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sábado, 11 de febrero de 2017

Hay un milagro que se llama amor, solidaridad, justicia que podemos realizar con los siete panes de nuestra pobreza para hacer un mundo mejor

Hay un milagro que se llama amor, solidaridad, justicia que podemos realizar con los siete panes de nuestra pobreza para hacer un mundo mejor

Génesis 3,9-24; Sal 89; Marcos 8,1-10
‘¿Cuántos panes tenéis?’ les pregunta Jesús a los discípulos. Una pregunta que nos tendría que hacer pensar.
Estaban en despoblado, lejos de poblaciones en los caminos que Jesús hacía de un lado para otro anunciando el Reino; pero las gentes se iban detrás de El porque querían escucharle, porque querían estar con El; ahora llevan varios días y están lejos de sus casas o de algún poblado donde puedan conseguir panes para comer porque las provisiones se han agotado.
Jesús les plantea el problema a los discípulos más cercanos, aquellos que estaban siempre con El y conocían ya más en profundidad el mensaje de Jesús; pero podríamos decir que aun están verdes y ahora van a recibir una lección. Como le responden que están lejos de donde poder conseguir comida, les pregunta ‘¿Cuántos panes tenéis?’ Solo siete panes para una multitud tan grande; luego nos hablará el evangelista de miles de personas.
No tenemos pan, no hay comida para tantos, la población del mundo crece y crece, escuchamos también comentarios. Los problemas son graves, la crisis económica mundial no se termina de resolver. Nos encontramos también con filas interminables, por decirlo de algún modo, de gente que está pasando necesidad. Ya no es solo pensar en el tercer mundo, en países menos desarrollados, donde los problemas siguen y aumentan. Los tenemos a nuestro lado, en nuestro mundo desarrollado, en este mundo en el que hablamos de una sociedad del bienestar, al menos eso nos han vendido.
Y sabemos, porque muchas veces los conocemos por sus nombres aunque otras veces no queremos enterarnos, no queremos ni mirarles a la cara, que hay mucha gente con problemas incluso de subsistencia, que son echados de sus viviendas por no poder pagar, que duermen en los bancos de los parques o a la sombra de algún puente, que nos encontramos por las esquinas tendiéndonos la mano pidiéndonos una limosna.
¿Se nos estará preguntando también ‘cuántos panes tenéis’? ¿Qué podemos hacer? ¿No podemos hacer nada y nos quedamos con los brazos cruzados?
En el relato del evangelio parece que solo había siete panes, pero que no eran nada para tantos. Pero se multiplicaron y todos comieron hasta hartarse e incluso sobraron panes que se recogieron para que no se perdieran. ¿Podremos realizar nosotros también esa multiplicación de los panes? ¿Estaremos pidiendo milagros?
Hay un milagro que se llama amor, que se llama solidaridad, que se llama justicia. Es el que tenemos que comenzar a poner en juego. Hay muchos que ya lo están poniendo en juego, hemos de reconocer. Con esa pobreza de nuestros siete panes, de eso poquito que nosotros tenemos y que podemos aportar mucho se puede hacer, grandes cosas se pueden hacer.
Algunos lo están haciendo. Hay gente, sí, que se preocupa por los otros que pone voluntariamente su tiempo, su dedicación, unas horas al día o a la semana unidos a otras personas; otros pondrán esos céntimos que pueden sacar de su pobreza para compartirlo en justicia con los demás y el milagro se realiza, y serán muchos los que coman en esos comedores sociales que por ejemplo Cáritas u otras instituciones de la Iglesia o de grupos de cristianos están realizando.
Tú quizá pones esos céntimos o esa pequeña moneda en la colecta, por ejemplo, que se hace para Cáritas en nuestras parroquias; eso se unirá a ese trabajo voluntario que otras muchas personas anónimas ponen de su parte y surgen esos proyectos y esas acciones de Cáritas que ya no son solo dar de comer o pagar unas deudas sino también muchas otras labores de promoción y de desarrollo de la persona que calladamente se están realizando y del que muchas personas se benefician.
Tendríamos que conocer más esas acciones que se están realizando y que están ayudando a tanta gente. Seguro que seríamos capaces de poner con mayor generosidad esos siete panes de cebada de nuestra pobreza y se realizará el milagro del amor, de la solidaridad, de la justicia, como antes decíamos. Es en lo que me hace pensar este milagro de la multiplicación de los panes que hoy escuchamos en el evangelio.

viernes, 10 de febrero de 2017

Que nuestros oídos se abran siempre para escuchar lo bueno en un diálogo constructivo y nuestros labios pronuncien siempre bendiciones y alabanzas de los demás

Que nuestros oídos se abran siempre para escuchar lo bueno en un diálogo constructivo y nuestros labios pronuncien siempre bendiciones y alabanzas de los demás

Génesis 3,1-8; Sal 31; Marcos 7,31 37
‘Le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos…’ Iba Jesús atravesando las regiones fronterizas de Israel; venia de territorios fenicios, donde contemplamos su encuentro con la cananea y ahora está por la Decápolis. A todas partes llegaba noticia de sus obras y ahora le presentan a un sordomudo para que lo cure. Y Jesús abre sus oídos, suelta su lengua para que pueda escuchar y para que pueda hablar, aunque en este caso no quiere que se divulgue la noticia.
Oídos para oír. Ya escuchábamos a Jesús diciendonos que el que tenga oídos para oír que oiga, que entienda bien. Necesitamos oídos para oír, sí, pero corazón para comprender. No sé si siempre escuchamos bien, si siempre queremos escuchar, si acaso algunas veces nos hacemos oídos sordos. Y nos hacemos oídos sordos cuando escuchamos lo que queremos, o cuando oídos pero nos hacemos nuestras propias interpretaciones escuchando lo que nos interesa o tergiversando aquello que oímos con nuestra interesada interpretación.
Nos sucede tantas veces en que no llegamos a entendernos porque no nos escuchamos. Discutimos pero no dialogamos, porque no escuchamos, porque en lugar de escuchar lo que estamos haciendo es prepararnos para dar nuestra propia respuesta que no es precisamente responder a lo que nos dicen porque realmente no los hemos escuchado. Nos falta quizás serenidad y paz en el corazón para abrir bien nuestros oídos. Y eso nos sucede muchas veces en nuestras conversaciones ordinarias con la gente.
Si alguna distinción tuviéramos que hacer sería cerrar nuestros oídos a lo malo que nos puedan contar de los demás, para abrir bien nuestros ojos siempre con unos cristales muy limpios y muy brillantes para ver sobre todo lo bueno que hay en el otro. Somos dados a la comidilla, a la murmuración, al corre ve y dile, al comentario malicioso, al juicio interesado y condenatorio, a la crítica destructiva.
Cuando hoy estamos contemplando a Jesús que abre los oídos de este sordomudo y suelta su lengua para que pueda comunicarse con los demás creo que también tendríamos que pedirle al Señor que nos cure nuestros oídos y sane nuestra lengua para que nunca haya malicia en nuestros pensamientos y en nuestras palabras, para que siempre estemos abiertos a lo bueno, para que sepamos escuchar y dialogar para entendernos cada día mejor, para que nuestros labios solo se abran para alabanzas y bendiciones, para que no manchemos nuestro corazón con ningún tipo de maldad.
‘Y en el colmo del asombro decían: «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos’. Ojalá nosotros pudiéramos merecer la alabanza de que siempre lo que se escuche de nuestros labios sea una palabra buena y constructiva de respeto hacia los demás y de comprensión fraterna ante lo que hacen los otros. 

jueves, 9 de febrero de 2017

La humildad es la miel, aunque nos pareciera a veces amarga, con la que atraemos la benevolencia de los demás y el amor misericordioso de Dios

La humildad es la miel, aunque nos pareciera a veces amarga, con la que atraemos la benevolencia de los demás y el amor misericordioso de Dios

Génesis 2,18-25; Sal 127; Marcos 7,24-30
Como suele decirse, hay formas y formas. No todo es igual, no se pueden hacer las cosas de cualquier manera. Cuando pretendemos obtener un favor de alguien no podemos ir con impertinencias ni con exigencias. Es un favor, algo que pedimos y creemos que no lo merecemos aunque lo necesitamos, y solicitamos el favor, la gracia de alguien para conseguirlo, para obtenerlo. Por eso el mejor camino es la sencillez de presentamos como somos y la humildad que de alguna forma adelante la gratitud con que nos vamos a mostrar por aquello que esperamos conseguir.
En la vida algunas veces nos mostramos con demasiada arrogancia, porque nos falta humildad para reconocer lo que no tenemos, pero hay arrogancia también en los que se creen que lo tienen todo y que todo se lo merecen. La sencillez en el trato, la confianza que ponemos en el otro reconociendo nuestras debilidades y nuestras carencias, la apertura sincera del corazón con nuestras propias limitaciones son pautas muy buenas que nos acercan los unos a los otros. En nuestra pobreza y en nuestras carencias también tenemos el peligro de mostrarnos arrogantes, exigentes, orgullosos. No es un sometimiento al otro lo que hemos de manifestar en nuestras carencias porque todos tenemos nuestra dignidad, pero sí poner buenas actitudes en el acercamiento a los demás desde nuestras propias necesidades.
Lo vemos hoy reflejado en aquella mujer fenicia que se acercó a Jesús desde su necesidad y sus problemas con la enfermedad de su hija. No sabía qué hacer ni a quien acudir. Conoce la presencia de Jesús en su tierra, lejos ya de los territorios de Israel, pero hasta ella han llegado noticias de lo que Jesús puede hacer. Por eso acude hasta Jesús, llora, suplica, insiste, se muestra con entera humildad.
Son pruebas duras por las que ha de pasar aquella mujer. Bien sabe que los judíos tenían sus recelos ante los gentiles, a los que menospreciaban con el calificativo de perros. Es la terminología que escuchamos en el evangelio. Pero en Jesús no hay desprecio, en Jesús está presente su amor misericordioso pero quiere purificar la fe de aquella mujer. No ha de ir simplemente a buscar a un taumaturgo que haga milagros sino que tiene que descubrir algo más profundo en Jesús. La fe purificada en la humildad aparece en el corazón de aquella mujer. ‘Anda, vete, le dirá Jesús, que, por eso que has dicho, el demonio ha salido de tu hija’. Y al llegar a casa encontró a su hija curada.
Tenemos que purificar nuestra fe; tenemos que ahondar más y más en el evangelio; hemos de aprender esos caminos de la humildad; hemos de saber de la gratuidad de lo que es el amor de Dios que tantas veces se ha derramado en nuestra vida sin que nosotros lo mereciéramos; hemos de reconocer esa misericordia del Señor que nos perdona y que nos levanta, que nos fortalece y nos llena de su gracia para que vivamos para siempre liberados del mal; hemos de llenarnos de esos sentimientos de humildad siempre en nuestro trato con los otros.
La humildad es la miel, aunque nos pareciera a veces amarga, con la que atraemos la benevolencia de los demás y el amor misericordioso de Dios.

miércoles, 8 de febrero de 2017

Un corazón limpio de maldad nos hará tener una mirada limpia para conocer a Dios y para reconocer en los otros a unos hermanos con quienes hacemos el camino de la vida

Un corazón limpio de maldad nos hará tener una mirada limpia para conocer a Dios y para reconocer en los otros a unos hermanos con quienes hacemos el camino de la vida

Génesis 2,4b-9.15-17; Sal 103; Marcos 7,14-23
Hay una frase que casi como una muletilla le escuchamos decir a Jesús muchas veces, ‘el que tengo oídos para oír, que oiga’. Sobre todo en momentos en que Jesús nos dice cosas que nos pueden dejar desconcertados y bien sabemos que muchas veces oímos lo que queremos oír. Pasamos por el filtro de nuestra subjetividad muchas cosas, y aquello que no nos conviene no lo oímos, no lo queremos oír, o nos desentendemos de ello como si no lo hubiéramos escuchado.
Las cosas que dan origen a lo que Jesús hoy quiere trasmitirnos quizá a la gente del mundo de hoy poco les pueda decir; eso de comidas puras o impuras, cosas que nos entren por la boca y nos hagan daño espiritualmente nos suena hoy quizá como a cosas trasnochadas, aunque tendríamos mejor que fijarnos en el mensaje que Jesús nos quiere trasmitir. Sin embargo en eso de las comidas bien que nos hacemos distinciones hoy, o muchos se las hacen, los vegetarianos en contra de todo lo que signifique carne de animales, los que nos dicen y repiten en las redes sociales que si tal alimento produce esto o produce lo otros, cosas así estamos viendo, sin embargo todos los días.
Pero vayamos al mensaje que Jesús nos quiere trasmitir. Frente a aquellos que en sus reglas y minucias habían establecido lo de los alimentos puros e impuros Jesús nos viene a decir que lo malo es lo que llevamos dentro. La maldad o la  bondad salen de nuestro corazón. Es cierto que muchas cosas pueden influir en nosotros y una buena educación y formación nos ayudará a cultivar lo bondad en nosotros y todos los valores buenos, pero bien sabemos también de los desordenes que salen de dentro de nosotros cuando nos dejamos arrastrar por la pasión, ya sea la ira o el desamor, ya sean las violencias o los malos deseos que podamos tener contra los otros.
‘Lo que sale de dentro, eso sí mancha al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro’.
Ese corazón puro y limpio es lo que tenemos que buscar. Es lo que nos hará merecer la bienaventuranza. ‘Dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios’. Que tengamos ese corazón puro, limpio de malicias y de malos deseos. Nos hará tener una mirada nueva, una mirada limpia, como nos dice la bienaventuranza podemos ver a Dios, podemos conocer a Dios.
Es más, con un corazón limpio tendremos una mirada limpia para ver de forma nueva a los demás. Será una mirada no pasada por el cristal manchado de malicia y podemos ver en el otro a un hermano a quien amar, con quien compartir, con quien hacer el camino de la vida, de quien siempre podemos aprender, a quien queremos hacer feliz y que nos hará felices también a nosotros, con quien podemos construir ese mundo nuevo.
Es el gran mensaje, la gran lección que el Señor quiere trasmitirnos hoy. Sembremos esa buena semilla en nuestro corazón, en nuestra vida y en nuestro mundo. Abramos bien nuestros oídos para oír y entender lo que el Señor quiere decirnos.


martes, 7 de febrero de 2017

Busquemos de verdad lo que es más importante, el reino de Dios y su justicia que lo demás vendrá como añadidura.

Busquemos de verdad lo que es más importante, el reino de Dios y su justicia que lo demás vendrá como añadidura.

Génesis 1,20–2,4ª; Sal 8; Marcos 7,1-13
En el mundo de hoy, y creo que así ha sido de alguna manera en todos los tiempos, nos encontramos con personas que pasan de todo y que no quieren, en nombre de su libertad personal dicen, tener su vida sujeta por ninguna norma o precepto, sino que simplemente hacen o quieren hacer aquello que les apetezca o que en su subjetividad les parezca que es bueno, sin importarle, repito, ninguna regla, norma o mandamiento, sin importarle ningún principio ético superior.
Por el contrario nos encontramos también la gente minuciosa, que está pendiente del más mínimo detalle a ver hasta donde puede llegar y desde no puede pasarse, y quizá se están fijando sobre todo en reglas o preceptos menos importantes, dejando quizá a un lado lo que habría que considerarse verdaderamente fundamental. Son los amantes de los reglamentos minuciosos que se convierten en verdaderos protocolos que se cumplen con toda rigidez. Y hemos de reconocer que muchas veces entre los cristianos y entre gente de iglesia y hasta organizaciones de la Iglesia sucede algo así. ¿Estaremos de verdad en el espíritu del evangelio?
Como decíamos antes, son cosas que han sucedido en todos los tiempos, pero que nosotros cuando leemos el evangelio tenemos que traducirlo a nuestras situaciones concretas, a lo que de alguna manera nos sucede hoy. Siempre el evangelio es luz, luz que nos ilumina en nuestras oscuridades concretas, en las dudas que nos puedan surgir, en esos rincones más oscuros de nuestra vida que en ocasiones nos cuesta reconocer. Una tentación fácil que hoy también podríamos tener es quedarnos en lamentar las cosas que sucedían entonces pero sin saber aplicar el mensaje de Jesús a nuestra situación concreta de hoy.
El evangelio de hoy parte de aquellas normas estrictas que tenían los judíos y que de alguna manera la secta de los fariseos en cierto modo quería imponer como norma y ley estricta en las costumbres del pueblo en relación al ayuno, al tema de la purificación que se les quedaba reducida en si lavarse las manos o no cuando volvían a sus casas o cuando iban al templo a la oración, minucias a las que les daban excesiva importancia.
No están tan lejos de nosotros las costumbres de los ayunos y las vigilias a cumplir a rajatabla que decíamos para hacer penitencia, pero que mientras nos privábamos de un alimento determinado, quizá nos complacíamos con otros más exquisitos; no está lejos aquello del ayuno eucarístico en que ni agua podíamos tomar después de la media noche para poder ir a comulgar, y si fallábamos en eso lo considerábamos una falta muy grande; cuantas conciencias atormentadas por esas minucias, mientras quizá pasábamos junto al necesitado y no le ayudábamos en nada ni siquiera le mirábamos o teníamos una palabra de saludo para él. ¿Qué era lo más importante que teníamos que hacer?
Tenemos que descubrir la verdadera libertad que el evangelio nos viene a traer. Ya lo anunciaba Jesús en la sinagoga de Nazaret, que venia lleno del Espíritu del Señor a liberar a los oprimidos, ¿no será esa libertad interior la que Jesús en verdad  quiere ofrecernos? Sintamos la libertad que Jesús nos ofrece allá en lo más hondo del corazón y busquemos de verdad lo que es más importante, el reino de Dios y su justicia que lo demás vendrá como añadidura.

lunes, 6 de febrero de 2017

colocaban a los enfermos en la plaza y le rogaban que les dejase tocar al menos el borde de su manto; y los que lo tocaban se ponían sanos

También Jesús llega a nuestra vida y se deja tocar por nosotros para llenarnos de una nueva vida si sabemos acercarnos al hermano que sufre a nuestro lado

Génesis 1,1-19; Sal 103; Marcos 6,53-56
Como muestra de nuestro saludo lleno de paz y de buenos deseos ofrecemos la mano a aquel con quien nos encontramos y con quien vamos a compartir algo, aunque solo sean unos momentos de nuestro tiempo. Es señal de buena educación el ofrecer nuestra mano sin ningún tipo de guante, sino nuestra mano y limpia y desnuda pero también de esos deseos de paz; no llevamos en ella ningún arma ni ninguna cosa que pudiera dañar a nuestro contrincante o a aquel con quien nos encontramos pero que es signo también de nuestros buenos deseos que llevamos allá dentro de nosotros mismos.
En la corrección de la vida normalmente no tocamos a nadie, pero si en un momento nos sentimos tocados nos ponemos como en alerta pues sería señal de algo salvo que sea inadvertido o no querido; puede ser un toque de atención, una llamada de alguna manera, un deseo de cercanía, una muestra de confianza, una súplica de auxilio, de muchas maneras lo podemos interpretar.
Ese tender la mano, ese tocar a alguien, como estamos expresando, puede significar muchas cosas, en ese ofrecimiento quizá que hacemos de nosotros mismos, como dicen hoy de trasmitirle nuestra energía. Cuánto sentimos dentro de nosotros mismos cuando recibimos un abrazo alguien como muestra de cariño y amistad, como signo de confianza, como expresión de que cuentan con nosotros seamos como seamos. Por eso la imposición de manos puede significar el confiar una misión, el trasmitir algo de si mismo o un buen deseo o una bendición.
El evangelio nos habla hoy de la llegada de Jesús y los discípulos después de la travesía que habían hecho por el lago a Genezaret; allí fueron reconocidos por la gente y comenzó un recorrido de Jesús por aquellos lugares, por aquellas aldeas donde la gente salía a su encuentro trayéndole los enfermos para que los curase. Le pedían poder al menos tocarle para así curarse, como aquella mujer que en otro lugar del evangelio contemplamos tocando a hurtadillas el manto de Jesús por detrás. Todos los que lo tocaban se curaban, nos dice el evangelista.
Jesús no rehúsa ese contacto físico. Ya le veremos en ocasiones que será El  quien toque al leproso, toque los ojos del ciego, los oídos y lengua del sordomudo o tienda su mano para levantar al paralítico. Quiere que esos gestos tengan un profundo significado de fe. Es algo más que una curación física lo que Jesús está ofreciendo. Jesús quiere despertar la fe en aquellos que le escuchan y se acercan a El pero para que no solo sea la salud que recuperen sino que se manifieste en unas nuevas actitudes de vida. Es la salvación que Jesús nos ofrece que nos pone siempre en camino de algo nuevo, de la vivencia del Reino de Dios.
Quizá alguna vez en nuestra mente o en nuestro corazón haya aparecido también ese deseo de ese contacto personal y hasta físico con Jesús, si estuviera en nuestra mano. Sí podemos sentir esa presencia de Jesús en nosotros por nuestra fe. Sí podemos llegar a ese encuentro íntimo y profundo con el Señor en nuestra unión con El en la comunión Eucarística. Sí podemos sentir esa presencia viva del Señor junto a nosotros en el hermano, y sobre todo en el hermano que sufre. Yo estaré con vosotros todos los días, nos prometió y esa presencia llena de vida y que nos llena de vida no nos faltará.

domingo, 5 de febrero de 2017

Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que ves desnudo, y no te cierres a tu propia carne… entonces romperá tu luz como la aurora, serás en verdad luz del mundo y sal de la tierra

Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que ves desnudo, y no te cierres a tu propia carne… entonces romperá tu luz como la aurora, serás en verdad luz del mundo y sal de la tierra

Isaías 58, 7-10; Sal 11; 1Corintios 2, 1-5; Mateo 5, 13-16
No se enciende una lámpara si no es para colocarla en lugar adecuado para que a todos ilumine, o nos ilumine la estancia en la que estamos; no queremos la sal si no nos sirve para darle sabor a nuestra comida. Son las imágenes que hoy Jesús nos propone en el evangelio. Y nos viene a decir que nosotros somos sal y somos luz; que tenemos que ser sal que dé sabor y luz que ilumine. ¿Cómo podemos entenderlo?
Son imágenes muy sencillas que por si mismas ya nos dicen mucho. Las hemos escuchado y meditado quizá muchas veces a lo largo de nuestra vida. Pero tenemos un peligro, en que vayamos perdiendo la intensidad del sabor, que vamos perdiendo en la intensidad de la luz porque no estemos en el sitio adecuado, porque nos lo tomemos con cierta superficialidad, porque caigamos en la rutina de lo ya sabido y nada nuevo nos pueda aportar.
Situemos estas palabras de Jesús en el contexto en que se nos ofrecen en el evangelio, en el momento en que fueron pronunciadas, pero situémosla también en el contexto concreto de nuestra vida, de las circunstancias que vivimos que es cuando hoy y ahora nos dirige Jesús a nosotros en concreto esa Palabra.
El contexto en que fueron pronunciadas en su momento tal como nos las ofrece el evangelio es en el Sermón del Monte, después de Jesús proclamar las bienaventuranzas. Viene a decir algo así a los que nos sentimos desconcertados o impresionados por las palabras de Jesús que nos están ofreciendo el sentido del Reino que anuncia que así, con esas nuevas actitudes, con esa nueva forma de vivir nosotros tenemos que ser sal y tenemos que ser luz. Nos está diciendo algo así, eso es lo que ustedes tienen que vivir, eso es lo que tienen que reflejar en sus vidas y con eso iluminarán el mundo, con eso van a darle un nuevo sentido, un nuevo sabor al mundo.
Aquella Palabra de Jesús – la escuchábamos el domingo pasado – pronunciada en las Bienaventuranzas no se puede quedar en bonitas palabras, en hermosos conceptos que no se traduzcan en la vida de los que le siguen. Y a sus discípulos, a los que en verdad quieren seguirle les está diciendo que con esas actitudes nuevas, con esa nueva manera de enfrentarnos a la vida, tenemos que iluminar al mundo para que encuentre su verdadero camino, para que llegue a ser en verdad el Reino de Dios.
Y esta Palabra nos la está diciendo hoy y ahora a nosotros, a nosotros en la situación concreta en que vivimos, en las circunstancias concretas que vive nuestro mundo hoy.  Eso significa que es a ese mundo al que tenemos que iluminar.
Frente a la violencia que impera en nuestro mundo, frente a tanta insolidaridad que nos lleva a caminar tan por nuestra cuenta y por nuestro lado por los caminos de la vida desentiéndanos de los demás porque privan nuestros intereses, nuestras ganancias, frente a esa desconfianza en que vivimos en  nuestra relación a los demás porque existe discriminación, porque seguimos haciendo distinciones entre unos y otros ya sea por el color de su piel, por sus lugares de origen o por los pensamientos que sospechamos que puedan tener, frente a ese mundo donde imperan ambiciones egoístas no importando la injusticia en todas sus derivaciones, nosotros tenemos que presentar reflejada en nuestra vida esa luz del Evangelio.
No es cargar las tintas en la descripción de lo que pasa en nuestro mundo. Miremos la televisión, escuchemos las noticias que hoy tenemos tanta facilidad para que nos lleguen desde los lugares más diversos del mundo, miremos la actuación de nuestros dirigentes creando barreras, haciendo discriminaciones, muchos llenos de ambición que solo piensan en sus ganancias pero no en lo que verdad necesita nuestra gente, escuchemos las noticias de tantas violencias que no solo son las guerras en distintos lugares de nuestro mundo, sino en medio de las familias, en las calles de nuestras ciudades, contemplemos a tantos y tantas que caminan desorientados por la vida sin ilusiones, sin metas, sin ideales.
Y es ahí donde tenemos que ser luz y ser sal. Quienes queremos vivir el camino de Jesús y no dejarnos arrastrar por esos caminos que nos ofrece el mundo con integridad tenemos que presentarnos llevando esa luz en nuestras vidas. ‘Que vean vuestras buenas obras’, nos decía Jesús en el evangelio. Y el profeta había anunciado que cuando supiéramos compartir el pan con el hambriento – y es de justicia que lo compartamos y no lo dejemos morir de hambre –, cuando demos vestido al desnudo, cuando no nos encerremos en nuestra propia carne o lo que es lo mismo en nuestro propio yo, en nuestro egoísmo y en nuestra insolidaridad, cuando sepamos obrar con justicia defendiendo al pobre y al oprimido, cuando arranquemos las violencias de obras y de palabras, de gestos y de actitudes de nuestra vida, - pensemos en cuantas cosas concretas se tiene que traducir esto en nuestra vida de cada día - entonces, nos decía, ‘romperá tu luz como la aurora… brillará tu luz en las tinieblas y tu oscuridad se volverá mediodía’.
Ahí tenemos claro el camino; ahí tenemos la forma en que en verdad vamos a ser luz para nuestro mundo, sal para nuestra tierra; así será cómo en verdad estaremos construyendo eso reino de Dios; ahí estaremos realizando aquel mensaje de las bienaventuranzas que escuchábamos el pasado domingo. Nuestro será el Reino de los cielos; dichosos seremos con la dicha más profunda que es la de vivir en el amor y para el amor, obrando siempre con toda rectitud y justicia.