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sábado, 19 de julio de 2014

La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará…


La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará…


Miqueas, 2, 1-5; Sal. 10; Mt. 12, 14-21

‘Mirad a mi siervo,  mi elegido, mi amado, mi predilecto. Sobre él he puesto mi espíritu…’ Lo había anunciado el profeta Isaías. Ahora el evangelista nos dice que ‘en Jesús se cumplió lo que dijo el profeta Isaías’.
Podemos recordar muchos momentos del Evangelio. Lo proclamado por Jesús en la sinagoga de Nazaret, cuando también lee al profeta Isaías, y será Jesús el que diga: ‘Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír’. Y allí el profeta anunciaba claramente las señales del Reino de Dios que en Jesús se estaban realizando. También nos dice: ‘El Espíritu del Señor está sobre mi, porque me ha ungido y me ha enviado a anunciar la Buena Noticia a los pobres… y el año de gracia del Señor’. Y nos da la señales por los ciegos ven, los inválidos caminan, los leprosos son curados y los muertos resucitan, como le respondería Jesús mismo a los enviados del Bautista.
Pero podemos recordar también la voz venida desde el cielo allá junto al Jordán cuando el Bautismo de Jesús, que se repetiría en lo alto del Tabor: ‘Este es mi Hijo amado, mí elegido, en quien me complazco; escuchadlo’.
Ahora el evangelista nos ha traído a colación este texto de Isaías que hemos escuchado, tras la reacción de los fariseos que se ven desenmascarados en sus torcidas intenciones y ahora están planeando ‘el modo de acabar con Jesús’. Pero al mismo tiempo el evangelista nos dice que ‘Jesús se marchó de allí pero muchos lo siguieron. El los curó a todos, mandándoles que no lo descubrieran’.
Sigue anunciando Jesús el mensaje del Reino y sigue realizando las señales de que el Reino de Dios está cerca, está en medio de ellos. Pero no quiere Jesús imponerlo por la fuerza, sino calladamente seguirá anunciando y construyendo el Reino. El Reino es como una semilla, en la imagen que repetidamente Jesús nos presentará en sus parábolas. La semilla ha de enterrarse y en el silencio de la tierra germinará. Así va sembrando Jesús el Reino de Dios para que vaya brotando en el corazón de los hombres.
Sentimos, es cierto, la urgencia del anuncio del Reino y no podemos callar sino que tenemos que proclamarlo, como diría san Pablo, a tiempo y a destiempo, pero no imponemos; pero tampoco lo hemos de callar. Hemos de aprovechar la más mínima señal que podamos encontrar de que puede ser acogido y allí hemos de estar haciendo la siembra. Por eso, al mismo tiempo, es fuego en nuestro corazón, el fuego del amor que hemos de prender en nuestro mundo para ir logrando hacer ese mundo nuevo.
Muchas veces no  nos damos cuenta, o no queremos reconocerlo, pero nos encontramos muchas semillas del Reino de Dios en muchas cosas buenas que hacen quienes están a nuestro alrededor. Con ojos positivos hemos de saber mirar y vemos gente buena que es generosa y que comparte; ahora mismo en los tiempos difíciles y de crisis en que nos encontramos podemos descubrir cómo se va despertando la solidaridad en muchos corazones y hay mucha gente que se sacrifica por los demás.
Hay gente que va despertando ilusión y esperanza con la alegría que llevan en su corazón y de la que tratan de contagiar ese mundo nuestro muchas veces tan pesimista. Cuántos voluntarios que se apuntan allí donde ven que hay una necesidad que resolver o que se agrupan en organizaciones cuya única finalidad es hacer el bien a los demás.
Es esa mecha humeante, ese pábilo vacilante, de los que nos habla el profeta, que no podemos dejar apagar, sino que más bien es una llama que tenemos que avivar. Y ahí está nuestra tarea de cristianos que avivemos con la luz de la fe, con los valores del evangelio, con el sentido trascendente que nosotros le damos a nuestra vida, esas pequeñas llamitas de cosas buenas que vemos en nuestro entorno para que también esas personas buenas se dejen iluminar por la luz del Evangelio y con la fe rebrotada en sus corazones le den un sentido grande de trascendencia a todo lo que hacen.
Es lo que hoy nos está enseñando Jesús en el evangelio.

viernes, 18 de julio de 2014

Si comprendierais lo que significa “misericordia quiero y no sacrificio”, no condenaríais a los que no tienen culpa

Si comprendierais lo que significa “misericordia quiero y no sacrificio”, no condenaríais a los que no tienen culpa

Is. 38, 1-6.21-22.7-8; Sal.: Is. 38, 10-16; Mt. 12, 1-8
‘Si comprendierais lo que significa “misericordia quiero y no sacrificio”, no condenaríais a los que no tienen culpa’. Así nos dice Jesús hoy en el evangelio. Qué bien nos viene escucharlo y a cuantas reflexiones tendrían que llevarnos estas palabras de Jesús.
Qué fáciles somos para juzgar y para condenar. Queremos pasar por el tamiz de nuestra manera de ver las cosas todo lo que hacen los demás. Pero es que además juzgamos muchas veces desde las apariencias externas, o lo que nosotros imaginamos que pueden ser sus intenciones o el por qué hacen las cosas. Queremos imponer nuestras reglas que quizá muchas veces ni utilizamos en la forma de regir nuestro comportamiento. Fáciles para exigir a los otros pero fáciles también para no exigirnos a nosotros mismos en la búsqueda de una rectitud en nuestro obrar.
Cuando andamos así, siempre con la sospecha y el juicio reprobatorio a flor de piel y pronto para manifestarse, qué difíciles se nos hacen nuestras relaciones y no solo ya porque el otro se pueda sentir ofendido por nuestros juicios, sino porque allá en nuestro propio interior no podremos sentir paz, aparte de que nos estamos poniendo barreras que nos impiden acercarnos al otro y aprender a caminar juntos.
Hoy hemos escuchado en el evangelio que los fariseos comienzan a emitir sus juicios condenatorios cuando ven que los discípulos de Jesús hacen algo tan sencillo como al pasar por un sembrado coger algunas espigas y estrujarlas en su mano para llevarse a la boca unos granos de trigo. Pero, claro, era sábado y la ley del descanso sabático había que cumplirla a rajatabla; no se podía hacer ningún tipo de trabajo, porque incluso hasta las distancias que se podían recorrer estaban reguladas.
Aquí estamos con lo de los yugos pesados, como hablábamos ayer, donde todo se mide hasta el mínimo detalle y el gesto que estaban haciendo los discípulos se asemejaba al trabajo de la siega. ‘Tus discípulos están haciendo una cosa que no está permitida en sábado’, o sea, estaban trabajando porque estaban segando unos espigas.
Como hemos escuchado en el evangelio Jesús les recuerda lo que hizo David cuando él y sus compañeros porque tenían hambre y no tenían que comer comieron de los panes presentados en las ofrendas que solo podían comer los sacerdotes; y les recuerda también que para la ofrenda del altar por parte de los sacerdotes se quebranta la ley del descanso sabático. Y les dice: ‘aquí hay uno que es mayor que el templo… porque el Hijo del Hombre es señor del sábado’.
No podemos andar en la vida con esas reglas minuciosas que nos miden hasta el milímetro de hasta donde podemos llegar y de donde no nos podemos pasar. Y menos que andemos con juicios sobre los demás en cuestiones así. Me recuerda algunas reglamentaciones que en este estilo hemos vivido también muchas veces los cristianos, cuando te vienen a preguntar si han oído misa o no, porque llegaron cuando el sacerdote estaba terminando de leer el evangelio y cosas así en este estilo.
Ayer escuchábamos decir a Jesús que aprendiéramos de El que es manso y humilde de corazón porque su yugo es llevadero y su carga es ligera. No quiere el Señor que nos estemos atormentando en minucias innecesarias. Es necesario, sí, tener bien formada nuestra conciencia para obrar siempre en rectitud, pero eso no significa que andemos en esas reglas de medir que queremos aplicar a todo a ver hasta donde podemos llegar y de donde no nos podemos pasar,.
El seguimiento de Jesús que hemos de hacer tiene que ser algo mucho más profundo, porque será dar todo nuestro corazón con generosidad, con mucho amor, sin rebajas ni reservas, pero también siempre con mucha paz de espíritu. Y esto nos vale para la manera en cómo hemos de convivir con los demás, sobre los que no tenemos derecho de ninguna manera a estarnos haciendo juicios que, por otra parte, no sabemos hacer sino condenatorios.

Tengamos otra amplitud de espíritu y generosidad en el corazón; pongamos mucho amor en lo que hacemos y mucho amor en las relaciones que mantengamos con los demás y estaremos caminando, entonces, por caminos de rectitud y de paz en una sana y hermosa convivencia.

jueves, 17 de julio de 2014

Si aprendemos de Jesús y sentimos cómo El camina a nuestro lado su yugo será llevadero y su carga ligera

Si aprendemos de Jesús y sentimos cómo El camina a nuestro lado su yugo será llevadero y su carga ligera

Is. 26, 7-9. 12. 16-19; Sal. 101; Mt. 11, 28-30
No nos podemos obcecar con la primera impresión que nos produzca una palabra por su significado en sí misma, o por un gesto que apreciemos en una persona que nos encontremos sin tratar de descubrir el significado que se le quiera dar ya sea a la palabra o al gesto que contemplamos por lo que se comente al mismo tiempo o incluso las circunstancias en que nos encontremos.
Es lo que le puede suceder a muchos que quizá desde una postura externa o por un conocimiento limitado de lo que en sí es se hacen una idea de la religión y del cristianismo como si fueran solo una serie de normas y prohibiciones que lo que quisieran es o amargarnos la vida o no permitirnos ser felices. Puede denotar esto por una parte poco formación cristiana y del sentido de nuestra fe o también en algunos intenciones no tan buenas que quizá lo que quieran es corroer y destruir.
Entendamos en su hondo sentido las palabras que le escuchamos hoy a Jesús en el evangelio. Es cierto que nos habla de ‘yugo’, palabra con la que se quería expresar que todo no era sino una serie de normas, preceptos y prohibiciones. Ya sabemos lo que es un yugo, ese instrumento normalmente de madera que une a los animales – así enyugados se dice – que han de tirar al unísono de un vehículo (un carro o carreta) o arrastrar el arado en la labranza de la tierra; con el yugo se pretende que haya unanimidad en la tracción por parte de los animales para así facilitar el trabajo.
Por eso en ciertos ambientes religiosos entre los judíos, se hablaba del yugo solamente como ese conjunto de normas que marcaban o dirigían la vida de los que pertenecieran a aquella organización religiosa, pongamos por caso los fariseos, con sus pesadas y minuciosas normas que pretendían imponer a todos los de religión judía.
Pero, ¿qué nos dice Jesús hoy en el evangelio? Nos habla Jesús de ir a El porque en El encontraremos alivio y descanso. ‘Venid a mi todos los que estáis cansado y agobiados, que yo os aliviaré’. Cristo no quiere que vivamos agobiados como si tuviéramos pesadas cargas sobre nuestros hombros; no quiere que nos sintamos abrumados por los problemas y las luchas que nos encontramos en la vida. Es nuestro descanso, nuestra fuerza; quiere ser como nuestro cireneo que nos ayude a llevar esa cruz de nuestra vida, de nuestras luchas, de nuestros sufrimientos; no quiere que perdamos la paz del corazón.
Sí nos dice que tenemos que cargar con su yugo, pero quiere que aprendamos a llevarlo, a darle un sentido, a darle un valor a todo cuanto hacemos o tenemos que hacer. Por eso nos hablará de mansedumbre y de humildad, porque además de aprender de El tenemos que sabernos dejar conducir. Y El es nuestro camino y nuestra vida; El es la verdad de nuestra existencia con lo que se convierte en el sentido último de nuestro vivir.
‘Cargad con mi yugo y aprended de mi, que soy manso y humilde de corazón y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera’. Sí aprendemos de Jesús y lo tenemos con nosotros todo tiene un nuevo sentido y valor; si aprendemos de Jesús y sentimos cómo El camina a nuestro lado nos daremos cuenta que no quiere nada pesado para nuestra vida, porque lo que nos va enseñando a la larga lo que quiere es la felicidad del hombre; la verdadera felicidad en su mejor sentido mientras caminamos aquí en esta tierra y la verdadera y eterna felicidad en el cielo junto a Dios.
¿Será entonces un yugo pesado? Tiene es cierto sus exigencias, hay una cruz que tenemos que cargar, un camino que hemos de realizar y que nos exigirá es cierto esfuerzo y hasta sacrificio pero cuando tenemos una meta clara, un ideal grande en nuestra vida, nada se nos hace pesado ni insoportable, con la esperanza en que vivimos sentimos una alegría y una paz en el corazón que nadie nos podrá quitar.

Tenemos, pues, que entender bien las palabras y el mensaje de Jesús. 

miércoles, 16 de julio de 2014

Vistiéndonos de María llegaremos a Dios, nos llenaremos de Dios

Vistiéndonos de María llegaremos a Dios, nos llenaremos de Dios

Is. 7, 1-9; Sal. 47; Mt. 11, 25-27
La advocación de la Virgen del Carmen es quizá una de las más repetidas y que evoca una intenso devoción del pueblo cristiano a la Virgen María, la madre del Señor que también nos la ha dejado como madre. Serán los marinos y todos los que realizan sus tareas en el mar los que la invoquen con devoción sintiendo que María es el ancla segura de su salvación, porque apoyados en María sienten seguras sus vidas en la duras tareas de la vida.
Pero no será solo en los pueblos marinos o a las orillas del mar los que la invoquen con tan dulce nombre porque también queremos sentir la protección de la Virgen del Carmen en la hora de nuestra muerte para que quienes vistamos su santo Escapulario nos veamos pronto liberados de las penas del purgatorio para gozar con María de la gloria del cielo. Es muy habitual en nuestras parroquias que el altar de la Virgen del Carmen vaya adornado con el cuadro de las almas del Purgatorio que con la poderosa intercesión de María son liberadas de sus penas.
Pero además, al menos en nuestra tierra, pocos serán los pueblos que no tengan dedicada alguna iglesia o santuario a la Virgen del Carmen o en nuestros templos parroquiales haya también un retablo dedicado en su honor. De la misma manera que son muchas las personas que llevan este nombre de la Virgen.
Y es que desde que Jesús nos la dejó como madre desde la cruz como hermoso testamento de amor, siempre queremos sentir esa presencia de María a nuestro lado. En ella todos los hijos sentimos el amor y la protección de la Madre; en ella encontramos el ejemplo y el estímulo para nuestro caminar cristiano, porque sus virtudes están diáfanas ante nuestros ojos para que la imitemos y las copiemos en nuestra vida.
Precisamente la devoción del Escapulario del Carmen eso de alguna manera viene a enseñarnos, porque querer vestir el escapulario es querer vestirnos de María, es querer copiar en nuestra vida todas sus virtudes y todo su amor, porque además María es ese molde perfecto que nos configura totalmente con Cristo; es como meternos en María para que María nos envuelva con sus virtudes, pero no de una forma exterior, sino transformando desde lo más hondo nuestro corazón.
Qué mejor modelo podemos tener que María para hacernos ese hombre nuevo de la gracia. Ella fue la llena de gracia porque se dejó inundar de la presencia de Dios en su vida. Son las palabras con las que la saluda el ángel de la anunciación, ‘la llena de gracia por el Señor está contigo’, pero que además va a ser luego cubierta y envuelta por el Espíritu Santo para que el Hijo de Dios se hiciera hombre en sus entrañas.
El texto del evangelio que hoy hemos escuchado, y que repetidamente hemos escuchado en estas ultimas semanas, nos está señalando también el camino de María para ir a Dios, para conocer el misterio de Dios. ‘Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, dice Jesús,. Porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a la gente sencilla’.
¿No nos estará hablando Jesús en cierto modo de cómo en María se ha revelado el misterio de Dios? Ella es la que se llama a si misma la humilde esclava del Señor dispuesta siempre al sí, a la disponibilidad, al servicio, a la fe y al amor. En María Dios se manifiesta y se revela de manera especial. Si antes decíamos que tenemos que imitar a María, que tenemos que vestirnos de María, miremos de su humildad y sencillez, miremos de su pequeñez pero de la grandeza de su amor, y haciendo como ella abramos nuestro corazón a Dios que también a nosotros se nos manifestará y nos llenará de su gracia.

Siguiendo siempre los caminos de María estamos seguros que llegaremos a Dios, que nos llenaremos de Dios.

martes, 15 de julio de 2014

Una Palabra de vida que nos alimenta y un testimonio que nos ayuda a dar respuesta con fidelidad



Una Palabra de vida que nos alimenta y un testimonio que nos ayuda a dar respuesta con fidelidad

Is. 7, 1-9; Sal. 47; Mt. 11, 20-24
La palabra de Dios que cada día vamos escuchando nos pide respuestas sinceras en nuestra vida. Nos la hemos de tomar muy en serio; no es ni un adorno ni un entretenimiento, no es algo que ponemos como de relleno en medio de nuestra celebración y sea algo que ahí ritualmente tenemos que poner o hacer, pero que nos contentamos con hacerlo y ya está, ya hemos cumplido con el rito.
Es una palabra viva que tiene que llegar al corazón de nuestra vida; una palabra que hemos de escuchar siempre con toda atención y respeto y con mucha fe y amor porque es la Palabra que el Señor nos dice; en nada tenemos que distraernos cuando se nos proclama y nada hemos de hacer que pueda ser causa de distracción para los demás; no nos tendríamos que perder ni un ápice.
Como escuchábamos el pasado domingo es una semilla que se siembra  en nuestra vida, y nuestra tierra, la tierra de nuestra vida ha de estar bien preparada y dispuesta para que dé fruto. Pero ya bien sabemos que no siempre da fruto porque no siempre la acogemos como tendríamos que acogerla. Es una exigencia grande de nuestra fe, que tiene que partir de ese amor tan grande que nos tiene el Señor que así quiere dirigirse a nosotros cada día.
Hoy tenemos ante nosotros dos formas de respuesta, podríamos decir; por una parte lo que nos narra el evangelio, pero no podemos olvidar, por otra parte, la memoria que en nuestra diócesis se hace de los mártires de Tazacorte. Ambos hechos tienen que ayudarnos a la respuesta que nosotros hemos de aprender a dar a esa Palabra que el Señor cada día nos dirige.
Jesús se queja hoy de la respuesta de aquellas ciudades de Galilea donde principalmente realiza su misión, Corozaín, Betsaida, Cafarnaún. Y compara la respuesta que dan aquellas gentes con la respuesta que quizá hubieran dado tanto las ciudades paganas de Fenicia, Tiro y Sidón, como las ciudades llenas de maldad y de pecado que fueron destruidas por el fuego venido del cielo, Sodoma y Gomorra. Jesús les dice que si en unas o en otras se hubiera realizado la predicación que allí en Galilea se está haciendo y se hubieran hecho los mismos signos y milagros, seguro que se hubieran convertido.
Esto ya tiene que ser motivo de reflexión para nosotros. Cada día se proclama ante nosotros la Palabra de Dios y se nos da oportunidad para reflexionar sobre ella y plantarla en nuestro corazón; cada día ante nosotros se realiza el milagro maravilloso de la Eucaristía en que Cristo mismo se nos da como alimento al tiempo que celebramos el memorial de la Pascua del Señor, y con todo ello se está derramando hasta el derroche la gracia de Dios sobre nosotros, y ¿cuál es nuestra respuesta? ¿somos mejores cada día? ¿avanzamos, nos superamos en esas cosas que cada día nos hacen tropezar para hacer que nos corrijamos e intentemos de verdad dar gloria al Señor con nuestra vida? Nuestra respuesta podría ser, tendría que ser más positiva cada día.
Por el contrario tenemos el testimonio de los beatos mártires que hoy celebramos en nuestra diócesis. Aquel grupo de misioneros jesuitas que se dirigían al Brasil y que habían hecho escala en la isla de La Palma en el puerto de Tazacorte, donde en principio se habían refugiado por temor a los corsarios hugonotes que merodeaban por aquellas aguas. Al embarcar de nuevo para dirigirse a Santa Cruz de la Palma, donde el barco había de recoger provisiones para la larga travesía, a la altura de Fuencaliente fueron abordados por los corsarios que por odio a la fe martirizaron a todo aquel grupo de misioneros. Son los llamados mártires de Tazacorte, Ignacio de Acebedo y sus compañeros.
Un testimonio de fidelidad hasta el final. Una respuesta con su vida a la Palabra de Dios que les alimentaba. Contemplar el testimonio de los mártires tiene que alentar nuestra vida de fe y animarnos a dar respuesta a la Palabra de Dios que a nosotros llega cada día. Es un estímulo para nosotros en medio de las dificultades y tentaciones con que nos vamos encontrando cuando queremos vivir con fidelidad nuestra vida cristiana. Vemos quienes han ido delante de nosotros y son para nosotros un ejemplo de santidad, de fidelidad, de amor y de entrega hasta el final. Son también para nosotros intercesores que están delante del Señor y les pedimos que nos alcancen del Señor esa gracia de la fidelidad para ser cada día más santos en nuestra vida.

lunes, 14 de julio de 2014

Busquemos la paz que el Señor quiere darnos



Busquemos la paz que el Señor quiere darnos

Is. 1, 11-17; Sal. 49; Mt. 10, 34-11, 1
Cuidado no queramos justificar nuestras guerras y peleas en las palabras de Jesús. Así somos de atrevidos.  Nos pudieran parecer de entrada contradictorias estas palabras de Jesús  pero hemos de saber entender bien lo que nos quiere decir. Y una cosa si hemos de tener clara, cuando no entendemos algo porque se  nos hace difícil invoquemos al Espíritu Santo que es Espíritu de ciencia y de sabiduría y allá en lo hondo del corazón nos lo revelará y nos lo aclarará todo. Además, como hemos visto tantas veces en el evangelio, vayamos hasta Jesús, vayamos a escuchar su Palabra con espíritu humilde, con sencillez de corazón y El se nos revelará allá en lo más íntimo de nosotros mismos.
Nos dice Jesús hoy  ‘no penséis que he venido a la tierra a sembrar paz, sino espadas…’ y continúa hablándonos de las enemistades que se van a producir incluso entre los más cercanos como puedan ser los miembros de la misma familia.
Claro que Jesús quiere la paz. Fue lo que anunciaron los ángeles a los pastores en su nacimiento; es la forma de enviar a aquellos que han sido curados y perdonados; fue el saludo que nos regaló en la resurrección; y El nos dice que nos da su paz, pero que no nos la da como la da el mundo. No es una imposición por la fuerza, es una semilla que siembra en nuestro corazón cuando nos llena y nos inunda de su amor.
Lo que nos está diciendo Jesús es cómo siembra en nosotros una inquietud que no nos dejará en paz; es la inquietud por lo bueno, por la justicia, por la verdad, por la misma paz; es la inquietud que nace de un corazón lleno de amor y que no soportará el sufrimiento de los que están a nuestro lado; es la inquietud por llevar el mensaje del evangelio que transforme los corazones y transforme el mundo.
Claro que esa inquietud no todos la entenderán; no seremos comprendidos cuando nos olvidamos de nosotros mismos para pensar en los demás; costará entender lo mismo que nos dice hoy de que hay que perder la vida para ganarla; causará desasosiego en los que hacen el mal, nuestra búsqueda y compromiso por el bien; a los que viven su vida cómodamente sin querer comprometerse con nada, les molestará que vivamos un compromiso serio que nos haga desgastarnos por los demás.
Cuantas veces habremos visto quizá los dramas que se crean en algunas familias, por ejemplo, cuando uno de los hijos o de las hijas sintiéndose llamado por el Señor opta por seguir el camino de su vocación consagrándose en la vida religiosa, optando por el sacerdocio o por las misiones. Verdaderos dramas que crean rupturas, divisiones entre las familias cuando hay padres que no quieren aceptar la decisión de sus hijos y que harán todo lo posible por impedir que sigan ese camino de la llamada del Señor.
Es lo que nos está sugiriendo el Señor con las palabras que hoy hemos escuchado. Pero quien se siente llamado por el Señor ha de escuchar también sus palabras y obrar con libertad de espíritu sabiendo que su fuerza está en el Señor. ‘El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue, no es digno de mí’. Son palabras que nos pueden parecer fuertes, pero que quien las escucha en su interior y las sigue encontrará caminos de plenitud y felicidad para su vida, sabrá lo que es la verdadera paz que nos da el Señor. Termina diciéndonos: ‘El que encuentre su vida la perderá, pero el que pierda su vida por mí, la encontrará’.
Luego nos hablará de la recompensa que en El tendremos siempre por lo bueno que hagamos, aunque sea tan pequeño como dar un vaso de agua. ‘El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, solo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro’, nos dice. Qué paz más grande sentimos el corazón cuando hacemos el bien y cuando ayudamos a los demás a que sean felices. Busquemos la paz que el Señor quiere darnos.

domingo, 13 de julio de 2014

Superficialidad, inconstancia, dureza de corazón impedirán que la semilla brote y llegue a dar fruto



Superficialidad, inconstancia, dureza de corazón impedirán que la semilla brote y llegue a dar fruto

Is. 55, 10-1; Sal. 64; Rm. 8, 18-23; Mt. 13, 1-23
Nos encontramos hoy ante una de las parábolas quizá más bella de todas las parábolas del Evangelio y también hemos de decir quizá una de las más conocidas. ¿Quién no la ha escuchado más de una vez y también reflexionado y meditado? Pero por eso mismo, me atrevo a decir, puede surgir dentro de nosotros la postura y la actitud más peligrosa que podamos  tener no solo ante esta parábola que ya la damos por sabida sino al mismo tiempo ante toda la Palabra de Dios.
Porque nos la sabemos y hasta somos capaces de darle una explicación ante su sentido nos puede suceder lo que Jesús denuncia con palabras de Isaías y que es lo que le motiva a hablar en parábolas. La propia parábola podría desenmascarnos esas posturas peligrosas que podemos tener ante la propia Palabra de Dios, que cuando la escuchamos la damos ya por sabida y casi pasamos por alto su más profundo sentido.
Nos sucede tantas veces cuando escuchamos el evangelio, que decimos que ya eso lo sabemos y que nos están repitiendo lo mismo. Se nos repite lo mismo, pero ¿damos señales de cambio en nuestra vida? ¿No necesitaremos escucharlo una y otra vez hasta que penetre profundamente en nosotros y nos transforme?
Hoy Jesús nos dice, como decíamos, recordando a Isaías al responder a la pregunta de los discípulos de por qué habla en parábolas. ‘Oiréis con los oídos sin entender;  mirareis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo,  son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure’.
Sí, conocemos la parábola y la acabamos de escuchar ahora en su proclamación. Fijémonos bien donde está el mensaje, porque Jesús ya nos da una explicación, aunque en nuestra superficialidad tenemos la tentación de quedarnos en la anécdota y pasar de largo. Pero eso es lo primero que Jesús nos denuncia, la superficialidad. La primera tentación que ahora mismo nosotros podemos tener al escucharla una vez más pudiera ser esa. Como la semilla que se queda sobre la tierra repisada y endurecida del camino que no penetra dentro de la tierra donde tendría que germinar.
Pasamos por alto ante la parábola o ante la Palabra del Señor y no nos detenemos a hacernos una reflexión profunda. Fuera la superficialidad, quedarnos por fuera, en lo exterior. La semilla tiene que penetrar en la tierra, la Palabra tiene que penetrar dentro de nosotros. ¿Cómo? Detengámonos ante la Palabra, mastiquémosla, rumiémosla, reflexionemos tratando de encontrar su sentido pero tratando de confrontarla de verdad con nuestra vida.
Miremos bien nuestra vida y sin miedos dejándonos iluminar, dejándonos enseñar. Es una actitud humilde la que hemos de tener. Y humilde viene de ‘humus’, palabra latina que significa tierra, suelo; bajémonos hasta el suelo en esa actitud humilde para poder abrirnos de verdad a esa Palabra que el Señor nos dice.
Y casi como una consecuencia o una continuación viene a lo que se refiere el segundo tipo de tierra en el que cae la semilla; lo sembrado en terreno pedregoso tampoco podrá dar fruto porque aunque en principio pueda brotar no tiene la tierra suficiente ni la humedad necesaria para que esa planta pueda permanecer. Son los que no son capaces de echar raíces por su inconstancia, que pronto se cansan, que se agostan con las dificultades y no saben permanecer en el camino emprendido.
Cuantas promesas nos hacemos tras un momento de fervor, pero eso, se quedan en promesas y propósitos que nunca se cumplirán, que no llevaremos a término. Necesaria la constancia, importante la perseverancia. ¿Por qué tantas veces tiramos la toalla ante la primera dificultad o cuando se nos exige esfuerzo? Porque quizá solo estamos contando con nosotros mismos. La  raíces que no penetran hondo en la tierra no tienen la humedad necesaria y pronto la planta se secará; los que son inconstantes y pronto olvidan sus buenos propósitos quizá no han sabido contar con el Señor, no han alimentado su vida de verdad en la oración y en la gracia de los sacramentos.
Pero tenemos otras dificultades. Se nos habla de lo sembrado entre zarzas y abrojos que ahogarán pronto la planta que se quedará sin dar fruto. Cuántas corazas cubren nuestra vida. La coraza es dura para que no pueda penetrar nada a través de ella. Sí, corazas impenetrables son esas cosas que se convierten en nuestras primeras preocupaciones e intereses que nos impedirán descubrir otros valores por los que luchar, otras metas en la vida de mayor altura y profundidad, otros ideales que nos hagan mirar a lo alto o que llenen de verdadera espiritualidad nuestra vida.
Cuando nuestros intereses estén en el dinero o las ganancias materiales, en las satisfacciones prontas y egoístas que nos puedan satisfacer prontamente, en las vanidades mundanas que nos halagan o nos hagan creernos superiores a todos, cuando lo que buscamos es un pronto placer o satisfacción, una rápida ganancia o el orgullo del poder o del tener, nuestros oídos se hacen sordos a valores espirituales, no dejamos sitio para Dios en nuestro corazón, vivimos embrutecidos encerrados solo en lo material. Es el corazón embotado que decía el profeta, el corazón endurecido que no será capaz ni de ver ni de oír lo que el Señor quiere decirnos, el corazón insensibilizado que no será capaz de entender de un verdadero amor.
Solo la tierra cultivada y trabajada podrá recibir la semilla que producirá grandes frutos. ¿Qué tenemos que hacer para ser esa tierra buena? Ya la parábola y el comentario que hemos ido haciendo nos dan pistas para ello.
No nos quedemos en lo superficial sino abramos nuestro corazón desde lo más profundo y no nos parapetemos después de nuestros egoísmos, orgullos o vanidades. Reguemos esa tierra de nuestra vida con la gracia del Señor en el cultivo del espíritu de oración que nos haga en verdad sintonizar con Dios y no perder nunca esa sintonía. Rompamos esas corazas que nos encierran en nosotros mismos para tener ojos que miren hacia lo alto y un corazón sensible al verdadero amor que alimentamos en Dios.
Que el Señor nos ayude a ser esa tierra buena, porque solo lo podemos ser con su gracia, pero dejándonos nosotros hacer por el Señor. Que la lluvia de su gracia empape la tierra de nuestra vida y daremos fruto.