sábado, 19 de agosto de 2017

La mirada limpia de los niños sin ninguna malicia en el corazón tendría que ser siempre nuestra mirada porque siendo como ellos mereceremos la bienaventuranza de poder ver a Dios

La mirada limpia de los niños sin ninguna malicia en el corazón ha de ser siempre nuestra mirada porque siendo como ellos mereceremos la bienaventuranza de poder ver a Dios

Josué 24,14-29; Sal 15; Mateo 19,13-15
No queremos seguir siendo niños ni que nos traten como niños. Queremos crecer. Es ley de vida, podríamos decir, porque la vida es crecimiento, maduración; queremos llegar a ser adultos, porque así tenemos, o creemos tener, nuestra autonomía, nuestra propia personalidad, nuestro propio ser. No queremos que decidan por nosotros, y en la medida en que el niño va creciendo le vamos enseñando a tomar sus propias decisiones hasta que vaya alcanzando esa madurez. Lo peor que nos puede pasar es que nos traten de una forma infantil, porque aun nos consideren niños.
Forma parte todo esto de nuestro desarrollo personal, de nuestra maduración como personas. Cuando vemos a alguien que no se comporta con la debida madurez decimos que se comporta como un niño porque no sabe tomar sus propias decisiones de forma responsable, sabiendo lo que quiere.
Pero hoy Jesús nos desconcierta. La ocasión fue que las madres traían a sus niños para que Jesús les bendijera y los discípulos muy celosos de su maestro y que nada le perturbara trataban de quitarlos de en medio. Ya sabemos cómo son los niños cuando les das confianza y ellos se sienten a gusto. Poco menos que se suben encima de uno. Pero no es eso lo que Jesús quiere. Se siente a gusto con los niños, con su inocencia, con su cariño espontáneo, con la generosidad que suele haber siempre en el corazón de los niños, en ellos no aparece nunca la malicia sino la espontaneidad y lo que buscan es la relación y el encuentro.
De ahí la respuesta a la postura de los discípulos y la actitud de Jesús. ‘Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos’. Y Jesús los atraía hacia él, los abrazaba y los bendecía.
Bendice a los niños. Puede tener esto un gran significado. En aquella sociedad los niños eran poco considerados y valorados. No se les tenía en cuenta. Pero Jesús quiere contar con ellos, más aun, quiere expresarnos en la actitud de los niños algo que no debe faltar nunca en nuestro corazón. No es infantilizar nuestra vida porque, como decíamos antes, tenemos que crecer y que madurar. Pero nuestro crecimiento y maduración no tiene que significar llenar de malicia nuestro corazón.
Esa mirada limpia de los niños sin ninguna malicia en su corazón tendría que ser siempre nuestra mirada. Ya sabemos lo que nos suele suceder, nos llenamos de desconfianzas, recelos que nos hacen no creer en las personas; andamos con la sospecha detrás de la oreja y queremos ver intenciones ocultas en lo que hacen los demás; nos movemos demasiado por intereses y si no sacamos nada para nuestro provecho nos parece que no merece la pena embarcarse en tareas que nos pueden comprometer u ocupar nuestro tiempo.
Y ya sabemos bien que cuando vamos así por la vida vamos llenando de amarguras nuestro corazón y terminamos porque nosotros nos manifestemos como realmente somos, fácilmente ocultamos otra cara en lo que hacemos, y no expresamos nuestra confianza en las personas. Y así no podemos vivir felices porque los recelos y las desconfianzas nos quitan la paz.
En muchas mas cosas podríamos fijarnos de esas actitudes de los niños que Jesús quiere que copiemos en nuestros corazones. Repito, no es infantilizar nuestra vida porque tenemos que madurar como personas, pero que haya esa pureza de corazón que merece la bienaventuranza del Señor. ‘Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios’. Como nos dice hoy ‘de los que son como ellos es el reino de los cielos’.

viernes, 18 de agosto de 2017

Un bello edificio construido sobre el sólido cimiento del amor que en todo momento hemos de saber cuidar y mantener restaurado para contener la inestimable riqueza de la familia


Un bello edificio construido sobre el sólido cimiento del amor que en todo momento hemos de saber cuidar y mantener restaurado para contener la inestimable riqueza de la familia

Josué 24,1-13; Sal 135; Mateo 19,3-12

Caminando por nuestros pueblos y ciudades muchas veces se queda uno maravillado al contemplar bellos edificios en los que a pesar quizás del paso del tiempo sin embargo los seguimos contemplando llenos de belleza y esplendor observando la fortaleza de su construcción que no se ha debilitado, como decíamos, por el paso de los años. Fueron construidos sobre sólidos cimientos y se nota el mimo y el cuidado con que fueron levantados y posteriormente conservados para mantener así esa solidez y esa belleza.
Quizá a su lado observamos edificios en estado ruinoso, no porque no fueran levantados en el lugar adecuado y con los correspondientes cimientos, sino porque quizá sus propietarios no los cuidaron con igual mimo y el paso de los años ha ido dejando en ellos huellas de deterioro y quizá casi de ruina. Una cuidada conservación es casi tan importante como la solidez inicial con que fue construido, porque de lo contrario toda aquella belleza un día se nos vendrá abajo y se destruirá.
Esto me hace pensar en ese edificio tan maravilloso que construimos en la vida y que con tanto cuidado hemos de conservar. No es solo nuestra propia vida individual que hemos de saber edificar bien en el fundamente de unos verdaderos valores y que luego hemos de hacer madurar con el paso de los años manteniendo el cultivo de esos valores que enriquecen nuestra persona.
Pero ahora quiero pensar en ese maravilloso edificio que es el matrimonio sobre el cual vamos a asentar nada menos que toda la riqueza de una familia. No podemos ir a lo loco y a ciegas en el inicio de su construcción, porque ya cada uno de los que componen la pareja que constituye ese edificio por si mismo ha de poner esos sólidos fundamentos en su vida. Pero ahí está la importancia del inicio de esa relación que nos lleva a construir y constituir esa vida en común que es la pareja, que es el matrimonio. No nos podemos cegar por apariencias que nos encandilen ni por pasiones que se nos desborden y que nos impidan poner los sólidos fundamentos de ese amor sobre el que hemos de construir nuestra relación.
Amistad que es comunicación y relación, diálogo que es descubrir los valores de cada uno que hemos de desarrollar, paciencia sin límites para saber ir haciendo las correcciones que sean necesarias para que haya esa verdadera comunicación, sinceridad para poder llegar a ese profundo conocimiento…, muchas cosas más, posturas, actitudes, valores que hemos saber ir descubriendo y cultivando con profundidad para que no nos encontremos en el futuro con la sorpresa de no haber puesto ese sólido cimiento.
Pero será construcción que hemos de mantener siempre en activo, pues aunque llegue el momento en que ya podemos habitar ese edificio porque de verdad se quiere ser pareja matrimonial, el cuidado de ese edificio no lo podemos nunca abandonar. Es grande la riqueza que se va a generar en él con la constitución de una familia y eso mismo nos obliga a mantener ese permanente cuidado para saber reparar, restaurar, mantener en su belleza ese maravilloso edificio del matrimonio y la familia. No podemos permitir que haya valores que se desgasten y se pierdan, cada día hemos de saber descubrir nuevas cosas en la vida de sus miembros que nos hagan enamorarnos de nuevo de quienes son ese amor de nuestra vida.
Me hago esta reflexión cuando hoy en el evangelio Jesús quiere recordarnos esa indisolubilidad del matrimonio y los judíos de entonces le planteaban, como se siguen planteando hoy, los problemas de las rupturas y de los divorcios porque parece que el amor se acaba y se rompe la relación entre personas que se amaban. No nos podemos dejar cautivar por la superficialidad con que se afronta muchas veces la vida olvidando los verdaderos valores que la enriquecen.
Además como creyentes y cristianos hemos de saber reconocer la fuerza de gracia que tenemos en el matrimonio que es sacramento del amor que Cristo nos tiene y que así entonces se hace presente en todas las realidades de nuestra vida, también en el matrimonio y la familia para enriquecerlos y fortalecernos con su gracia. Olvidamos muy pronto muchas veces lo que es la gracia del sacramento del matrimonio y cuando hemos de restaurar algo de ese amor que pueda perder su brillo no sabemos contar con la fuerza y la gracia de la presencia del Señor en nuestra vida.
Cuidemos ese hermoso edificio, que resplandezca siempre por su belleza, solidez y esplendor; que podamos cultivar y guardar en él esa riqueza inmensa que es la familia, célula fundamental de una sociedad mejor.

jueves, 17 de agosto de 2017

Qué dichosos seríamos si fuésemos capaces de aceptarnos y perdonarnos siempre porque así mereceríamos la bienaventuranza de Jesús para los que son misericordiosos de corazón

Qué dichosos seríamos si fuésemos capaces de aceptarnos y perdonarnos siempre porque así mereceríamos la bienaventuranza de Jesús para los que son misericordiosos de corazón

Josué, 3,7-10a. 11. 13-17; Sal 113; Mateo 18,21. -19,1
Una buena convivencia en armonía y paz es lo que todos deseamos; saber entendernos y comprendernos, aceptarnos mutuamente sabiendo que todos tenemos limitaciones y podemos errar, procurar siempre el bien de los demás ofreciendo con generosidad nuestros servicios, nuestras buenas acciones son cosas que deseamos.
Pero bien sabemos que aunque lo intentemos con buena voluntad no siempre es fácil. Surgen las incomprensiones, aparecen en ocasiones los malos modos y exigencias, tenemos la tendencia a querer dominar y que se hagan las cosas según nuestro gusto, y llega un momento en que nos sentimos molestos y ofendidos por lo que alguien hace o dice.
Lo bueno seria que supiéramos superarnos, olvidar esos malos momentos, pero algunas veces se repiten las cosas, parece que no se termina de entender que no somos los únicos ni los reyes caprichosos del mundo, y nos vienen resentimientos por lo que el otro pudo decir, o quizá incluso pensar de nosotros y no digamos nada cuando sentimos que algo nos hiere y toca fibras sensibles de nuestro corazón y nuestra vida.
Es cuando tendría que aparecer nuestra capacidad de comprender y perdonar, pero parece que no siempre está el horno para bollos, como suele decirse, y surge en nosotros una mala reacción con la que también quizá podemos ofender, o al menos nos sentimos resentidos en el corazón y ya no somos capaces de disimular, olvidar y perdonar. y cuando las situaciones se repiten una y otra vez ya no lo queremos dejar pasar y vienen esos distanciamientos, el recelo, el resentimiento y hasta los deseos de venganza; ya se rompió aquella bonita e idealizada convivencia que tanto deseamos porque comenzamos a ponernos barreras de no aceptación porque no somos capaces de perdonar.
Es el eterno problema que no sabemos resolver y que tanto daño nos hace cuando aparecen resabios de odio dentro de nosotros hacia el que me haya podido haber ofendido en alguna ocasión.
Es lo que se nos está planteando hoy en el evangelio. ¿Seremos capaces de perdonar? ¿Perdonaremos y olvidaremos restituyendo de nuevo aquellas buenas relaciones de amistad que se habían perdido? Pero cuando hay reincidencia en la ofensa ¿hasta donde tengo que llegar? ¿Cuántas veces tengo que perdonar?
Es la pregunta y el planteamiento que surge en los labios de Pedro, pero que refleja lo que pensamos en nuestro interior. Ya sabemos bien la respuesta de Jesús porque hasta tantas veces jugamos con sus palabras. Lo que Jesús nos está diciendo ahora no es sino una consecuencia de lo que ya nos propuso en el sermón del monte. Allí llamaba dichosos y bienaventurados a los que fueran misericordiosos en su corazón, a los que habían quitado toda maldad de su espíritu para vivir en la sencillez y en la humildad, a los que en verdad querían la paz y la buscaban no solo para si sino también para los demás.
Luego cuando nos hable del amor nos hablará del amor incluso a los enemigos, a los que no nos hacen bien, por los que además de querer perdonar tenemos también que rezar. Y nos habla Jesús del sol que sale sobre buenos y malos, de la lluvia que Dios envía a justos e injustos para decirnos como es el amor del Señor por todos a pesar de que le hayamos ofendido. Y nos dirá Jesús que tenemos que ser compasivos como nuestro Padre del cielo es compasivo.
No nos extraña, entonces, que Jesús nos diga ahora que no solo tenemos que perdonar siete veces sino setenta veces siete, para decirnos cómo siempre tenemos que perdonar. Y para que lo entendamos nos propone una parábola que nos habla de ese amor infinito de Dios que nos perdona aunque grandes sean nuestras deudas, nuestros pecados, y que entonces así tenemos que saber perdonar esas pequeñas cosas que nos puedan hacer nuestros hermanos. Es que nuestra vida tenemos que envolverla en la misericordia, y así siempre tenemos que perdonar.
Qué paz podemos sentir en el corazón cuando somos capaces de perdonar. Porque cuando no perdonamos somos nosotros los que lo pasamos peor porque no somos capaces de quitar esa mala semilla del rencor y resentimiento de nuestra vida, siempre lo estaremos recordando y siempre estaremos sufriendo a causa de ello. Pero cuando sabemos perdonar, la paz vuelve a nuestro corazón. Con el perdón estamos llenando de la hermosa semilla de la generosidad nuestro corazón y nuestra vida.

miércoles, 16 de agosto de 2017

El camino que hacemos en la vida no es una competición para ver quien es mejor o quien llega primero, sino un camino de hermanos que se dan la mano y mutuamente se alientan en las debilidades

El camino que hacemos en la vida no es una competición para ver quien es mejor o quien llega primero, sino un camino de hermanos que se dan la mano y mutuamente se alientan en las debilidades

Deuteronomio 34,1-12; Sal 65; Mateo18, 15-20
¿Cuál es nuestra reacción o nuestra manera de actuar cuando vemos algo que no nos gusta en alguien de los que están cercan de nosotros? Pudiera ser que en nuestra discreción nos callemos o  nos lo guardemos para nosotros, claro que siempre nos puede quedar la sospecha y la desconfianza hacia esa persona porque no nos gusta su manera de actuar. Pero hemos de reconocer que una salida fácil en la que caemos con demasiada frecuencia es el que pronto lo comentamos con el vecino, con el pariente o con aquel con quien nos decimos que tenemos mucha confianza.
Qué fáciles son las comidillas, los comentarios o los cuentitos que nos traemos los unos a los otros. No nos damos cuenta del daño que hacemos, aunque pretendamos disimularlo en decir que nosotros no levantamos ningún testimonio porque lo que contamos es bien cierto porque lo vimos con nuestros ojos.
Sembramos la desconfianza, contribuimos a quitar la buena fama o consideración que podamos tener de los demás, sin darnos cuenta quizá de que también nosotros somos débiles y tropezamos en tantas piedras en el camino de nuestra vida; bien que tratamos de disimular nuestros errores o debilidades, nos molesta que comenten de nosotros lo que hayamos hecho, y hasta tantas veces quitamos la palabra a quien sospechamos que haya podido hablar mal de nosotros.
Simplemente desde un lado humano de la vida, sintiendo que hacemos el mismo camino y todos podemos tropezar en las mismas piedras tantas veces, nuestra manera de actuar tendría que ser bien distinta. Claro que además tendríamos que considerar, pero a la inversa, aquella reacción de Caín cuando Dios le pregunta por su hermano Abel. ‘¿Es que yo soy el guardián de mi hermano?’ Digo que tendríamos que considerarlo a la inversa porque ya en el sentido que lo decía Caín lo vamos reflejando desgraciadamente tantas veces en la vida.
No nos podemos desentender de los demás, y más cuando nos tenemos que considerar hermanos. Bien que hemos de sentirnos si no guardianes sí hermanos de nuestros hermanos y lo que tendríamos es que tener preocupación por ellos queriendo que siempre caminen también por un camino recto. ¿Qué es lo que nos enseña Jesús en el evangelio?
Hoy nos habla Jesús de la corrección fraterna. Como  hermanos hemos de sabernos corregir con humildad. Nunca podemos considerar menor al hermano porque haya podido cometer errores en la vida, sino que con todo el amor del mundo, porque nos sentimos hermanos, y con toda la humildad de saber reconocer los tropiezos que nosotros también podemos tener, hemos de acercarnos al hermano para ayudarnos mutuamente.
El camino que hacemos no es una competición para ver quien llega primero o quien es mejor en la vida. Es un camino en que sabemos darnos la mano, un camino que hacemos juntos y nos estimulamos mutuamente para superar debilidades y cansancios, un camino en que sabemos alentarnos porque creemos en el hermano aunque lo podamos ver en algún momento hundido, pero sabemos estar a su lado, de la misma manera que vamos a sentir tantas veces que él también está a nuestro lado. Si supiéramos caminar así en la vida que distintas serian nuestras relaciones y nuestra convivencia, nunca nadie tendría que sentirse hundido ni verse menospreciado. Eso que quisieras para ti, trata de ofrecerlo siempre con amor a tu hermano.

martes, 15 de agosto de 2017

Contemplar y celebrar la glorificación de María en su Asunción es sentirnos estimulados porque ella es nuestro modelo y nuestro consuelo que nos llena de esperanza

Contemplar y celebrar la glorificación de María en su Asunción es sentirnos estimulados porque ella es nuestro modelo y nuestro consuelo que nos llena de esperanza

Apoc. 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10ab; Sal 44; 1Cor. 15, 20-27ª; Lc. 1, 39-56

En la vida necesitamos puntos de referencia que de alguna manera nos marquen el camino; no solo es señalarlos la verdadera ruta sino además servirnos como de estimulo para que sigamos avanzando a pesar de que en ocasiones el camino se nos vuelva dificultoso o nos aparezcan los problemas. No son simples señales de trafico que nos dicen por donde ir correctamente, y que si las seguimos con fidelidad estamos seguros de no errar en nuestra ruta.
Eso sería como muy elemental y más que marcas materiales, o leyes y normas que nos digan lo que podemos o no podemos hacer, como decíamos, lo que necesitamos son estímulos en quienes vemos que han hecho ese camino y nos están dando esperanza porque de alguna manera nos dicen que ellos lo hicieron antes que nosotros y nosotros podemos hacerlo también. Son los ejemplos que podemos encontrar en los demás; una persona que vemos vivir en rectitud a pesar de los avatares de la vida es la mejor prédica que podamos tener para nosotros vivir también en esa misma rectitud.
Son los ejemplos que podemos admirar en nuestros padres o las personas que influyen en nuestra educación. La altura moral que podemos descubrir en nuestros educadores es el mejor testimonio que podamos recibir para cultivar en nosotros nuestra propia personalidad. No simplemente copiados sino que su testimonio es estimulo que se puede convertir en fuerza interior para nuestro crecimiento personal.
En el camino de nuestra vida espiritual y cristiana tenemos el evangelio que nos señala cual ese ideal de nuestra vida para vivir intensamente el Reino de Dios que nos anuncia Jesús. Por supuesto sabemos que no nos falta la gracia del Señor que fortalece nuestras vidas para alcanzar esa plenitud de vida eterna que nos ofrece Jesús con su salvación.
Pero esa gracia de Dios llega a nosotros en el testimonio de los santos que ante nosotros se presentan como modelos de lo que es vivir ese camino del seguimiento de Jesús y al mismo tiempo son estimulo para nosotros para superar cuanto hayamos de superar y vencer para vivir plenamente el Reino de Dios. Es así siempre como hemos de ver los santos al lado de nuestra vida, no como unos talismanes que nos van a solucionar los problemas milagrosamente sin que nosotros pongamos de nuestra parte ese esfuerzo en el seguimiento de Jesús.
Eso podemos decir del conjunto de los santos que nos acompañan en nuestro caminar, sean los santos que en el transcurso de la historia nos han quedado ahí como modelos permanentes de nuestra vida cristiana, sean los santos que caminan aun a nuestro lado cuando el camino junto a nosotros pero cuyo testimonio podemos contemplar en su entrega, en su dedicación y en la santidad de sus vidas.
Pero ¿qué no podemos decir de María, la madre de Jesús y nuestra Madre? La hemos endiosado por llamarla la Madre de Dios, y lo es, y parece que algunas veces la hemos hecho supraterrena y la hemos colocado demasiando alta en sus altares, olvidando que ella fue una como nosotros, que caminó también sobre el barro de esta tierra al lado de Jesús y así es el mejor ejemplo de Madre que a nosotros nos puede acompañar en el camino de nuestro seguimiento de Jesús.
Hoy precisamente la contemplamos glorificada en su Asunción al cielo y la hemos llenado demasiado de mantos y de joyas, que sí es cierto le ofrecemos en nuestro amor de hijos, pero que pudieran alejarla de nosotros y no terminemos de ver cuales son las verdadera joyas que adornan su vida y en lo que es verdadero ejemplo y estimulo de lo que tiene que ser nuestro seguimiento de Jesús.
‘Ella es figura y primicia de la Iglesia’, como la proclama la liturgia de este día de su glorificación. Así tenemos que verla, contemplarla. El evangelio de hoy la presenta caminante para el servicio, cuando va a casa de su prima Isabel donde sabe que la pueden necesitar.
Somos, sí, ese pueblo peregrino, ese pueblo caminante aquí en medio de nuestro mundo y también con una misión. Nuestra misión no es otra que la del servicio, la del amor. El mundo que nos rodea necesita de nuestro amor, necesita ver nuestra dedicación al servicio de los demás, necesita esa palabra y esa luz que les puede ayudar e iluminar para encontrar también un sentido nuevo y un valor nuevo de cuanto hacemos. Es el testimonio del servicio que nosotros hemos de dar, aunque muchas veces nos cueste salirnos de nosotros mismos.
Y contemplamos hoy a María, que se pone en camino, cuando quizás ella necesitaba en su incipiente maternidad ayuda de los demás, pero es capaz de olvidarse de si misma para ir al encuentro de Isabel. ¿No es eso lo que nosotros también tendríamos que hacer? Tenemos el peligro y la tentación tantas veces de reservarnos para nosotros mismos. Miremos a María, que nos estimula con su ejemplo, con su amor, con su caminar para que aprendamos y tengamos fuerzas para hacer lo mismo. ‘Consuelo y esperanza de tu pueblo, todavía peregrino en la tierra’, que repito la proclama hoy la liturgia.
Hoy, como decíamos, la contemplamos glorificada en su Asunción al cielo. Es la gloria de la Iglesia, es la gloria que un día esperamos nosotros también alcanzar. Hacemos este camino del Reino de Dios con la esperanza de la gloria del cielo. Sabemos que podemos alcanzarla. Jesús nos decía que El iba a prepararnos sitio. Con esas metas de eternidad feliz y dichosa junto a Dios caminamos este camino de nuestro mundo sembrando esas semillas del Reino de Dios con nuestra entrega, con nuestro servicio, con la responsabilidad con que queremos vivir el momento presente de nuestra vida, sin perder nunca la alegría de la fe porque hay esperanza en nuestro corazón.
Miramos a María y nos sentimos estimulados a seguir haciendo ese camino; miramos a María y sentimos fuerza en nuestro corazón porque no nos falta la gracia del Señor que ella intercede por nosotros y para nosotros; miramos a María y pretendemos parecernos a ella para ser luz para nuestro mundo, para llevar esa luz de Cristo como ella supo y sabe seguir llevándola para iluminar nuestros caminos.
La llamamos en nuestra tierra María de Candelaria, y así la celebramos también gozosamente en este día, porque nos trajo la candela, nos trajo la luz, sigue iluminando nuestro camino con la luz de Jesús. Hoy doblemente en nuestra tierra nos sentimos llenos de gozo en esta fiesta de María, por cuanto significa su Asunción y glorificación, por cuanto la podemos llamar Madre de Candelaria para iluminarnos de su luz, que es siempre la luz de Jesús.

lunes, 14 de agosto de 2017

Que la luz de la resurrección siempre nos ilumine para superar los momentos oscuros que nos puedan aparecer en la vida

Que la luz de la resurrección siempre nos ilumine para superar los momentos oscuros que nos puedan aparecer en la vida

Deuteronomio 10,12-22; Sal 147; Mateo 17,22-27
Cuando presentimos que las cosas no nos van a salir bien, que aquella meta que nos habíamos propuesto, aquellos objetivos que nos habíamos trazado, o aquella tarea en la que nos habían embarcado no lo podremos realizar sentimos en nuestro interior como una sensación de fracaso, de rebeldía interior que no queremos ni pensar en lo que nos pueda suceder. Tantas veces en la vida nos sentimos hundidos y una posible reacción es huir de ello, no querer pensarlo, imaginar que son solo sueños negativos que pasarán y de los que nos vamos a despertar. Ahí tendría que aflorar nuestra entereza, nuestra valentía y madurez para afrontar los problemas, para intentar de asumir cosas o tratar de buscar caminos o soluciones. Pero quizá es nos resulta mas cómodo echarlo en el baúl del olvido.
¿Cómo se sentirían los discípulos cuando Jesús les anuncia que un día todo aquello puede terminar en un fracaso? Jesús les anuncia que el Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los gentiles, Jesús les anuncia incluso su muerte, y eso es un mazazo muy fuerte en sus conciencias y en sus ilusiones. Ellos creían en las palabras de Jesús, sus corazones ardían de esperanza cuando les hablaba de Reino nuevo, el Reino de Dios aunque no terminaran de entender en qué consistía, por lo que aun andaban con sus sueños y ambiciones muy humanas y muy terrenas. Pero que ahora Jesús les diga que El va a morir porque lo traicionarán y lo entregaran, es algo que no les cabe en la cabeza.
Normal fue la reacción de Pedro en otra ocasión en que Jesús les había hecho el mismo anuncio de querer quitarle esas ideas de la cabeza a Jesús como cuando nos viene alguien contándonos de sus tenebrosos sueños y tratamos de ayudarle a que no piense en esas cosas. Pero Jesús había rechazado aquella buena voluntad de Pedro, por eso ahora ante este nuevo anuncio se queden en silencio, desconcertados una vez mas y sin saber qué hacer o qué decir.
Jesús está preparándonos para que sean fuertes en esos momentos difíciles. El sabe que llegará el momento en que se dispersaran como se dispersan las ovejas cuando llega el peligro, cuando aparece el lobo, en que cada una intentará escapar como pueda. Algo así les puede pasar a ellos. Pero las palabras de Jesús no son augurios oscuros solo de muerte, sino que Jesús siempre les anuncia la resurrección, que al tercer día resucitará. Pero serán palabras que tampoco entienden, les da miedo preguntar y se quedarán también en el olvido hasta que suceda.
Pero no nos hacemos esta consideración solo para analizar lo que le sucedía a los discípulos y su reacción. Escuchamos esta Palabra de Jesús que también quiere iluminar nuestra vida para cuando tengamos que enfrentarnos a situaciones similares. No siempre logramos avanzar como quisiéramos personalmente en nuestra vida cristiana y en ese camino de superación personal. Son muchas nuestras flaquezas y nuestros tropiezos pero no podemos hundirnos. Tenemos siempre la certeza de la presencia de Jesús junto a nosotros, la fuerza de su gracia que nos ayuda a superar esos momentos oscuros y a levantarnos con nueva ilusión y esperanza.
Muchas veces mirando en nuestro entorno, mirando la situación de la Iglesia en medio del mundo, contemplando la vida de los propios cristianos muchas veces tan llena de superficialidades y sin una verdadera espiritualidad, nos podemos sentir en esa dura sensación de preguntarnos qué es lo que estamos haciendo, que es lo que hace la iglesia, si realmente la vida de los cristianos es esa sal y levadura en medio del mundo, esa luz para cuantos nos rodean.
Pudiera entrarnos igualmente el desanimo, sentirnos fracasados, o desorientados sin saber qué hacer o qué camino tomar. Escuchemos siempre con mucha fe las palabras de Jesús que tratan de alentarnos y poner mucha esperanza en el corazón. Siempre el anuncio de Jesús terminar con resplandores de una anunciada resurrección. Es posible esa vida nueva, ese hombre nuevo, ese mundo nuevo, y en esa tarea tenemos que seguir empeñados porque con nosotros está el Señor.
No perdamos nunca la esperanza. Que la luz de la resurrección siempre nos ilumine para superar los momentos oscuros que nos puedan aparecer en la vida.

domingo, 13 de agosto de 2017

Muchas pueden ser las dudas y oscuridades que tengamos en la travesía de la vida pero Jesús estará siempre con nosotros siendo nuestra luz y nuestra fortaleza

Muchas pueden ser las dudas y oscuridades que tengamos en la travesía de la vida pero Jesús estará siempre con nosotros siendo nuestra luz y nuestra fortaleza

1Reyes 19, 9a. 11-13ª; Sal 84; Romanos 9, 1-5; Mateo 14, 22-33
Siempre andamos en caminos de búsqueda. De una forma o de otra, pero buscamos, queremos saber, queremos conocer algo más, algo nuevo; buscamos porque nos sentimos insatisfechos y con hambre; no contentos con lo que somos o con lo que tenemos queremos algo distinto, algo nuevo, deseamos algo más.
Buscamos porque queremos ir más allá, aunque eso entrañe riesgos; es como atravesar un mar nuevo, desconocido quizá o que nos puede propinar sorpresas; pero en el fondo es que queremos trascendernos porque lleguemos nosotros a algo distinto o porque lleguen nuestras cosas o lo que somos a los demás y puedan serle también de ayuda.
Buscamos porque no queremos quedarnos en metas mezquinas y caducas, tenemos ansia de algo más grande, más perfecto, algo que nos satisfaga por dentro. Queremos salirnos de oscuridades que nos ahogan o nos encierran, porque la luz nos da libertad, nos hace ser más nosotros mismos y nos conduce a una mayor plenitud. No nos contentamos con que nos digan lo que tenemos que hacer o cómo tenemos que ser, queremos ampliar horizontes para nuestra vida.
Pueden ser muchas las maneras cómo hagamos la búsqueda; preguntando, escuchando, abriendo los ojos y los oídos a la vida, a lo que sucede, a lo que piensan los demás; queriendo quizá saber por nosotros mismos, palpando con algo más que nuestras manos lo que vamos encontrando porque lo pasamos por el tamiz de nuestra reflexión, porque comparamos unas cosas y otras buscando sentido, razón de ser de lo que encontramos; poniéndonos en camino porque nos abrimos a nuevos horizontes, atravesando los mares de la vida; arriesgándonos a salir de lo que ya somos o tenemos, a salir de seguridades que nos atan, quitando miedos y temores.
Sin embargo a pesar de todas esas ansias de búsqueda, que son deseos de plenitud que hay en nosotros, a veces dudamos y nos confundimos, tenemos miedos y nos acobardamos, nos parece que andamos perdidos, sentimos la soledad allá en lo más hondo de nosotros mismos aunque estemos rodeados de muchos, mientras nos entran momentáneas valentías que parece que nos hacen correr luego nos vienen los tropiezos y los desánimos.
¿Cómo encontrar seguridad? ¿Dónde poner nuestros apoyos? ¿Dónde encontramos luz para ese camino?
Ha surgido en mi interior toda esta reflexión que me vengo haciendo al leer y meditar el evangelio de este domingo que nos habla también de una travesía. Después de aquellos episodios del desierto con la multitud que seguía a Jesús, que buscaba a Jesús y se vieron hambrientos en aquellos descampados sin saber donde acudir para saciar su hambre cuando Jesús hizo que se multiplicaran los panes y los peces para que todos comieran, Jesús embarcó a los discípulos para que atravesaran el lago hacia la otra orilla a pesar de que la noche ya comenzaba a caer.
Fue una travesía que se les hizo difícil. Hasta el viento lo tenían en contra y Jesús no estaba con ellos. Remaban buscando alcanzar la otra orilla pero  no lograban avanzar; las dudas y los miedos comenzaron a aparecer en sus corazones por haberse embarcado en aquella travesía y hasta les pareció ver fantasmas. Se sentían solos y perdidos a pesar de que eran unas aguas que tantas veces habían atravesado.
Como nos encontramos tantas veces en la vida. Aunque parece que todo sigue igual nos llegan también momentos de incertidumbres y de dudas, de desorientación y no saber que buscar ni entender cuanto nos sucede. Tenemos buenos deseos en nosotros pero no siempre parece que podamos realizarlos y no alcanzamos las metas que nos proponemos en la vida. Los problemas en ocasiones se nos amontonan y será en la familia, será en el trabajo, será en nuestras relaciones con los demás, será en eso bueno que quizás nos habíamos propuesto realizar y que ahora no nos sale, será en el camino de nuestra vida espiritual o nuestro compromiso cristiano, son tantas las cosas que nos hacen perder la estabilidad y la paz.
Pero Jesús no nos deja solos en esa travesía, en esa búsqueda. Nunca nos vamos a sentir solos. Nosotros, es cierto, buscamos porque hay cierta inquietud en nuestro interior, pero es El quien nos sale al encuentro. Algunas veces, como sucede en el evangelio de hoy, nos confundimos, no lo vemos claro, queremos pruebas. Decían que era un fantasma, pero cuando Jesús les dice que era El, Pedro quiere asegurarse y como prueba le pide que él también pueda ir caminando sobre el agua como hace Jesús. Y camina hacia Jesús, pero a la menor dificultad, una ola que parece levantarse, Pedro duda y se hunde. Pero allí está la mano de Jesús.
Creo que podemos ver el cierto paralelismo de aquellas búsquedas de nuestra vida, de las que antes hablábamos, con este pasaje del evangelio. Y de una cosa si hemos de estar ciertos y seguros, que Jesús no nos abandona, sale a nuestro encuentro, tiende su mano para levantarnos, nos llevará siempre a buen puerto.
Con Jesús nuestra vida se trasciende; con Jesús todo va a tener un hondo sentido; con Jesús caminaremos siempre abiertos a nuevos horizontes y a la búsqueda de metas bien altas. Con Jesús no nos sentiremos nunca solos ni en oscuridad, aunque haya momentos de dudas, de flaquezas en nuestra vida, porque Jesús quiere seguir siempre contando con nosotros. Con Jesús vamos a encontrar esa plenitud de nuestra vida, caminos de verdadera felicidad, paz para siempre en nuestro corazón.

sábado, 12 de agosto de 2017

La fe es una planta muy delicada que hay que saber cuidar mucho y bien para tener fuerza para mirar a lo alto, vivir nuestro compromiso de amor y arrancarnos de nuestros apegos y debilidades

La fe es una planta muy delicada que hay que saber cuidar mucho y bien para tener  fuerza para mirar a lo alto, vivir nuestro compromiso de amor y arrancarnos de nuestros apegos y debilidades

Deuteronomio 6, 4-13; Sal 17; Mateo 17, 14-20
‘¿Y por qué no pudimos echarlo nosotros?’ Se sentían impotentes. Habían traído hasta Jesús a un niño que estaba enfermo; en la ausencia de Jesús el padre les había pedido a los discípulos que lo echaran; ya Jesús cuando un día los había enviado a anunciar el Reino les había dado poder para curar y echar demonios; ahora no habían podido. Se sentían impotentes.
Como nos sentimos nosotros en tantas ocasiones. Queremos pero no podemos, no somos capaces. Será en momentos de nuestra propia lucha personal de superación; quisiéramos superarnos, vencer aquellas situaciones que son como tentaciones para nosotros, pero no somos capaces porque volvemos una y otra vez, como suele decirse, a las andadas.
Será en momentos en que queremos hacer cosas buenas, ayudar a los demás, pero nos sentimos incapaces, se nos atraviesan tantas cosas en el corazón que debilitan nuestra voluntad; nos fijamos quizá primero en las debilidades del otro que no nos gustan que se nos quitan las ganas quizá de ayudarle.
Será en los momentos de compromiso en nuestro trabajo social, en nuestro querer hacer que nuestra sociedad sea mejor, pero nos cuesta avanzar porque no siempre la gente colabora, porque son tantas las cosas que habría que enderezar que ya no sabemos como hacerlo.
Será en el camino de nuestra vida espiritual, en nuestra santidad personal, en nuestra lucha contra el pecado, pero son tantos los apegos, son tantas las cosas que nos arrastran por este mundo tan materialista y sensual, serán esas rutinas y malas costumbres que hay en nuestra vida y que nos cuesta cambiar, que nos sentimos tan débiles que hasta sentimos la tentación de tirar la toalla, porque nos parece que esa vida espiritual no es para nosotros. Tentaciones de una forma o de otra que nos van apareciendo en la vida.
Nos hace falta un motor que nos de fuerza en ese camino de la vida para seguir caminando, para seguir superándonos, para seguir queriendo hacer cosas buenas, para mantenernos en ese compromiso por hacer que nuestro mundo sea mejor. ¿Dónde encontraremos esa fuerza?
Cuando los discípulos le comentan a Jesús que por qué ellos no pudieron curar a aquel muchacho, les dijo solamente una cosa, la falta de fe. La fe mueve montañas. Como nos dice Jesús hoy, como un granito de mostaza. Parece algo pequeño e insignificante, pero es el arranque de nuestra fe, la fortaleza de nuestra vida. Nosotros creemos, decimos, pero nuestra fe es débil. Parece en ocasiones que no estuviéramos convencidos porque dudamos de nuestra fe.
Es cierto que es una planta muy delicada que hay que saber cuidar mucho y bien. Y la fe se fortalece con la fe, sí, creyendo cada vez más en Jesús y sintiéndonos de verdad unidos a El, queriendo escuchar su Palabra y poniendo toda nuestra fe en esa Palabra que llega a nuestro corazón. Será entonces nuestra oración, nuestra unión con el Señor para sentirle, escucharle y vivirle desde lo más hondo de nuestro corazón. Y nos sentiremos fuertes, y creeremos en aquello que estamos haciendo, y superaremos todos los obstáculos que vamos encontrando, y nos arrancaremos de todas esas rémoras y todos esos apegos que no  nos dejan avanzar, y levantaremos nuestros ojos a lo alto para darle un verdadero sentido espiritual a nuestra vida.
Que crezca de verdad la fe en nuestro corazón y nuestra vida estará llena de fuerza y de plenitud.

viernes, 11 de agosto de 2017

Dejémonos sorprender por las palabras de Jesús que abren ante nosotros horizontes de plenitud para ser verdaderamente felices siempre con los demás

Dejémonos sorprender por las palabras de Jesús que abren ante nosotros horizontes de plenitud para ser verdaderamente felices siempre con los demás

Deuteronomio 4,32-40; Sal 76; Mateo 16,24-28
Hay cosas, palabras, hechos que nos resultan muchas veces paradójicos; nos cuesta entenderlos, porque puede parecer que se contradicen en si mismas. Y algunas veces el mensaje del evangelio choca con nuestra manera de pensar o de ver las cosas; en nuestras lógicas humanas nos parece que las cosas han de transcurrir por un camino, pero viene Jesús y nos dice algo que nos deja desconcertados, porque es una nueva visión, un nuevo sentido a aquello que nos parecía que teníamos muy claro. Y os digo una cosa, si en verdad queremos seguir el camino de Jesús, dejémonos sorprender.
Hoy Jesús nos habla de cruz y eso nos puede parecer una ignominia; en la cruz morían los peores malhechores, esa muerte no se deseaba a nadie. Hablarnos de cruz nos hace pensar en sufrimiento y en muerte. Pero la paradoja está que cuando Jesús nos habla de cruz nos está hablando de vida, nos está hablando de amor.
¿Es necesario buscar la cruz y la muerte como si fuera un destino fatídico y algo sádico a lo que hemos de someternos? Pero  no es así como tenemos que hacernos la pregunta. La pregunta sería si somos capaces de amar, de darnos, de entregarnos por ese amor hasta las últimas consecuencias. Amamos y queremos vivir; amamos y queremos trasmitir vida; amamos y queremos la vida para aquel a quien amamos; amamos y por quien amamos somos capaces de todo en nombre de ese amor.
Y cuando amamos de verdad – no solo con bonitas palabras como si todo fuera un sentimentalismo y un romanticismo – somos capaces hasta de olvidarnos de nosotros mismos por ese amor. ¿No es eso lo que hace el enamorado de verdad? Tendrá momentos de romanticismo, de bonitas palabras, de poesía y música por así decirlo, de emociones y sentimientos, pero no nos quedamos ahí, ese amor va mucho más allá porque se convierte en vida y en sentido de vida. No importa ya que haya momentos en que haya que sufrir por ese amor, en que nos neguemos muchas cosas para nosotros porque queremos darlo todo por quien amamos.
Es lo que nos está queriendo decir Jesús hoy. Tomar la cruz, tomar el camino de la cruz es tomar el camino del amor y de la vida; ese camino de amor y de vida que nos lleva a la mayor plenitud, a la mayor felicidad. Porque en la verdadera felicidad no nos buscamos a nosotros mismos; la verdadera felicidad no la vivimos en solitario, la verdadera felicidad la viviremos siempre con quien amamos; vivir la verdadera felicidad siempre nos llevará a los otros, porque de lo contrario no seriamos verdaderamente felices.
Claro que eso no siempre será fácil, porque tendremos que aceptar muchas limitaciones en nosotros o limitaciones que veamos en la persona amada; pero es que estamos emprendiendo un camino de superación, de crecimiento y eso siempre cuesta. En la superación y en el crecimiento se está abriendo ante nosotros nuevos caminos, nuevas posibilidades, nuevos horizontes en los que buscamos siempre la plenitud.
Para alcanzar esa plenitud tendremos que desprendernos quizá de muchas cosas que como rémoras nos pueden impedir avanzar. Será controlar violencias y orgullos que aparecen en el corazón, será controlar malos sentimientos que puede florecer en cualquier momento por nuestros celos o desconfianzas, será comenzar a mirar con mirada nueva porque quitemos las oscuridades de las envidias o los resentimientos, y así tantas cosas. Camino de cruz, de purificación, pero que es camino de vida que hacemos por amor.
¿Paradojas, como decíamos al principio? No, es descubrir el verdadero camino que nos conduce a la vida en plenitud y que verdaderamente nos hará felices viviendo esa felicidad siempre con los demás.

jueves, 10 de agosto de 2017

Cuando Lorenzo presenta a los pobres como la verdadera riqueza de la Iglesia está gritándonos a los hombres de nuestro tiempo que hemos de manifestarnos auténticos en el amor y la misericordia

 Cuando Lorenzo presenta a los pobres como la verdadera riqueza de la Iglesia está gritándonos a los hombres de nuestro tiempo que hemos de manifestarnos auténticos en el amor y la misericordia

2Corintios 9,6-10; Sal 111; Juan 12,24-26
Hoy celebramos la fiesta de san Lorenzo, mártir y es una lástima que los cristianos nos quedemos muchas veces en lo superficial y menos importante de lo que es hacer memoria y celebrar a un santo. ¿Qué sabemos la mayoría de la gente de san Lorenzo? Porque contemplamos su imagen con una parrilla junto a su figura recordamos la forma de su martirio y por aquello de que estamos en verano con tiempos calurosos, nos quedamos simplemente en el hecho de su martirio quemado en una parrilla, pero poco más conocemos de él.
Lorenzo era diácono de la Iglesia de Roma, aunque el procedía de España; al diácono, servidor, le estaba encomendada la misión de administrar los bienes de la Iglesia a favor de los pobres. Había sido martirizado el Papa Sixto y ahora el emperador quería apoderarse de lo que decían que eran las riquezas de la Iglesia. Eran tiempos duros de persecución. Y el emperador le pide a Lorenzo que entregue las riquezas de la Iglesia. Y allá se presenta Lorenzo ante el emperador con los pobres de las calles de Roma, a los que atendía en sus necesidades, diciéndole que esa eran las riquezas de la Iglesia. Podemos imaginar fácilmente la reacción del emperador y de ahí el martirio de Lorenzo.
Las riquezas de la Iglesia son los pobres a los que atiende en su misericordia. No lo olvidemos. Así fue entonces, así ha sido y así tiene que ser siempre. Ahí está nuestra verdadera riqueza, nuestra gloria. El servicio a los más necesitados. Algunas veces nos cuesta entenderlo. Muchas veces caemos en el pecado de la confusión, de la apariencia y vanidad y hasta de la avaricia queriéndonos rodear de riquezas materiales. En nombre quizá de la promoción de la cultura, lo que está muy bien también, quizá en la historia hemos caído en ese pecado de rodearnos de demasiados signos de riqueza y de poder.
La lección de Lorenzo sigue siendo actual hoy y es un grito que tenemos que escuchar en lo más hondo de nosotros mismos y en lo más profundo de la Iglesia. Esos signos de poder mundano no son los que nos dan credibilidad sino el amor, la atención a las necesidades de los pobres, la caridad y la justicia para con aquellos que sufren y es donde de verdad hemos de manifestar nuestra grandeza.
Sigue costándonos despojarnos de esos oropeles mundanos que siempre han sido una tentación para todos, y también para la Iglesia. Fue la tentación de Santiago y Juan cuando pedían primeros puestos  en el reino futuro de Jesús, y era también la tentación de Pedro cuando preguntaba qué les iba a tocar a ellos que un día lo habían dejado todo por seguir a Jesús.
Será necesario que nos interroguemos con toda sinceridad qué estamos haciendo del evangelio de Jesús cuando actuamos con demasiados criterios mundanos. Porque el mundo dice, porque la gente dice, porque las leyes del mundo reclaman, olvidamos el evangelio del amor y de la misericordia.
Será a través de un amor verdadero, auténtico sin engañosas apariencias, será a través de una misericordia que exprese con todos los pecadores, sea cual sea su pecado, la ternura y el amor de Dios que sigue confiando y contando con nosotros, como verdaderamente nos haremos creíbles, porque seremos auténticos en la vivencia del evangelio. Todavía en muchas ocasiones hacemos cosas para contentar al mundo, y no terminamos de expresar lo que es el amor, la misericordia y la ternura de Dios. Y eso todavía nos cuesta entenderlo.

miércoles, 9 de agosto de 2017

Cuando entramos en diálogo no nos ponemos los unos frente a los otros, sino que comenzamos a ponernos a su lado comprendiendo sus razones o sus motivaciones mas profundas

Cuando entramos en diálogo no nos ponemos los unos frente a los otros, sino que comenzamos a ponernos a su lado comprendiendo sus razones o sus motivaciones mas profundas

Núm. 13, 2-3. 26-14, 1. 26-30. 34.35; Sal. 105; Mt. 15, 21-28
Cuántas veces nos sentimos incómodos cuando tenemos a nuestro lado a alguien que no hace sino contarnos sus penas, sus agobios o sus problemas. Quizá de entrada queremos sentirnos buenos y lo escuchamos, pero cuando vemos que sus explicaciones se multiplican, que nos repite una y otra vez lo mal que está o los problemas que tiene, que quizá nosotros nos sentimos inútiles porque no sabemos qué hacer o cómo ayudarle, la situación se nos vuelve incómoda y ya quizás no pensamos sino como vamos quitarnos de encima a aquel que nos repite una y otra vez sus penas.
No está posiblemente en nuestras manos el darle una solución definitiva a su situación, pero ya no sabemos que palabras decirle o cómo darle algo de esperanza. Nos lo quisiéramos quitar de encima y comenzamos a poner barreras.
Así vamos a veces por la vida queriendo hacernos oídos sordos porque si conocemos la situación de tantas que pasan dificultades eso nos va a producir una inquietud interior que pudiera quizás amargarnos el día. Pensamos en posibles grandes soluciones y quizá todo lo que necesita esa persona es que la escuchen y estén a su lado. Nos queremos desentender para no complicarnos la vida y pensamos que así seriamos más felices, pero nos queda quizá un poso amargo en nuestro interior porque sabemos que no estamos dando la respuesta que tendríamos que dar. Y quizá las respuestas que nos piden son más sencillas de lo que imaginamos.
Jesús se había salido de lo que seria propiamente tierra judía. Andaba por tierras de Fenicia, en las cercanías de Tiro y Sidón. Y una mujer de aquella tierra, a la que quizá le habían llegado  noticias de aquel profeta de Galilea tiene una hija enferma para la que no encuentra solución a su mal y acude a Jesús. Sabe bien quien es Jesús o al menos piensa en él como la solución taumaturguita para la enfermedad de su hija y va detrás de Jesús gritando y pidiendo compasión.
Parece que Jesús no quisiera escuchar. Aquella mujer no es judía. Sin embargo grita tras Jesús. Serán los discípulos los que ahora insistan e intercedan. Quizá por quitársela de encima porque ya es una lata aquellos gritos continuados detrás de Jesús. ‘Atiendela que viene detrás gritando’ y esto no hay quien lo aguante, parece que le dicen a Jesús.
Y comienza el diálogo entre Jesús y aquella mujer aunque de principio pareciera que las palabras son duras. Era el lenguaje distante y cortante que empleaban habitualmente los judíos en sus relaciones con los paganos. Pero aparece la humildad de aquella mujer, aparecen las mas preciadas flores de su corazón con un fe intensa en Jesús. Las palabras que nos trasmite el evangelista son escuetas, como es normal en los diálogos del evangelio, pero podemos pensar en una comunicación más extensa entre aquella mujer y Jesús para que aflorara así la fe de aquella mujer que Jesús terminará alabando. ‘Mujer, qué grande es tu fe’.
Cuantas veces un dialogo sincero y humilde hace aflorar lo mejor que hay en nuestro corazón. Quizá nuestras diferencias nos hacen estar distantes, pero esos muros se pueden caer cuando hay sinceridad en el corazón y sabemos entrar en autentica comunicación con el que está al otro lado al que ya no tendríamos que mirar enfrente.
Cuando entramos en diálogo ya no nos ponemos los unos frente a los otros, sino que comenzamos a ponernos a su lado. Y ponernos a su lado es comprender sus razones, sus motivos, el por qué de lo que dice o de lo que hace, lo que motiva de verdad su vida o sus peticiones. Es una nueva comunicación. 

martes, 8 de agosto de 2017

Aunque en la vida tengamos muchas veces el viento en contra la presencia de Jesús que no nos abandona y no olvidemos que hemos que ser signos de esperanza para los demás

Aunque en la vida tengamos muchas veces el viento en contra la presencia de Jesús que no nos abandona y no olvidemos que hemos que ser signos de esperanza para los demás

Num. 12, 1-13; Sal. 50; Mt. 14, 22-36
La vida en muchas ocasiones nos zarandea. No faltan dificultades y problemas. En ocasiones nos vemos como aturdidos y nos parece que estamos solos y sin que nadie nos eche una mano. O quizá nosotros nos encerramos y no sabemos acudir a quien pueda ayudarnos. Es duro sentirse así en soledad, provocada quizás porque nadie esta a mi lado o buscada por nosotros mismos cuando no sabemos acudir a quien nos eche una mano o al menos podamos sentir la fuerza de su presencia.
Tendríamos que decir que no tenemos por qué sentirnos solos, por qué agobiarnos; siempre podemos encontrar esa persona amiga, esa persona buena que nos ofrece su mano para ayudarnos a caminar, que nos ofrezca su hombro sobre el que llorar quizá nuestras penas, nos ofrezca su oído y su corazón para escuchar nuestras angustias, nos ofrezca una sonrisa que nos levante el ánimo y nos dé fuerza para seguir caminando con entusiasmo a pesar de las tormentas.
Claro que quiero pensar en como somos nosotros en nuestra relación con los demás, si somos capaces de tener esos ojos abiertos, ese corazón atento, esa mirada luminosa que nos haga descubrir quien a nuestro lado necesita nuestro aliento. De lo que nosotros pasamos tendríamos que aprender para actuar de una mejor manera con los demás, porque demasiado nos desentendemos de lo que puedan ser los problemas de los que caminan cerca de nosotros y pasemos a su lado sin enterarnos de lo que pasa. Igual que nosotros podemos encontrar una luz en los otros también podemos ser ese faro de esperanza y de nueva ilusión para los demás.
Hoy en el evangelio contemplamos a los discípulos que están atravesando el lago; aquel lago que tantas veces habían atravesado y que sobre todo los que eran pescadores conocían tan bien. Pero ahora se encuentran en dificultades; por mas que querían no terminaban de avanza, tenían el viento en contra. Y se sentían solos. Jesús se había quedado allá junto a la llanura donde había sido la tarde anterior la multiplicación de los panes y a ellos los había enviado a embarcarse mientras El se quedaba despidiendo a la gente. Aunque sabemos que no solo se había quedado para eso, se había retirado al monte para pasar la noche en oración.
¿Tendría un significado aquella ausencia de Jesús? Tendrían que aprender la lección, porque la travesía se les hacia difícil. Algún día tendrían que caminar por la vida sin Jesús. Claro que El les prometería la presencia de su Espíritu para que siempre lo sintieran a su lado. Pero ellos, como nosotros, podemos olvidarlo.
Ahora andaban asustados porque les parecía que veían un fantasma caminando sobre las aguas. En la ceguera que se les estaba metiendo en el alma no eran capaces de distinguir que era Jesús a pesar de que les decía que no temieran que era El quien estaba a su lado en aquellos momentos. Pedro pide pruebas, quiere caminar también sobre el agua, pero duda y ante la menor brisa que parecía que se le ponía en contra comienza a hundirse en el agua. Lo que nos pasa a nosotros tantas veces; tenemos fe pero exigimos pruebas; tenemos fe pero dudamos y nos agobiados ante la menor cosa que nos parece que tenemos en contra.
Pero Jesús está ahí. Toma de la mano a Pedro, aunque les reprocha su falta de fe. Nos toma de la mano a nosotros también, aunque no sepamos verlo. De muchas maneras y no como fantasmas llega Jesús a nuestra vida. No es necesario buscar cosas extraordinarias y fantasmales, porque llega a nosotros también en esa mano amiga que tantas veces nos levanta.
Reconozcamos nuestra debilidad, nuestros temores, nuestras dudas, y seamos capaces de pedir ayuda. Como Pedro, ‘¡Salvame, Señor!’. Pero miremos a Jesús que se retiro al monte a orar. También no está diciendo algo. Queremos caminar demasiado en la vida tan solos que hasta nos olvidamos de Dios o lo relegamos a un segundo lugar. Pensemos en el lugar que le damos a la oración en nuestra vida. Cuántas cosas nos hace pensar y reflexionar ese episodio del evangelio. Tengamos la certeza de que por muchos que sean los vendavales de la vida, Jesús siempre está ahí, no nos faltará su presencia y su gracia.