientes de esas ritualidades que se habían impuesto en la vida y en lo que querían juzgar a Jesús. Ahora que un hombre principal había invitado a Jesús a comer, allí están todos pendientes de si Jesús se lava o no las manos antes de comer. No eran solo las razones higiénicas que podríamos ver como normales en cualquier persona, sino era ese juicio hipócrita porque unas manos manchadas podían ser unas manos impuras y con ello significaba que era todo impuro en esa persona.
En la vida nos vamos llenando de ritualidades que en lugar de ayudarnos nos hacen por el contrario una vida sin profundidad. Nos contentamos con cumplir ritualmente con una cosa, un mandado o un rito, pero nuestro corazón está bien lejos. Pensamos en nuestras actitudes, en nuestras posturas, en el trato con los demás, pero tenemos que pensar en nuestro interior, en todo aquello que tenemos que aprender a hacer desde el corazón, desde lo más profundo de nosotros. Hacer crecer nuestro espíritu, darle hondura a lo que hacemos y a lo que vivimos.
Eso  nos lleva también a cuidar mucho los actos religiosos que realizamos en nuestra vida. No los tenemos que hacer por puro ritualismo, por la formalidad de que hacemos unas cosas, rezamos unos rezos, hacemos unos actos piadosos y ya con eso esta todo hecho si no le hemos dado profundidad.
Cuantas veces estamos rezando y nos contentamos con repetir palabras porque nuestra mente está bien lejos. Cuando recemos que oremos de verdad, porque en verdad vivamos ese encuentro intimo y profundo con el Señor. Que lo que oramos salga de nuestro corazón y sintamos al mismo tiempo como el Señor nos transforma. Que así le demos profundidad a nuestra oración y a nuestra vida. Que no sean solo unas palabras que decimos con los labios o unos ritos que realizamos formalmente en nuestras celebraciones sino que en ello pongamos todo nuestro espíritu. Es necesario crecer en nuestro espíritu para que lo que hacemos no se quede en apariencia sino que exprese lo  más profundo de nuestro ser.

lunes, 16 de octubre de 2017

Con actitud humilde y con apertura de corazón creemos en la Palabra de Jesús que nos lleva también a una apertura a los demás creyendo en ellos para hacer un mundo mejor

Con actitud humilde y con apertura de corazón creemos en la Palabra de Jesús que nos lleva también a una apertura a los demás creyendo en ellos para hacer un mundo mejor

Romanos (1,1-7); Sal 97; Lucas (11,29-32)

En la vida tenemos que aprender a fiarnos; no podemos andar continuamente en la desconfianza y en el estar pidiendo pruebas para todo. Es normal que queramos estar seguros en lo que hacemos, en los pasos que damos, en lo que nos dicen, pero no todo podemos comprobarlo por nosotros mismos. Vivimos en un mundo de relación y nos vamos intercambiando muchas cosas en la vida y ya tenemos que dar por supuesto que aceptamos y creemos aquello que recibimos de los demás, serán noticias o conocimientos, será la personal experiencia de cada uno que puede enriquecer a los demás, es el devenir de la vida misma.
Eso significa también que no podemos estar viendo malicia siempre en lo que los otros hacen o nos dicen, porque nos haría la vida insoportable y eso puede ir creando un poso de amargura en nuestro interior que ni nos deja ser felices ni ayudamos a la felicidad de los demás.
Es cierto que hay gente que actúa con esa malicia, pero no podemos caer en las redes de nosotros actuar de la misma manera; nos hace falta una limpieza de intenciones en nosotros mismos, una carga grande de sinceridad como al mismo tiempo una gran comprensión en nuestro corazón ante los desaires que vayamos recibiendo en la vida. No podemos perder la estabilidad de nuestra vida, hemos de saber caminar con paz en el corazón y los recelos a eso no ayudan, hemos de intentar poner por delante la carta de la confianza que nos facilite las relaciones entre unos y otros. Cuando andamos con desconfianzas y recelos es que no creemos en las personas y eso rompe la armonía de la convivencia.
Hoy en el evangelio vemos que hay gente que no termina de creer en Jesús. Son muchos los milagros y signos que realiza, claramente habla del Reino de Dios y de las actitudes que hemos de tener en nosotros para poder vivirlo, su Palabra es un arroyo de luz inmensa sobre las vidas de aquellas gentes atormentadas por tantos sufrimientos, muchos le siguen entusiasmados y hay momentos en que multitudes se congregan en su entorno.
Sin embargo hay gente que no termina de entender el mensaje de Jesús, se ciegan y no son capaces de ver las obras de Dios que en Jesús se manifiestan. Están pidiendo signos y pruebas continuamente. Hay desconfianza en su corazón quizá porque vislumbran que aceptar a Jesús significará para ellos que muchos cambios de mente, de actitudes, de manera de obras tienen que realizarse en sus vidas.
Y Jesús les habla del signo del profeta Jonás. Que no fue solo el que fuera devorado por el cetáceo y luego pudiera volver con vida para hacer el anuncio que le pedía el Señor en la ciudad de Nínive, que tanto temía él. El signo de Jonás en este caso es su predicación con la llamada a la conversión y la respuesta que dio aquella gente a la palabra de profeta. Creyeron, se convirtieron al Señor y no cayó sobre aquella ciudad todos aquellos males el que el profeta anunciaba. Y como les dice aquí hay uno que es más que Jonás, o más que Salomón a quien vino a ver la reina del Sur entusiasmada por las noticias de la sabiduría del Rey.
¿Que tenemos que hacer nosotros ante Jesús? creer en su Palabra y dejarnos conducir por la fuerza de su Espíritu. Es la actitud humilde y de corazón abierto de María de Betania que se sentaba a los pies de Jesús para escuchar sus palabras; se confiaba a Jesús, abría su corazón a su palabra, se bebía sus palabras para descubrir lo que era la voluntad de Dios.
Y con esa misma confianza y apertura de corazón tenemos que aprender a ir también a los demás. Cuanto de bueno podemos hacer si nos amamos, si confiamos los unos en los otros, si sabemos sentirnos en comunión, si nos disponemos seriamente a trabajar codo con codo con los demás por hacer un mundo mejor.

domingo, 15 de octubre de 2017

La Palabra de Jesús nos interpela y nos compromete a celebrar ese banquete en el que quepamos todos, nos pone en camino, en salida y quiere llegar a nuestro corazón y transformarlo

La Palabra de Jesús nos interpela y nos compromete a celebrar ese banquete en el que quepamos todos, nos pone en camino, en salida y quiere llegar a nuestro corazón y transformarlo

Isaías 25, 6-10ª; Sal 22; Filipenses 4, 12-14. 19-20; Mateo 22, 1-14

No nos habrá pasado quizá, pero si nos pasara una cosa así, ¿qué haríamos nosotros? Podría ser que a alguna madre de familia le haya sucedido algo parecido. Había puesto todo su empeño en preparar aquella comida en la que quería que estuvieran todos sus hijos; era la fiesta del pueblo quizá, o algún acontecimiento familiar que ella quería recordar y quería tener a todos sus hijos en torno así, y les dijo que vinieran a comer; no comentó con nadie más nada, pero ella se afanó en preparar la mejor comida, aquella que sabia que le gustaba a sus hijos.
Pero cuando llegó el momento los hijos no aparecieron. No le habían dando importancia, tenían sus compromisos, alguno de camino para casa de su madre se encontró con unos amigos y se fue con ellos, y aquí podemos poner todas las circunstancias, las disculpas, los silencios quizás que tanto dolieron al corazón de la madre que había preparado aquella comida con tanta ilusión. Le dieron ganas de tirarlo todo y quizás encerrarse a llorar. O llamar a los vecinos porque daba pena tirar todo aquello, o ver quizá donde podría enviar aquella comida que fuera útil, pero de sus hijos quizá no quería saber nada.
He querido hacer un supuesto de algo parecido a la parábola del evangelio de hoy que nos puede pasar a nosotros. La parábola que Jesús propone en el evangelio nos habla de la boda del hijo del rey que su padre había preparado también con mucha ilusión. Pero la gente también pasaba de aquel rey, de la boda del hijo del rey y de las comidas o banquetes que pudiera organizar e invitarlos. Ellos también tenían sus cosas que hacer. Pero ¿si era el rey el que invitaba como es que se buscaran disculpas de cualquier clase para no asistir? Para ellos no valían ni siquiera los protocolos.
Aunque vemos la reacción muy humana del rey que quiere destruir a todos aquellos que considera malvados por no comparecer cuando les invitaba, sin embargo no se contenta con eso. ‘La comida está preparada y los invitados no han venido… salid a los cruces de los caminos’, a las plazas, a los pueblos o a las aldeas, traed a todos, no importa que sean pobres, que estén enfermos o tengan mil discapacidades, sean quienes sean, buenos o malos. ‘A todos los que encontréis invitadlos a la boda y traedlos…’ les dice a sus criados. ‘Y la sala del banquete se llenó de comensales’, continua diciendo la parábola.
La imagen de la boda o del banquete nos puede traer a la mente muchas significaciones. El banquete de la vida que no es solo para unos pocos sino al que todos estamos invitados, podemos pensar. Banquete que ya sabemos que no solo es la comida sino es también el encuentro, la alegría y la fiesta como signos de felicidad, la abundancia en la riqueza del mundo en el que vivimos y todas esas cosas que harían posible que fuéramos más felices. El banquete que no es solo para unos pocos y al que quizá los podrían tener mejor conocimiento de la vida sin embargo no saben valorar lo suficiente.
En el caso de la parábola aquellos primeros invitados se comportaron de una forma orgullosa y egoísta, no quisieron participar, querían hacerse su fiesta y su felicidad a su manera o por su cuenta, no apreciaron y valoraron lo que el rey les ofrecía. Rehusaron participar en aquel banquete, rehusaron lo que significa de encuentro y de caminar juntos; quizá no querían mezclarse con todos. Se excluyeron, como quizá tantas veces ellos habían excluido a otros de ese banquete de la vida, porque en su prepotencia y en sus orgullos se lo querían acaparar todo para ellos.
En los cruces de los caminos había muchos que si no esperaban – aunque la esperanza nunca se pierde – al menos no pensaban en aquel momento que fueran a ser invitados. Se habían acostumbrado quizás a su exclusión, a vivir en su aislamiento porque nadie pensaba en ellos. Pero aquel rey tuvo una buena intuición, una buena idea; en los cruces de los caminos y más allá había tantos que necesitaban de aquel banquete, de aquel encuentro. Y esos fueron los llamados.
Miremos nuestra realidad; ahí están los que piensan solo en si mismos, en los suyos, en sus allegados o sus amigos, los que hoy yo te invito a ti para que tu me invites mañana, los que queremos pasarlo bien con nuestras cosas sin querer mirar más allá, se encierran en su propio particular círculo. Aquellos que ni son capaces de ver que haya otras personas en el mismo mundo y que entre todos tenemos que construir; aquellos que no quisieran mezclarse con cualquiera porque se suben en sus pedestales.
Pero miremos también los cruces de los caminos y más allá de los arcenes de los caminos por los que solemos transitar, estarán en las esquinas de nuestras plazas o los habremos desplazado a lugares que queremos considerar más alejados. Pasan desapercibidos o  no los queremos ver, los excluimos quizá hasta sin darnos cuenta, o son otros que llegan desde puntos lejanos y a los que no estamos acostumbrados; o son esos que viven una vida marginal y decimos que no los entendemos y no es cuestión de idiomas porque hablan incluso nuestra misma lengua o siempre hay manera de entenderse cuando buscamos los encuentros de verdad.
Y podemos pensar en muchos más, tantos que viven la soledad de su ancianidad, las limitaciones de sus discapacidades, los abandonos de los que nadie quiere, el silencio callado y doloroso de tantos enfermos, algunos quizás abandonados. La lista se haría larga.
Para esos y para todos es ese banquete de la vida. ‘Salid a los cruces de los caminos…’ decía aquel rey, y si con sinceridad estamos escuchando esta Palabra será a nosotros a quienes se nos está diciendo que salgamos a los cruces de los caminos y más allá. Los que creemos en Jesús, invitados como estamos a ese banquete al mismo tiempo tenemos que ser mensajeros que vayamos a buscar, que vayamos a anunciar, que vayamos a invitar, que vayamos a decirles que el banquete es para todos.
Cuidado que seamos nosotros los que no llevemos adecuadamente el traje de fiesta porque siga habiendo en nosotros desconfianzas o ciertas reticencias, nos falte arrojo y valentía, o sigamos teniendo nuestros miedos en nuestro interior.
La Palabra de Jesús nos interpela. La Palabra de Jesús nos hace ver también a muchos comprometidos a celebrar ese banquete en el que quepamos todos; la Palabra de Jesús nos pone en camino, en salida; la Palabra de Jesús quiere llegar a nuestro corazón y transformarlo. Dejémonos transformar por la fuerza del Espíritu.


sábado, 14 de octubre de 2017

Escuchando y plantando la Palabra en nuestro corazón queremos parecernos a María como los buenos hijos se parecen y son el orgullo de su madre

Escuchando y plantando la Palabra en nuestro corazón queremos parecernos a María como los buenos hijos se parecen y son el orgullo de su madre

Joel 4,12-21; Sal 96; Lucas 11,27-28

‘Qué orgullosa tiene que sentirse esa madre…’ habremos escuchado en más de una ocasión o quizá nosotros mismos hemos pensado o dicho como expresión de la admiración que sentimos por alguien a quien vemos entregado, generoso, siendo un modelo de rectitud y de bien hacer, como una persona integra, pero que además es bien humano y como solemos decir tiene un corazón de oro. Aunque la admiración es por una persona así, que quizás nos cautiva por su personalidad y por sus obras, nuestro pensamiento se dirige a la madre a la que de alguna manera queremos dar gracias por darnos un hijo así.
El orgullo de una madre es ver el bien hacer de su hijo y que todo aquello que ella quiso plantar en su corazón en la educación que fue dándole, ahora lo vemos con frutos abundantes. Es un gozo para una madre ver así la rectitud de su hijo y el amor y cariño que va despertando por todas partes. Es un gozo grande lo que siente en su corazón y que no hay manera de disimular cuando sabe lo que dicen de su hijo, cuánto se parece a su madre.
¿Qué sentiría María cuando oía hablar de las obras de Jesús? ¿Cuáles serían sus pensamientos cuando le contaban como la gente le seguía por todas partes y todos se hacían lenguas de admiración por lo que enseñaba y por lo que hacia? No podemos decir que no sintiera ese orgullo de madre, pero al mismo tiempo seguro que tendremos que contemplar la humildad de María que quería pasar desapercibida, quedarse en el anonimato, dejar que su hijo siguiera haciendo su obra siendo ella la primera discípula, la primera que iba plantando en su corazón todo aquello que Jesús enseñaba.
Reconocía María las obras grandes que Dios había realizado en ella y cantaba agradecida desde su corazón a Dios, pero todo era reconocer como se derramaba la misericordia del Señor sobre todos para hacer un mundo nuevo. No podía caber en su corazón el mínimo atisbo de orgullo o de soberbia porque ella sabía muy bien que los poderosos o los que se creyesen grandes iba a ser derribados de sus tronos o de sus pedestales de soberbia y que solo los humildes podían conocer y contemplar a Dios. Era así su corazón, era así como ella iba dejándose transformar por la Palabra de Dios que plantaba en su corazón no para encerrarla en si misma sino para que surgiera nueva vida.
Hoy en el evangelio vemos a una mujer que escuchando a Jesús se acuerda de la madre y para ella quiere tener lo que considera la mejor alabanza. Pero será Jesús el que nos dirá cual es la mejor alabanza para María como la mejor alabanza que nosotros podamos recibir. ‘Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en practica’.
Lo hizo María, por eso vemos todo ese ramillete de flores y de frutos que surge de su vida en todas sus virtudes, en todo su amor. Será lo que nosotros tenemos que hacer también, lo que nos merecerá la mejor alabanza del Señor. Si así lo hacemos un día podremos escuchar aquello de ‘venid benditos de mi Padre a heredar el Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo’.
Es la esperanza en la que queremos vivir. Es la esperanza que nos estimula y nos prepara para el amor y para la entrega en todo momento. Queremos así parecernos a María como los buenos hijos se parecen y son el orgullo de su madre.

viernes, 13 de octubre de 2017

Sepamos descubrir de verdad las obras de Dios en nuestra vida y como también se van manifestando en tantas cosas en nuestro mundo dejándonos inundar por el amor de Dios

Sepamos descubrir de verdad las obras de Dios en nuestra vida y como también se van manifestando en tantas cosas en nuestro mundo dejándonos inundar por el amor de Dios

Joel 1,13-15; 2,1-2; Sal 9; Lucas 11,15-26

La desconfianza es destructiva. Siembra semillas de desconfianza en una relación y aunque esa relación sea fuerte y esté bien fundamentada va corroyendo esos cimientos y si no ponemos remedio puede terminar destruyendo esa relación. Lo experimentamos en nuestras relaciones de amistad que se ponen en peligro cuando van apareciendo esas faltas de confianza.
Muchos en su maldad se convierten en sembradores de desconfianza en medio de la sociedad para sutilmente ir creando animadversión entre los miembros de la comunidad que llevará a un alejamiento progresivo de unos y otros que pueden terminar en enfrentamientos, resentimientos, mirada con malos ojos todo lo que pueda hacer el otro, irá poniendo malicia en nosotros porque por descontado comenzamos a sospechar de la malicia de los demás y hasta el odio al contrario.
Es algo que tenemos que remediar, arrancar de nosotros en cuanto aparezca, porque al fin terminará destruyéndonos a nosotros mismos desde nuestro propio interior. Es una mala semilla contra la que tenemos que inmunizarnos poniendo autentico amor en nuestra vida que nos haga sencillos y humildes y capaces siempre de valorar todo lo que bueno que podamos ver en los demás. Es eso bueno lo que tenemos que amar en el otro y lo que tiene que estimularnos a nuestro propio crecimiento, lo contrario seria anularnos a nosotros mismos.
Eso que nos pasa en el ámbito de nuestras relaciones sociales, de nuestro trato y convivencia con los demás, es algo que tenemos que cuidar mucho en el ámbito de la fe. En fin de cuentas la fe es confianza, es saber confiar y fiarnos, en este caso nos fiamos de Dios aunque no seamos capaces siempre de abarcar todo su misterio, es saber reconocer todo lo bueno que nos viene de Dios, porque Dios es amor y lo que quiere es inundarnos de su amor, porque siempre Dios querrá el bien del hombre, nuestra felicidad.
Con esa confianza escuchamos su Palabra para dejarnos inundar de su Espíritu. Muchas veces no llegamos a comprender todo el misterio que se  nos revela, y también como María nos ponemos a rumiar en nuestro interior, pero hemos de saber dejarnos conducir por el Señor que va poniendo a nuestro lado profetas que con sus palabras o sus gestos nos ayuden a descifrar, por así decirlo, ese misterio de amor que se nos revela. Siempre en esa revelación de Dios se nos está manifestando su amor.
Pero de tener cuidado con quienes pretenden confundirnos. Nos los vamos a encontrar a cada paso. No podemos dejarnos apabullar por sus insinuaciones, por su malicia, por esas desconfianzas que quieren ir sembrando en nosotros.
En la época de Jesús se nos habla de aquellos que querían interpretar las obras de Jesús como obras instigadas por el maligno. Se necesita estar muy atentos para que nosotros no caigamos en las confusiones en que nos quieren hacer tropezar cuando quieren crearnos también desconfianzas en el ámbito de nuestra fe.
Nos hablaran de mitos o de incultura o falta de racionalismo, nos querrán hacer creer que sus verdades o sus palabras son absolutos que nosotros tenemos que aceptar así por que si, querrán materializar nuestra vida alejándonos de una autentica espiritualidad, querrán confundirnos con razonamientos falaces… muchos cosas que pretenden hacernos desconfiar, crear confusión en nuestra vida.
Pero nosotros queremos siempre fiarnos de Dios, confiar en El porque solamente en El podremos alcanzar la plenitud de nuestra vida. Sepamos descubrir de verdad las obras de Dios en nuestra vida y como también se van manifestando en tantas cosas en nuestro mundo. Sintámonos siempre inundados del amor de Dios y nada nos podrá hacer entrar en esa desconfianza y confusión. No dejemos que esas malicias ennegrezcan nuestro corazón y nuestra relación con Dios como tampoco pueden malear nuestras relaciones con los demás. La verdad de Dios es la que  no conduce a la verdadera libertad.

jueves, 12 de octubre de 2017

Hoy queremos mirar a María, nuestra Madre la Virgen del Pilar y de ella queremos aprender a tener una mirada distinta al mundo que nos rodea, una mirada de amor

Hoy queremos mirar a María, nuestra Madre la Virgen del Pilar y de ella queremos aprender a tener una mirada distinta al mundo que nos rodea, una mirada de amor

1Crónicas 15,3-4. 15-16; 16,1-2; Sal 26; Lucas 11,27-28

Una piadosa y secular tradición nos habla de la presencia de María junto al apóstol Santiago en la predicación del evangelio en nuestras tierras hispanas. Es el sentido de la madre que está junto a sus hijos y que con su presencia mística y espiritual acompañaba a los discípulos de Jesús en los caminos de la evangelización del mundo. Como un signo de ello allí quedó el Pilar en las orillas del Ebro en aquella antigua ciudad de Cesaroaugusta que nos recordará para siempre esa presencia de María junto a sus hijos como Madre de la Iglesia y modelo de nuestro camino de fidelidad al evangelio.
Las puertas del templo que guarda ese sagrado signo del Pilar con la imagen de María están abiertas permanentemente para que todos como buenos hijos sepamos acudir a la Madre que es nuestro consuelo y alienta nuestra esperanza en los caminos de la vida y nos estimula al mismo tiempo en esa tarea evangelizadora de nuestro mundo.
Hoy celebramos su fiesta y nos alegramos como los hijos se alegran con la madre y se gozan en su amor; hoy la invocamos para que ella nos ayude a encontrar ese pilar en el que fortalecer nuestra fe, alentar nuestra esperanza y hacer crecer más y más nuestro amor. Hoy queremos sentir de manera especial esa protección de María, como las madres saben hacerlo siempre con sus hijos, para alejar de nosotros todos los peligros que puedan poner en riesgo nuestra vida pero sobre todo nuestra paz interior y la buena convivencia que siempre hemos de vivir con los demás a los que tenemos que sentir siempre como hermanos.
Son tiempos convulsos y de mucha confusión los que vivimos en muchos aspectos de la vida. Me fijaré en algunos aspectos; una cierta inestabilidad social pone en peligro nuestra convivencia en paz y hay el peligro de que surjan nuevos odios o antiguos resentimientos que como heridas quizá mal curadas siguen afectándonos allá en lo más hondo de nuestro corazón; los problemas parece que aumentan en nuestra sociedad cuando no siempre sabemos buscar el entendimiento, no promovemos como tendríamos que hacerlo el encuentro y el diálogo, y se producen rupturas en la sociedad y en las familias que no solo nos alejan los unos de los otros sino que además muchas veces nos lleva a enfrentamientos que no desearíamos. Tratemos de fijarnos en cosas concretas en este sentido que estamos viendo en el día a día de nuestra sociedad que nos lleva a la crispación, al miedo y la desconfianza sobre nuestro futuro, al enfrentamiento y a la falta de paz.
Hoy queremos mirar a María, nuestra Madre la Virgen del Pilar que como un faro de luz está ahí en el centro de nuestra sociedad y de nuestra tierra. De ella queremos aprender a tener una mirada distinta al mundo que nos rodea, para que sepamos como ella tener siempre una mirada de amor. Que aprendiendo de la humildad de María sepamos ir al encuentro de los demás para ser verdaderos constructores de paz, de fraternidad, de armonía y buena convivencia por encima de aquellas cosas que nos puedan diferenciar pero que no nos tienen por qué distanciar.
Que con la ayuda de María, la gracia que ella nos obtenga del Señor sepamos ser constructores de esa nueva sociedad que desde nuestros diferentes valores y carismas vayamos construyendo. Que cada uno con sus propias particularidades, con esos colores distintos con que cada uno miramos la vida, vayamos entretejiendo una sociedad bella en la que todos tengamos nuestro lugar y cada uno aportemos la belleza de nuestra vida y de aquello bueno en lo que creemos. Seguro que lograremos un bello mosaico en el que todos con una convivencia en paz y armonía podamos ser cada día más felices.
Que pongamos a María ahí en el centro de nuestro corazón para que sintamos en verdad el impulso de su amor de madre. Ella nos ayudará a hacer crecer nuestra fe en el Dios que nos ama y nos fortalece; ella nos ayudará a hacer crecer nuestra fe también en el hombre, nuestro hermano, porque nos hará descubrir cuanto de bueno hay en cada persona para que con ello vayamos logrando esa armonía y esa paz para la convivencia de toda nuestra sociedad. Que nos agarremos fuerte de ese Pilar que nos ofrece María que no es otro que apoyarnos fuertemente en el evangelio de Jesús que tenemos que plantar de verdad en nuestra vida.

miércoles, 11 de octubre de 2017

Jesús nos enseña a orar para que aprendamos a entrar en un dialogo de amor con Dios y sintamos como desde nuestra oración nuestra vida se ve implicada y comprometida


Jesús nos enseña a orar para que aprendamos a entrar en un dialogo de amor con Dios y sintamos como desde nuestra oración nuestra vida se ve implicada y comprometida

 Jonás 4,1-11; Sal 85; Lucas 11,1-4

Solemos decir que hablando se entiende la gente. Muchas veces porque no hablamos, porque no entramos en diálogo con los demás quizá nos creamos prejuicios en nuestra mente, porque realmente no conocemos, no sabemos nada de aquella persona, porque no hemos tenido ese tú a tú en el que nos hemos intercambiado nuestro pensamiento, nuestra manera de ver las cosas, en fin de cuentas, no hemos penetrado en su yo, como tampoco hemos dejado que penetren en nuestro yo.
Cuando hablamos y lo hacemos con sinceridad muchos prejuicios se caen y desaparecen, comenzamos a entender al otro, y en fin de cuentas entramos en una nueva relación que nos puede llevar a la amistad y a un amor sincero. No amamos lo que no conocemos, solemos decir también.
Por eso esa relación y ese intercambio es el mejor comienzo para llegar a una amistad sincera, o al menos darnos cuenta del pensamiento del otro y ver cuanto en común hay entre ambos y cuanto podemos hacer no solo por nuestra vida sino también por ese mundo en el que vivimos. Esa comunicación, ese diálogo de alguna manera nos compromete, nos implica en algo nuevo para nuestra vida.
Me pregunto si no nos sucederá así en nuestra relación con Dios. Están quienes quieren negarlo sin haberse quizá preguntado seriamente sobre el sentido de Dios, sin querer conocerle. Pero están también los que aun diciendo que creen en Dios adolecen de un conocimiento verdadero de Dios, porque les falta una verdadera y autentica relación con El.
Pueden ser incluso personas que se dicen muy religiosas y que rezan o que participan en actos religiosos pero que su relación con Dios no va mucho más allá de ese formulismo de unos rezos, de unas oraciones aprendidas y repetidas, pero sin entrar esa profunda relación. Rezar es orar, es cierto, pero muchas veces nuestros rezos no llegan a ser verdadera oración porque no hay ese encuentro verdadero en el corazón con Dios. Su oración no llega a ser ese dialogo con Dios en ese encuentro de tú a tú en lo intimo del corazón.
Es por eso por lo que tenemos que revisarnos en nuestras prácticas religiosas para hacerlas de forma autentica y la oración sea ese verdadero diálogo con Dios. Entraremos entonces en ese conocimiento de Dios que nace del amor, comprenderemos mejor el misterio de Dios que se hace presente en nuestra vida, llegaremos a hacer que de verdad busquemos la gloria del Señor alabándole desde lo más profundo de nuestro corazón, y sintiendo como Dios nos pone en camino, no hace entrar en un compromiso nuevo por los demás.
La oración entonces no será un puro formulismo que realicemos porque repitamos quizá muy escrupulosamente unas oraciones aprendidas de memoria sino que será ese entrar en profunda comunión con ese Dios que nos ama y que nos enseña a amar. La oración será entonces ese dialogo de amor con Dios con el gozo de sentirnos amados y un amor profundo a Dios que renace en nuestro corazón para buscar su gloria, para descubrir su voluntad, para mantener el deseo de querer vivir siempre en esa unión con Dios y nada nos separe de El.
Nace así una oración comprometida, que se implica en nuestra vida y que nos implica en el bien de los demás. La verdadera oración nos compromete desde lo  más profundo de nosotros mismos. Es lo que Jesús quiere enseñarnos. Los discípulos le piden que les enseñe a orar y Jesús les da el sentido de la oración. Hemos cogido quizá literalmente las palabras de Jesús para aprendérnoslas – y eso está bien – y para repetirlas mecánicamente sin dejar que impliquen nuestra vida. No es lo que Jesús quiso enseñarnos. Nos estaba dando sobre todo un sentido, un modo de entrar en relación con Dios, que tenemos que aprender a vivir desde lo  más profundo del corazón y con toda nuestra vida.

Os confieso con sinceridad que todo esto que estoy compartiendo con vosotros es algo que quiero experimentar en mi mismo y es mi tarea y mi lucha diaria para que sea cada vez más autentica mi oración.

martes, 10 de octubre de 2017

El encuentro con la persona es un entrar en otra esfera o dimensión llegando a captar el misterio de la persona, descubriendo su grandeza que nos enriquece a nosotros también

El encuentro con la persona es un entrar en otra esfera o dimensión llegando a captar el misterio de la persona, descubriendo su grandeza que nos enriquece a nosotros también

Jonás 3, 1-10; Sal 129; Lucas 10, 38-42

‘Ya hablaremos en otro momento, ahora tengo prisa, tengo tantas cosas que hacer…’ Es la conversación escueta y hasta cortante que muchas veces sostenemos cuando nos encontramos a alguien por la calle. Nos sucede en cuanto somos nosotros los que queremos saludar a la otra persona que tiene tanta prisa, o porque nosotros actuamos así también en más de una ocasión.
Las prisas de la vida, los quehaceres que no se pueden dejar para otro momento, un escudarse quizás en responsabilidades que tenemos y que nos ocupan todo el tiempo, pero no tenemos tiempo para algo importante, para el encuentro, para la relación de amistad, para interesarnos por los demás, para mantener vivo el calor del amor y la amistad.
No es que tengamos que desentendernos de las cosas que son nuestra responsabilidad, sino es saber hacer una buena escala de valores donde mantengamos nuestra humanidad por encima de todo, donde cuidemos que no nos convirtamos en unos autómatas que mecánicamente tienen que realizar una seria de actividades y que parece que eso fuera lo único importante.
Tenemos que aprender a valorar la relación, el cultivo de la amistad, el hacer que en verdad seamos humanos los unos con los otros. El mundo y la vida no es una máquina que ponemos a funcionar y que automáticamente van saliendo las cosas. Muchas veces nos faltan esas relaciones humanas, que le darían un calor y un color distinto a la vida.
No juzgamos ni criticamos a quienes cumplen con sus responsabilidades; es importante que seamos responsables, que sintamos toda la hondura de la responsabilidad, porque muchas veces también nos puede faltar. Simplemente hemos de descubrir la humanidad que hemos de darle a la vida cuidando nuestras relaciones, nuestro trato con los demás. Y cuando le damos importancia a las cosas, o mejor, a las personas más que a las cosas, sabremos tener tiempo, sabremos encontrar tiempo, porque además en el fondo estaremos deseando ese encuentro.
El encuentro con la persona supone un entrar en otra esfera o en otro dimensión cuando llegamos a captar el misterio de la persona, porque descubriremos sus valores, su grandeza; y en el encuentro aprendemos, en el encuentro nos enriquecemos, en el encuentro cuando es de verdad de corazón seguro que nos llevaremos mucho más de lo que ofrecemos.
Algo de todo esto podemos descubrir en el evangelio que hoy nos propone la liturgia. Jesús que al llegar a una aldea es recibido en la casa de unas hermanas; por los textos paralelos de los otro evangelistas sabemos que se está refiriendo a Betania, allí en las cercanías de Jerusalén en el camino que sube desde Jericó a la ciudad santa y que hacían los peregrinos que viniendo de Galilea bajaban por el valle del Jordán para subir desde Jericó hasta Jerusalén.
Allí es recibido por Marta y por María, las dos hermanas. Y mientras Marta seguía en las ocupaciones de la casa – había tanto que hacer, porque además habían de presentarle los signos de la hospitalidad en el agua y la comida que se preparaba – María se quedó a los pies de Jesús escuchándole. Para María lo importante era estar con su huésped, escucharle, sentir el gozo de su presencia, ofrecerle la hospitalidad de su corazón.
Ya conocemos por el texto del evangelio las quejas de Marta y la respuesta de Jesús. Jesús tampoco juzga ni condena, pero si nos hacer qué es lo importante cuando María ha escogido estar con Jesús para escucharle.
Esto nos daría pie para muchas consecuencias en las actitudes de nuestra vida. Como hemos venido reflexionando, el tiempo para el encuentro personal, para el diálogo, para la escucha del otro. Y eso tiene que ser pauta en muchas actitudes, posturas y acciones que realizamos en la vida. Queremos desde nuestro amor ir a ayudar al otro y ofrecemos todo tipo de asistencia, pero ¿habremos sido capaces de detenernos a hablar con él, escucharle, interesarnos de verdad por lo que al otro le preocupa? Mucho nos daría que pensar. Una forma nueva de acercarnos al otro quizás podríamos descubrir.

lunes, 9 de octubre de 2017

Aquel samaritano que se arremangó para recoger del suelo al caído, para sanarle y ponerle en camino de una vida mejor nos está enseñando no solo lo que tenemos qué hacer sino qué ser

Aquel samaritano que se arremangó para recoger del suelo al caído, para sanarle y ponerle en camino de una vida mejor nos está enseñando no solo lo que tenemos qué hacer sino qué ser

Jonás 1,1–2,1.11; Sal.: Jon 2,3.4.5.8; Lucas 10,25-37


Es cierto que no todos somos iguales ni actuamos de la misma manera, pero sí descubrimos una tendencia o una tentación en la que fácilmente podemos caer muchos simplemente quizá por una cierta falta de sensibilidad o porque lo que hacemos es hacer lo que todo hacen.
Cuando queremos vamos con los ojos cerrados por la vida; no nos queremos enterar de los problemas que hay porque decimos que ya bastante tenemos con los nuestros, o porque, en una frase muy socorrida, no somos ‘unas hermanitas de la caridad’ que tenemos que ir atendiendo a todo el mundo, ya hacemos nuestras ‘obras de caridad’, y decimos que a quienes saben bien aprovecharlo. Si nos fijamos en actitudes así hay mucho de egoísmo e insolidaridad, demasiado endiosarnos con lo que hacemos, y también, por qué no verlo, mucho de discriminación.
Sin más preámbulos ni cuestiones previas ya estamos entrando en la reflexión que tenemos que hacernos con la parábola que hoy Jesús nos ofrece. Pero, cuidado, que la hemos escuchado tantas veces, que tenemos el peligro de decirnos que ya nos lo sabemos, porque bien nos la sabemos hasta de memoria. Y ésta es también una forma de dar un rodeo como aquellos de los que nos habla la parábola.
Un hombre que ha sido saqueado, robado, maltratado, malherido que allí está al borde del camino. Mucho ya se nos está diciendo con estos signos que nos ofrece la parábola. No es solo aquel a quien haya asaltado por el camino de un lugar oscuro o peligroso quizás.
Es el camino de la vida de cada día, el camino que vamos haciendo toda nuestra sociedad y en el que nosotros nos vemos inmersos. Ese camino de nuestro ancho mundo y podemos pensar en muchos lugares, pero es ese camino que pasa a las puertas de nuestra casa, en nuestro propio barrio, en las calles de nuestra ciudad, en los suburbios que nos rodean.
Y suburbios no son solo esos lugares marginales que nos encontramos en todos los sitios, sino son esas personas a las que marginamos o porque no son de los nuestros, porque han venido de otros lugares, o porque están enganchado en vicios o drogas que les han llevar una vida bien inhumana.
Cuidado que están ahí a la vera del camino y no los vemos, o no queremos verlos, o damos tantos rodeos para no mirarles a la cara, para no querer saber quienes son porque ahora no nos van a perturbar nuestra paz y nuestra tranquilidad.
Claro que tendríamos que preguntarnos también quien son esos saqueadores que van destruyendo vida cada día en nuestro entorno, quienes dejan a tantos malheridos en los caminos de la vida. No solo hemos de preguntarnos si nosotros somos los que pasamos de largo o si nosotros con nuestra desidia, con nuestra manera de vivir, con nuestros orgullos de sentirnos personas de bien de alguna manera estaremos creando ese submundo en nuestro entorno.
En nuestra sociedad decimos que las cosas se van poniendo cada vez más difíciles, nos encontramos con gentes con las que no sabemos que hacer, con aquellos hijos quizá que chicos difíciles y que no sabemos como tratar, con aquella juventud que vemos rebelde e inadaptada o porque simplemente son jóvenes que se reúnen en una esquina de la plaza ya los juzgamos, los condenamos, los aislamos y vemos un germen ahí de no se cuentos males.
Pero ¿qué hacemos? ¿qué motivaciones damos? ¿qué imagen presentamos que sea por así decir apetecible para quienes se encuentran sin rumbo en la vida? ¿No los estaremos condenando a que busquen por caminos turbios y equivocados porque no hemos sabido mostrarles en la sociedad unos valores que les hagan mirar la vida de otra manera?
Quizá lo que les estamos mostrando es una carrera loca donde en nuestro afán por llegar a ciertos poderes sean económicos o sociales andamos a codazos, poniéndonos la zancadilla unos a otros, creando rivalidades, generando violencias. No son esos valores apetecibles y dignos lo que estamos presentando aunque pongamos carita de personas de bien, pero que ocultamos tantas corruptelas detrás de nosotros. Somos los que creamos esos suburbios, somos los que estamos dejando malheridos a tantos en el margen de la vida y de la sociedad.
Hoy Jesús con el ejemplo de aquel samaritano que no se dedicó a hablar y a decir muchas cosas bonitas, sino que se arremangó para recoger del suelo al caído, para curarle y para sanarle, para ponerle en camino de una vida mejor nos está enseñando lo que tenemos no solo qué hacer sino qué ser. Ese prójimo, ese próximo, ese que se acerca y se pone al lado, ese que da señales de verdad de unos valores nuevos que serán los que nuestra sociedad herida un día pueda ser un mundo mejor.

domingo, 8 de octubre de 2017

Que seamos capaces de dar un día los frutos de la viña nueva que se manifiesten en el mundo mejor que vayamos creando entre todos porque todos nos sentimos responsables


Que seamos capaces de dar un día los frutos de la viña nueva que se manifiesten en el mundo mejor que vayamos creando entre todos porque todos nos sentimos responsables

Isaías 5, 1-7; Sal 79; Filipenses 4, 6-9; Mateo 21, 33-43

Se creen los dueños de todo. Así pensamos y así decimos cuando vemos que alguien a quien se le ha confiado alguna responsabilidad en la vida social hace y deshace a su capricho como si aquello fuera su finca particular. Vemos con demasiada frecuencia situaciones así y vamos contemplando cómo casi en cascada se van sucediendo casos y casos de corrupción donde aquello que han de administrar como un bien publico y para bien de todos se convierte en un rió inagotable de ganancias personales sin importarle el que un día han de rendir cuentas de aquella responsabilidad. Casi nos hemos acostumbrado a esas cosas que ya en una pérdida del sentido ético de la vida se van casi como naturales y corrientes.
¿A dónde vamos con una sociedad así y con unos dirigentes corruptos que solo buscan sus ganancias personales y su propio enriquecimiento? ¿Qué sociedad estamos construyendo con esa tan terrible falta de responsabilidad? He querido hacer una primera lectura de la parábola que nos propone el evangelio en este sentido, porque siempre tenemos que hacer que esa Palabra ilumine nuestra vida y los problemas y situaciones que en ella nos encontramos cada día.
Jesús al proponer la parábola hablaba clara y directamente a lo que sucedía en su época y lo que realmente había sido la historia de su pueblo. Ya nos especifica muy concretamente el evangelista que ‘jesus les dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo’. Estaba hablándoles a aquellas personas en concreto que le estaban escuchando; estaba simplemente reflejando lo que había sido la historia del pueblo de Israel.
Ya la imagen de la viña aparecía muy hermosa en el Antiguo Testamento en ese canto de amor a la viña del amigo que nos ofrece el profeta. Calcada en esas palabras del profeta es la parábola que Jesús les ofrece. ‘La viña del Señor es la casa de Israel’, hemos repetido en el salmo haciéndonos eco de las palabras del profeta y dándonos pauta para un entendimiento de la posterior parábola.
Nos habla del amor de Dios por su pueblo – esa viña bien preparada y cuidada – pero cómo ese pueblo a través de la historia a pesar de los avisos de los profetas no escucharon la voz del Señor ni dieron los frutos de santidad que de ellos se esperaba. Bien por aludidos se dieron los que ahora escuchan la parábola de Jesús porque su reacción será la que también se propone en la parábola, querrán quitar de en medio a quien les molesta con la voz de Dios y a quien venia en el nombre del Señor.
Es la lectura que hacemos de la parábola para nuestra vida concreta reconociendo que somos esa viña del Señor y tratando de analizar y ver cuales son los frutos que nosotros damos. Lo miramos en nuestra vida personal concreta recordando la infinita gracia del Señor que se nos ha regalado a lo largo de nuestra vida, y viendo de forma concreta la acogida que hemos hecho de esa gracia, la santidad que debería reflejarse en nosotros pero que sin embargo seguimos envueltos en el pecado. Una llamada del amor del Señor a nuestra conversión personal.
Pero hemos de leerlo también como pueblo de Dios, como Iglesia, como comunidad con todo lo que es la historia de nuestra Iglesia o de esa comunidad cristiana en concreto a la que pertenecemos. Dios sigue suscitando profetas en medio de nosotros en la santidad de vida de tantos que son ejemplo y estimulo para nuestro caminar como pueblo de Dios; profetas en esos grandes hombres de Dios que nos ayudan en nuestro caminar y cuya palabra resuena fuerte en medio de la Iglesia pero que no siempre sabemos escuchar como es debido.
Sin querer ir demasiado lejos en nuestros tiempos grandes han sido la figuras de los Papas que han guiado a la Iglesia, o de tantos obispos y sacerdotes – podemos recordar quizá a muchos cercanos a nosotros - con tantos gestos, con tantos signos, con tan clara y valiente palabra que ha resonado en medio de la Iglesia y en medio del mundo. Pero bien sabemos que no siempre han sido escuchados, que muchas veces de forma soterrada o también con ciertos clamores en muchas ocasiones han sido rechazados por tantos que se encierran en sus inmovilismos o en sus conveniencias personales. También en la Iglesia suceden cosas así, no nos escandalicemos que todos lo sabemos.
Y claro podemos pensar y reflexionar – y que esto sirva también de denuncia de los males de nuestra sociedad – en lo que dio principio a esta reflexión con tantas cosas que vemos en nuestro entorno o en nuestra sociedad y que de ello saquemos buenas conclusiones.
Pero Dios sigue cantando ese canto de amor su viña, como recordábamos con el profeta porque Dios sigue amando al hombre y sigue confiando y esperando que en verdad cuidemos esa viña que es nuestro mundo, nuestra sociedad, nuestra iglesia también. Que seamos capaces de dar un día los frutos que se manifiesten en ese mundo mejor que vayamos creando entre todos porque todos sintamos esa responsabilidad.
Que todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta’, como  nos decía san Pablo en su carta. Que brillen con fuerza todas esas características del Reino de Dios en ese mundo nuevo, en esa tierra y en ese cielo nuevo que entre todos tenemos que construir.

sábado, 7 de octubre de 2017

Rezar el rosario a María es entretejer la vida en el misterio de Cristo con los ojos de María

Rezar el rosario a María es entretejer la vida en el misterio de Cristo con los ojos de María

Hechos 1, 12-14; Sal.: Lc 1, 46-55; Lucas 1, 26-38

No podemos comprender debidamente toda la grandeza y todo el misterio de María si no es desde el Misterio de Cristo. Ahí está su lugar y ahí está su grandeza. Es la Madre de Jesús, es la Madre de Dios. Dios que se fijó en ella desde toda la eternidad la hizo grande porque quiso hacerla la Madre de Dios. Y entonces la llenó de todas las gracias; por eso el ángel la llamará la llena de gracia, la que ha encontrado gracia ante Dios. Maria, es la llena de Dios, inundada por el Espíritu de tal manera que el fruto de sus entrañas sería el Hijo del Altísimo.
Pero en todo ese misterio de Dios que se desborda en María con toda su gracia está la colaboración del hombre, del ser humano. Y es que María se dejó hacer por Dios; ella fue siempre la disponible para Dios, la que en todo momento supo abrir su corazón a Dios con total disponibilidad, dispuesta siempre al servicio y al amor, dispuesta a dejarse conducir por Dios, dispuesta siempre a plantar la Palabra de Dios en su corazón y hacerla vida, por eso rumiaba en su interior cuanto acontecía para descubrir el misterio de Dios; guardaba todo en su corazón, que nos dice el Evangelio.
Cuando vamos, entonces, nosotros a María es porque queremos ir a Dios y de ella queremos aprender los caminos, de su generosidad, de su disponibilidad, de su espíritu de servicio, de su amor, de su acogida a la Palabra de Dios, de la apertura de su corazón a Dios. Ella siempre nos hará referencia a Dios, al misterio de Cristo. Ella nos conducirá a Dios, señalándonos el camino que no es otro que Cristo mismo. ‘Haced lo que El os diga’, nos dice a nosotros también como le decía a los sirvientes de las bodas de Caná.
Entonces nosotros con la mirada de María miraremos el misterio de Dios; son los ojos de la madre y son los ojos del amor; es la mirada de la fe, es la mirada que nos ayudará a comprender mejor el misterio de Cristo. Ella que lo guardaba todo en su corazón, como recordábamos, a través de todo ese misterio de Cristo guardado en su corazón nos mira a nosotros y nos enseña a mirar nosotros también la vida y el mundo que nos rodea.
Mirad eso es lo que hacemos cuando rezamos con todo sentido el rosario. Es cierto que es un ir desgranando avemarías como piropos a María, pero tenemos que tener como cristalino de nuestros ojos la mirada de María, que no es otra que el propio misterio de Cristo que ella ha guardado en su corazón.
Por eso mientras vamos desgranando ese puñado de avemarías vamos al mismo tiempo contemplando el misterio de Cristo con los ojos de María, la que guardaba, repito, todo en su corazón. Y si con nuestras avemarías vamos presentándole peticiones a María para que interceda por nosotros ahí estamos poniendo también todo ese misterio de salvación que queremos que llegue a todos los hombres.
Serán los gozos del misterio de Cristo con los gozos y las alegrías de cuantos nos rodean, será el dolor y sufrimiento de la pascua redentora de Cristo que ponemos al lado del dolor de cuantos sufren a nuestro lado o incluso nuestro propio sufrimiento.
Serán los tiempos nuevos de la resurrección y de la plenitud que en Cristo contemplamos con toda esperanza, donde queremos poner también nuestras esperanzas de un mundo de plenitud que solo en Dios podremos alcanzar, pero también las ilusiones y esperanzas por un mundo nuevo que ahora vayamos contrayendo y en lo que nos sentimos comprometidos que con la ayuda de la intercesión de María esperamos que un día podamos realizar.
Hoy estamos celebrando a María en esta hermosa advocación del Rosario queriendo aprender de ella para nuestra oración. Con el Rosario lo hacemos y como todo lo que hacemos con María siempre lo haremos en la contemplación del Misterio de Cristo.
Rezar el santo Rosario
no solo es hacer memoria
del gozo, el dolor, la gloria,
de Nazaret al Calvario.
Es el fiel itinerario
de una realidad vivida,
y quedará entretejida,
siguiendo al Cristo gozoso,
crucificado y glorioso,
en el Rosario, la vida.

viernes, 6 de octubre de 2017

Seamos agradecidos a tanto amor del Señor que de tantas maneras se ha desbordado en nuestra vida y correspondamos con las obras de nuestro amor


Seamos agradecidos a tanto amor del Señor que de tantas maneras se ha desbordado en nuestra vida y correspondamos con las obras de nuestro amor

Baruc 1,15-22; Sal 78; Lucas 10,13-16

¡Qué desagradecido! Con todo lo que han hecho por él. Así reaccionamos cuando vemos gestos de deslealtad, de desagradecimiento en alguien que, quizá por su necesidad, han hecho mucho por él, pero luego no sabe corresponder. Y no es solamente decir la palabra ‘gracias’, que pareciera que algunas veces cuesta no solo pronunciar sino tenerla como actitud en la vida, sino que las muestras que se dan es como si no sirviera para nada aquello que se ha hecho por esa persona porque sus actitudes y posturas no solo van por otro lado sino que muchas veces se ponen en contra. Lo menos que se le pidiera es que al menos por lealtad no se pusiera a hacer la guerra por su cuenta y en contra.
Pero bueno, ¡cuidado!, que nos es muy fácil juzgar lo que vemos o nos parece ver en los demás, pero que quizá no somos capaces de verlo en nosotros mismos. Tenemos que confesar que no siempre correspondemos al bien que nos hacen. Y no es que yo dé porque tu me diste antes, parecería un intercambio comercial lo bueno que hacemos, pero si es bueno corresponder y necesario saber expresar nuestra gratitud con las actitudes de nuestra vida. Y muchas veces, lo reconocemos, no correspondemos debidamente en nuestras mutuas relaciones, empezando por la misma familia, y luego en todo el ámbito de amistades y gente con la que convivimos de quienes, si somos sinceros, recibimos muchas cosas buenas.
Esto nos lo tendríamos que plantear también de nuestra relación con Dios. ¿Cómo correspondemos a cuanto recibimos de Dios empezando por el don de la vida misma? Es en lo que nos hace pensar lo que escuchamos hoy en el evangelio; la queja, podríamos decir, dolorosa de Jesús contra aquellas ciudades de Galilea donde se había prodigado en sus obras y en sus enseñanzas. Aparece así la debilidad del hombre, pero también el orgullo del que llenamos nuestro corazón para no saber o no querer reconocer las obras de Dios.
Jesús les habla de las enseñanzas, de los milagros, de todo cuanto bueno ha hecho en aquellas ciudades. Cada uno tendríamos que pensar en nosotros mismos para humildemente saber reconocer ese paso y esa presencia de Dios por nuestra vida de tantas maneras. Cada uno ha de pensar en lo que ha sido su experiencia religiosa a través de su vida, desde su niñez, en su juventud, en tantos aspectos de nuestra vida. Seguro que sin con sinceridad miramos nuestra vida tenemos experiencias hermosas que recordar. Momentos quizá que nos motivaron y fueron motor de nuestra vida, pero que luego quizá olvidamos porque nos vemos envueltos en tantas cosas que nos atraen por aquí y por allá que dejamos a un lado a Dios.
Pensemos en esa Palabra de Dios que tantas veces hemos escuchado y que ha llegado a nosotros a través de tantas personas o tantos acontecimientos. Han sido esos profetas, esos hombres de Dios, esos Ángeles del Señor, esos signos de la presencia y de la llamada del Señor que ha llegado a nosotros. ¿Cómo hemos respondido? ¿Acaso la hemos olvidado?
Seamos agradecidos a tanto amor del Señor que de tantas maneras se ha desbordado en nuestra vida.