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sábado, 24 de enero de 2015

Busquemos a Jesús para encontrarnos con Cristo crucificado que es fuerza y sabiduría de Dios

Busquemos a Jesús para encontrarnos con Cristo crucificado que es fuerza y sabiduría de Dios

Hebreos 9,2-3.11-14; Sal 46,2-3.6-7.8-9; Marcos 3,20-21
‘Jesús fue a casa con sus discípulos y se juntó de nuevo tanta gente que no los dejaban ni comer’. La gente estaba entusiasmada con Jesús. No lo dejaban ni a sol ni a sombra, como suele decirse. ‘No los dejaban ni comer’. Ya escuchamos en otra ocasión que la gente se aglomeraba a la puerta de la casa que cuando llegaron unos con un paralítico no tenían por donde hacerlo llegar hasta los pies de Jesús que fue cuando lo descolgaron desde el techo. Cosas así nos repiten los distintos evangelistas del entusiasmo de la gente por Jesús.
¿Por qué buscaban a Jesús? Nos hacemos muchas veces la pregunta, pero nos viene bien reflexionarlo porque nos ayuda a que nosotros busquemos de verdad a Jesús y no por un entusiasmo pasajero de un momento de fervor, sino por algo mucho más hondo, porque en El encontremos en verdad la salvación.
San Pablo nos dirá en sus cartas que ‘Los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría, pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los griegos, pero para los llamados –judíos o griegos- un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios’. Seguimos nosotros también buscando signos, pidiendo milagros; claro que desde nuestra necesidad y desde nuestra pobreza ¿a quién vamos a acudir? Pero acudimos a Cristo crucificado, sí, al que fue colgado del madero, pero sabemos que vive, que venció la muerte, que resucitó y a nosotros también nos resucita, nos llena de vida si con fe con acudimos a El.
No buscamos una sabiduría cualquiera, buscamos la sabiduría de Dios. Sabemos que Cristo es la verdad porque es el verdadero sentido de nuestra vida, porque en El tenemos las respuestas más profundas para nuestro vivir, porque en verdad es la sabiduría de Dios, porque es la Palabra de Dios, el Verbo de Dios, la Revelación de Dios porque ‘nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien se lo quiere revelar’, porque quien ve a Cristo ve al Padre como nos enseñara El mismo en el Evangelio. ‘Yo soy el camino y la verdad y la vida’, nos dirá. ‘Quien me ve a mi, ve al Padre’.
‘Para los llamados –judíos o griegos (para nosotros) - Cristo es fuerza de Dios y sabiduría de Dios’. Así queremos buscarle. Así queremos conocerle. Así queremos vivirle. Seguimos sus pasos, nos alimentamos de su vida, vivimos su mismo vivir. Nos llenamos de Dios, nos llenamos de vida, nos llenamos de salvación. Es nuestra esperanza porque es nuestra fe.
El otro versículo del evangelio también nos puede hacer pensar. ‘Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque decían que no estaba en sus cabales’. Si de Cristo hasta su misma familia decía eso, ¿por qué tememos lo que puedan decir de nosotros? ‘No estaba en sus cabales’, decía la familia; Herodes lo tomó como un loco o un tonto y así lo vistió para devolvérselo a Pilatos. Cuando estaba en la cruz todos vociferaban contra El y se burlaban de El. Y nosotros tenemos nuestros miedos, tantos miedos a lo que puedan decir de nosotros.
Que el Señor nos dé fortaleza en esos momentos difíciles y nos dé su sabiduría y su vida.

viernes, 23 de enero de 2015

Jesús llamó a los que quiso y por puro amor me sigue llamando a mí: gracias, Señor

Jesús llamó a los que quiso y por puro amor me sigue llamando a mí: gracias, Señor

Hebreos 8,6-13; Sal 84,8.10.11-12.13-14; Marcos 3,13-19
‘Jesús subió a la montaña, llamó a los que quiso, y se fueron con El’. Y a continuación el evangelista nos da la lista de los doce que fueron llamados.
Como en alguna ocasión hemos comentado, sorpresas de Jesús. ‘Llamó a los que quiso’. Pudieron ser otros los llamados. En unas votaciones vete a saber quienes iban a salir. Nosotros estando allí quizá hubiéramos hecho otra lista. Con lo que sabemos; con lo que fueron los resultados. Pero los caminos de Jesús son distintos. El amor de Jesús tiene otros parámetros lejos de lo que quizás pudieran ser nuestros intereses.
Nos ponemos a analizar la lista sabiendo lo que sabemos y allí estaban quienes iban a negar conocerle, los que en el momento de la prueba lo dejaron solo y huyeron para esconderse - con las puertas cerradas estarían por miedo en el cenáculo -, por allá había alguno que había sido un Celotes, algo así como un terrorista, otro había sido publicano que no era bien visto por la gente, algunos que no eran conocidos por nada, e incluso quien sabía que lo iba a traicionar.
No eran los méritos humanos de los elegidos o lo que pudieran o no pudieran hacer, sino sería la fuerza del amor lo que impulsaba a Jesús a escogerlos, a llamarlos para tenerlos con El. Así es el amor del Señor y así sigue siendo con nosotros. Nos tenemos que reconocer que tantas veces le hemos negado, porque muchos son nuestros pecados y siempre permanece fiel el amor del Señor. Como diría san Pablo nosotros no somos fieles, pero El siempre es fiel porque no puede negarse a sí mismo.
Creo que cuando contemplamos este momento en que Jesús elige a los doce apóstoles lo que tiene que surgir en nuestro interior es la humildad y la acción de gracias. Esa elección nos recuerda que también nosotros hemos sido elegidos, llamados.  Nuestra vida cristiana es una vocación, una llamada del Señor, una elección de amor que Dios ha hecho con nosotros. Una elección, simplemente por eso, por puro amor gratuito de Dios. Y tenemos que saber dar gracias por ese amor; y tenemos que aprender a dar respuesta a ese amor; y tenemos que reconocer que no siempre nuestra respuesta ha sido la mejor porque somos pecadores; y tenemos que ser humildes para reconocer nuestra vida; y tenemos que dar gracias porque el Señor sigue manteniendo su amor por nosotros.
Gracias, Señor, por tu amor. Tú sabes que soy pecador y que no siempre he sido todo lo fiel que tenía que ser, pero como Pedro te decimos, tú sabes que te amo, tú sabes que quiero poner de verdad amor en mi vida, tú sabes que lo eres todo para mi, y sin ti nada soy. Gracias, Señor, por tu amor. Que no me falte nunca tu amor.

jueves, 22 de enero de 2015

Todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo

Todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo

Hebreos 7,25–8,6; Sal 39,7-8a.8b-9.10.17; Marcos 3,7-12
El enfermo busca la salud, el que tiene un dolor busca un remedio o una medicina que se lo cure, el que está sufriendo por algún motivo busca consuelo y algo que mitigue su angustia y su dolor. Todos buscamos sentirnos bien. Para nuestros dolores y enfermedades acudimos allí donde sabemos que podremos encontrar remedio, una medicina que nos cure, y por eso algunas veces no nos contentamos con lo que sería la medicina, llamémosla normal, sino que acudimos a aquel de quien hemos oído que nos puede remediar.
No nos extraña, entonces, lo que hemos escuchado hoy en el evangelio. ‘Como había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo’. Habían venido de todas partes; ya el evangelista nos relata como han venido de todos los lugares, Judea, Jerusalén, Idumea, Transjordania, Tiro, Sidón son los lugares que señala, además desde la propia Galilea donde se encontraba. Aunque Jesús quisiera retirarse a lugares apartados con sus discípulos más cercanos allí lo seguía la gente venida de todos los lugares.
¿Qué buscaban en Jesús? ¿Qué buscamos en Jesús? Allí estaban con sus sufrimientos, con su vida, con sus esperanzas y desesperanzas, con sus corazones rotos, con sus deseos de paz. Hambrientos de vida, de salud para sus cuerpos, pero de salvación y de esperanza para sus vidas. Y Jesús iba respondiendo a toda aquella inquietud y todos aquellos deseos que se anidaban en sus corazones. Porque los curaba, pero los enseñaba. No quería que se quedaran solamente en la salud corporal, sino que en ello vieran el signo del Reino de los cielos que El les anunciaba.
Buscamos nosotros también a Jesús. Llevamos muchas preocupaciones en el corazón, desde los problemas y angustias que todos tenemos dentro de nosotros, quizá también desde nuestros cuerpos maltrechos o debilitados por la enfermedad o por los años, pero queremos mirar también cuánto de sufrimiento hay a nuestro alrededor y con ello también nos presentamos ante el Señor.
También nos queremos echar encima, como aquellas gentes, para tocarle, para sentir el calor de su amor y de su paz, para sentir la fortaleza que necesitamos en nuestra alma frente al mal que nos acecha, la calidez de su presencia, la luz de su gracia. Con Jesús nos sentimos seguros. En El vamos a encontrar la respuesta a nuestras inquietudes. El llenará nuestras vidas con su gracia y ya todo será distinto. El despierta la esperanza más profunda en nuestro corazón.
Vayamos hasta Jesús, con seguridad nuestra alma se llenará de paz

miércoles, 21 de enero de 2015

Curar el sufrimiento del hombre es también dar gloria al Señor

Curar el sufrimiento del hombre es también dar gloria al Señor

Hebreos 7,1-3.15-17; Sal 109,1.2.3.4; Marcos 3,1-6
‘Estaban al acecho, para ver si curaba en sábado y acusarlo… y Jesús, dolido de su obstinación, le dijo al hombre: Extiende el brazo. Lo extendió y quedó restablecido’.
Sufre Jesús por la cerrazón del corazón de los hombres. Lo acechaban, querían acusarlo, pero no era tanto eso por lo que Jesús se siente dolido, sino por la cerrazón del corazón, por la inmisericordia que manifestaban. Y es que quien ama se duele cuando no encuentra amor. Jesús era la manifestación más maravillosa de lo que era el corazón compasivo y misericordioso de Dios y allá por donde pasaba siempre iba haciendo el bien.
Pero los hombres hechos para el amor no aman. Pero Jesús sigue amando, sigue manifestando su amor, su compasión, su misericordia. No teme la reacción que pudiera haber; a Jesús lo que le importa es amar y que nos contagiemos de su amor, que aprendamos a amar con un amor como el suyo; será su continua enseñanza, será su vida.
Para Jesús lo importante era la persona y allí había alguien que sufría. Es cierto que el sábado era para dedicarlo al Señor y por eso todo estaba reglamentado para que no anduviéramos con nuestras preocupaciones sino que supiéramos poner a Dios en verdad en el centro de la vida. Todo para el encuentro vivo con el Señor, escuchando su Palabra, dándole culto, ofreciendo nuestra oración y nuestra acción de gracias al Señor.
Pero, ¿no era en verdad glorificar al Señor mitigar el sufrimiento del hermano que está a nuestro lado? ¿No era dar gloria a Dios el impregnarnos de su amor compasivo y misericordioso para ser nosotros también compasivos y misericordiosos con el hombre que sufre? Era lo que Jesús quería hacerles comprender pero ellos estaban más cegados por letra de la ley que por la apertura del corazón al amor y a la misericordia.
Ese tiene que ser el camino del cristiano, del que sigue a Jesús, vivir en el amor y la misericordia. El que sigue a Jesús lo que ha de hacer es parecerse a Jesús, lo que significa impregnarnos de amor para vivir nosotros también en el amor. Quien no sabe ser misericordioso con los demás no puede decir que está siguiendo el camino de Jesús.
También tenemos muchas veces el peligro de cegarnos y encerrarnos en nosotros mismos, en el cumplimiento legal o en el hacer las cosas a nuestro parecer. Abramos nuestro corazón al amor. Dejémonos empapar por el sentido del evangelio. Pidamos al Señor que su Espíritu inunde nuestra vida y sea el que mueva nuestro corazón. Seguro que lo llenaremos de amor. Eso dará verdadera alegría a nuestra vida. Haremos más felices a los que nos rodean y así estaremos en verdad sembrando semillas del Reino de Dios

martes, 20 de enero de 2015

Asiéndonos a la esperanza que se nos ha ofrecido que es para nosotros como ancla del alma, segura y firme...

Asiéndonos a la esperanza que se nos ha ofrecido que es para nosotros como ancla del alma, segura y firme...

Hebreos 6,10-2; Sal 110,1-2.4-5.9.10c; Marcos 2,23-28
Todos sabemos lo que es un ancla, ese instrumento de hierro en forma de arpón que sirve para sujetar las naves al fondo del mar. Es un símbolo que ha tenido mucha validez en el sentido cristiano. Ese sentido de firmeza, seguridad que le da a un barco bien anclado, nos habla del sentido y fortaleza de nuestra fe y nuestra esperanza cristiana. Es un símbolo que unido a la cruz ya aparece entre los cristianos de los primeros siglos sobre todo en las catacumbas. En aquellos momentos de persecución bien les venía recordar lo que significaba la fortaleza de la fe y cómo unidos a Cristo nada nos puede fallar.
Hoy es la imagen que nos aparece en la carta a los Hebreos. Cobremos ánimos y fuerza los que buscamos refugio en él, asiéndonos a la esperanza que se nos ha ofrecido. La cual es para nosotros como ancla del alma, segura y firme...’ En el momento en que es escrita esta carta ya comienzan las dificultades para los cristianos y el mensaje del Señor que quiere trasmitírseles precisamente es el de esa confianza y esperanza porque si nos sentimos apoyamos en Cristo nada nos puede fallar.
Un mensaje que en todo momento tenemos necesidad de escuchar. No nos faltan dificultades, problemas, contratiempos, tentaciones a los cristianos en el camino de nuestra vida. Nuestra seguridad la tenemos en el Señor. El es nuestra fortaleza, nuestro refugio, nuestra roca, como tantas veces rezamos con los salmos. Por eso nos dice hoy ‘asiéndonos a la esperanza que se nos ha ofrecido’. Esa esperanza que es para nosotros como un ancla, segura y firme, que nos dice el autor sagrado, que nos dice el Señor para que tengamos la seguridad de que estando con el Señor tenemos su vida, tenemos su gracia con nosotros.
‘No nos dejes caer en la tentación, líbranos del mal’, repetimos cada día cuando rezamos el padrenuestro, la oración que Jesús nos enseñó. Contra la tentación no luchamos por nosotros mismos y solo con nuestra fuerza. La fuerza la tenemos en el Señor. Ese mal que nos acecha y que es un peligro grande para nuestra vida, porque nos puede hacer caer en la esclavitud del pecado, nos puede debilitar en nuestra fe, nos puede llevar por caminos tortuosos, lo podemos superar con la gracia del Señor. Muchas veces podemos sentirnos desalentados y sin fuerzas porque nos parece que ese mal nos supera. Pero tenemos que saber sacar a flote nuestra fe y nuestra esperanza. Para nosotros es, como nos decía el autor sagrado, ‘como ancla del alma, segura y firme’.
El ha prometido que estará con nosotros siempre, hasta el final de los tiempos. Tenemos la seguridad y la certeza de la Palabra del Señor. Hoy nos dice el Señor en carta a la Hebreos ‘te llenaré de bendiciones’. Que sepamos sentir esas bendiciones del Señor en nuestra vida; tengamos fe, confiemos en el Señor. El es nuestra salvación. Como lo sentían y lo vivían los primeros cristianos, así lo sintamos también nosotros, Cristo es el ancla de nuestra salvación.

lunes, 19 de enero de 2015

Ayuno es algo mas que sacrificio porque hemos de hacerlo ofrenda de amor y solidaridad

Ayuno es algo mas que sacrificio porque hemos de hacerlo ofrenda de amor y solidaridad

Hebreos, 5, 1.10; Sal. 109; Marcos, 2, 18-22
Ayuno puede significar sacrificio, penitencia al mismo tiempo que puede significar solidaridad, amor, ofrenda, al tiempo que acción de gracias y oración.
Cuando ayunamos nos estamos privando de algo que incluso puede ser bueno como es el alimento, estamos diciendo ‘no’, repito, incluso a algo bueno, pero no está enseñando a decir no a otras cosas más importantes o que no pueden ser buenas para nosotros; con ese sacrificio además podemos reparar lo que hayamos hecho mal, con lo que podemos convertirlo en una ofrenda que hagamos al Señor.
Pero también decíamos que podría significar solidaridad, porque al privarnos de algo sufrimos en nosotros una carencia de algo que podríamos necesitar para nuestra vida con lo cual podríamos recordar a aquellos que tienen esas carencias quizá no de forma voluntaria sino por necesidad; nos tendría que hacer comprender mejor a los pobres, a los que carecen de esas cosas necesarias para una vida digna, a los que pasan hambre, en una palabra.
Pero nos tendría que llevar a la oración y a la acción de gracias, reconociendo que si ahora nos privamos de algo es porque lo tenemos, porque somos unos agraciados, con lo que tendríamos que dar gracias al Señor por cuanto tenemos, cuanto hemos recibido de sus manos. Es una ocasión para unirnos al Señor en nuestra oración y en nuestra acción de gracias pero también en una súplica por aquellos que nada tienen y con los que tendríamos que sentirnos solidarios de una forma efectiva. Que en la oración del padrenuestro que rezamos ese ‘pan nuestro de cada día’ que pedimos no sea un pan ‘mio’, sino un pan para todos porque todos somos hijos de ese mismo Padre, Dios, y todos tenemos que sentirnos solidariamente hermanos.
Me estoy haciendo esta reflexión a partir de lo que nos dice hoy el evangelio, en que algunos vienen a plantearle a Jesús por qué sus discípulos no ayunan como lo hacían los discípulos de Juan Bautista o de los fariseos. Jesús les habla de la alegría que viven ahora sus discípulos porque están con El, como los amigos del novio que participan de la fiesta de bodas del amigo. Ya tendrían que hacerlo en otro momento, pero ahora quiere que comprendan su verdadero sentido. No se puede convertir en algo meramente ritual, sino que hay que darle un verdadero sentido al ayuno como sacrificio o como ofrenda que nosotros hagamos y que además siempre tendría que llevarnos a la solidaridad y a la acción de gracias a Dios por cuanto de El recibimos.
Jesús nos pide unas actitudes nuevas, unos valores nuevos que den un sentido nuevo a nuestra vida. Con el evangelio estamos encontrando un sentido nuevo a cuanto hacemos. Así hemos de convertir nuestro corazón al Señor.
Ya tendremos oportunidad de profundizar más en el sentido del ayuno.


domingo, 18 de enero de 2015

Es necesario ponernos en camino de escucha y de búsqueda para luego hacer el anuncio de Jesús

Es necesario ponernos en camino de escucha y de búsqueda para luego hacer el anuncio de Jesús

1Samuel 3, 3b-10. 19; Sal 39, 2 y 4ab. 1. 8-9. 10; 1Corintios 6, 13c-15a. 17-20; Juan 1, 35-42
Escucha, búsqueda, anuncio, testimonio, llamada… son las primeras palabras que surgen tras la escucha de la Palabra de Dios de este domingo. Palabras que nos pueden parecer sencillas en su significado o en lo que en una primera impresión nos expresan, pero que pueden tener una hondura grande para nuestra vida.
Comenzamos por escuchar; algo más que oír. Estamos, por ejemplo oyendo el silbido del viento, pero no nos percatamos de ello hasta que en un momento de silencio de otras cosas lo escuchamos. Hay que prestar atención. Oímos muchas cosas que se nos dicen pero que luego olvidamos pronto, no han hecho mella en nosotros, no han dejado huella. Por eso es necesario escuchar, con atención, queriendo atender y entender la voz, lo que se nos dice. Porque podemos estar entretenidos en nuestras cosas, en nuestros pensamientos, en nuestras ideas y no nos enteramos de lo que se nos dice, de lo que sucede.
Tuvo que aprender a escuchar el niño Samuel. Oía una voz y en su infantil disponibilidad creía que era el sacerdote el que lo llamaba y allá corría para saber qué quería de él. Una y otra vez, hasta que el anciano sacerdote le enseñó a escuchar. ‘Si te llama alguien, responde: Habla, Señor, que tu siervo te escucha’. Aprendió a escuchar al Señor.
Los discípulos de Juan oyeron al Bautista que les señalaba a Jesús diciéndoles: ‘Este es el Cordero de Dios’. Y quisieron aprender a escuchar, porque se fueron tras Jesús. Comenzaba la búsqueda. Querían escuchar más que lo que lo que les decía el profeta. Querían saber de Jesús. ‘¿Qué buscáis?’, les pregunta Jesús. ‘Maestro, ¿dónde vives?’ La pregunta y la búsqueda era algo más que saber de una casa, de una habitación, de un lugar. Querían saber de Jesús, querían conocer a Jesús. ‘Venid y lo veréis’.
Se fueron con Jesús… y se quedaron con El. Buscaban y escuchaban, buscaban y llegaron a ver una vida. Escucharon y todo cambió en ellos. Una huella honda quedó marcada en sus vidas. Y comenzaron a anunciar, a dar testimonio ellos también. Eran testigos y aquello que habían visto, aquello que habían palpado porque lo habían vivido ya no lo podían callar. Veremos a Andrés ya al día siguiente a primera hora haciendo el anuncio a su hermano Simón. ‘Hemos encontrado el Mesías’. Y lo llevó a Jesús.
Se completa el recorrido. Se les había hecho un anuncio que ellos supieron escuchar. Juan había señalado a Jesús como  ‘el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’. Pero aquello lo querían escuchar mucho más hondo por eso comenzaron a buscar a Jesús, se fueron con Jesús; preguntaban, buscaban, querían palpar hondamente con sus vidas.
Pero para eso es necesario que nosotros queramos abrir los oídos de nuestra alma, de nuestra vida. Hay ocasiones en que no queremos escuchar; en otras ocasiones hay cosas que nos distraen, los ruidos de la vida y no somos capaces de captar las verdaderas señales de la llamada; hay momentos en que parece que perdemos el rumbo, todo se nos vuelve oscuro, parece que no encontramos nada o se hace un silencio tan denso dentro de nosotros que no somos capaces de distinguir bien las llamadas.
Tenemos que aprender a entrar en la sintonía. La sintonía de Dios no es habitualmente como las sintonías que escuchamos en el mundo. Jesús se los llevó con El para que pudieran percibir bien esa sintonía. Pero ellos hubieran podido rechazar o prescindir de esa invitación porque no querían ir con quien no conocieran, o porque no quisieran comprometerse, o porque pretendieran que les trajeran las cosas hasta ellos. Para entrar en esa sintonía hay que disponerse a ponerse en camino; un camino que quizá signifique esfuerzo, superación, sacrificio, o dejar otras cosas atrás.
Aquellos discípulos se pusieron en camino de búsqueda y de escucha. Luego podrían dar testimonio, decir que habían encontrado al Mesías. ¿Hasta donde estamos dispuestos nosotros a ponernos en camino de escucha verdadera y de búsqueda?